miércoles, 28 de enero de 2015

Prólogo a los diarios de Santa Gema





De todas las entradas que componen el diario de Gema Galgani, la del dieciocho de junio  de 1899 es probablemente la más hermosa de todas, pero también la más terrible. En ella Gema describe la aparición de las heridas que abrirán su piel y marcarán su cuerpo a partir de entonces. Dios le ha concedido el más atroz de todos los dones: la posesión de los estigmas. “Los bellos santos salvajes afilan sus dientes debajo de mi cama. Después salen y muerden mi piel con sus pequeños dientecitos. Puedo oírles susurrar sus oraciones pronunciadas en la lengua de los afiladores de guillotinas y las vendedoras de lámparas. Dios es hermoso como un carnicero adolescente.”- escribe Gema.

Apenas tiene veintitrés años, pero desde ese día los estigmas aparecerán en su cuerpo con mucha frecuencia. Al principio las heridas son pequeñas, arañazos de apenas dos o tres centímetros en las palmas de las manos y los empeines de los pies. Gema oculta con guantes las cicatrices, esconde las marcas a los ojos inquisitivos de la familia Giannini, con la que vive desde que quedó huérfana. Sin embargo, con el tiempo la situación empeora. Gema se sumerge en crisis cada vez más profundas, en abismos cada vez más oscuros. Cae en éxtasis que se prolongan durante horas. En medio de la alucinación y el delirio, es capaz de ver el futuro, de predecir la muerte. Febril y convulso, su cuerpo comienza a sudar sangre. Además de los signos de los clavos, aparecen las llagas de la flagelación. “Dios se divierte aplastando mi cuerpo a martillazos”, escribe Gema.

A pesar de los largos vestidos que la cubren es incapaz de esconder las heridas. Luca es un pueblo demasiado pequeño, y los vecinos murmuran detrás de las puertas. El temor se extiende en casa de los Giannini, que ven convulsionar el cuerpo de Gema en éxtasis luminosos y terribles. Deciden consultar con varios médicos, dejar que la ciencia ilumine los abismos en los que está sumida la joven. Pero las lámparas no alumbran el fondo de los estanques. Las pruebas y los diagnósticos se suceden, pero ninguno parece poder explicar lo que le ocurre a la joven. “Estúpidos, estúpidos, estúpidos”- escribe Gema- “No sabéis nada. No habéis entendido que el amor infinito es infinitamente doloroso. No se puede amar a un caimán sin ser mordido por sus dientes, imbéciles”.
El único consuelo de Gema es el ángel que se le aparece cada noche en medio de la oscuridad de su habitación. La primera vez que lo vio tenía apenas quince años. La enfermedad devoraba su cuerpo y cavaba túneles en su cerebro, pero aquel ser traía consigo la calma. “Es hermoso como una plaga de langostas” –escribe Gema-. “Como los locos que bailan en medio del incendio con las manos atadas a la espalda”.

Sin embargo, con el paso del tiempo el ángel se va volviendo cada vez más violento. Sentado en el borde de la cama, grita a Gema, la regaña por cada acto insignificante, le hace llorar de terror. “Mi ángel se ha convertido en un insecto gigante y terrible”, escribe Gema con diecisiete años. La visiones de aquel ser la acompañarán el resto de su vida. Leyendo sus diarios resulta difícil precisar el momento exacto en el que se da cuenta de que no podrá huir, de que está condenada a habitar el abismo. Quizá el 17 de enero de 1896, cuando aquel insecto alado y terrorífico le obliga a rechazar la petición de matrimonio y jurar voto de castidad. Quizá dos años más tarde, el 4 de abril de 1898, cuando el ángel le entrega la cuerda con la que mortificará la carne de su vientre, el látigo con el que se flagelará. Quizá en realidad el momento exacto no importe. Quizá siempre había sabido que no es posible escapar de los abismos que llevamos dentro.

En septiembre de 1901 comienza el periodo más oscuro en la vida de Gema. Su forma de escribir es cada vez más confusa. La realidad se le escapa entre los dedos. “Nada es tan importante como el dolor” –escribe- “porque conservará vuestras facciones  intactas en medio de la melancolía. Nada es tan importante como la melancolía, porque evitará que la escarcha destroce vuestras cosechas. Envenenad el agua de los pozos, los que conocemos la destrucción aseguraremos la pureza. Envenenad la sopa antes de poner la mesa, porque poner la mesa es la única forma de rezar que conocemos nosotros los melancólicos. La violencia es sagrada, esto debéis recordarlo. Aquello que no merece ser exterminado con violencia no merece existir. Recordad esto cuando agarréis por los cabellos a los insomnes y os zarandéis con la frente pálida por el peso de la culpa. Recordad esto cuando le cortéis los cabellos a un hombre moribundo. Recordad esto cuando los santos salvajes hayan devorado mi pecho”.

Febril y alucinada, Gema no es capaz de entender que la tuberculosis avanza por sus pulmones. Solo tiene veintitrés años, pero no vivirá mucho más. Debilitado por las numerosas enfermedades que ha padecido y por las constantes lesiones infringidas, su cuerpo se resiste a continuar viviendo. El 11 de abril de 1903 la enfermedad acabará definitivamente con su vida. La última entrada de su diario, fechada solo tres días antes de su muerte, resultará curiosamente profética. En medio de su delirio, Gema es capaz de percibir la proximidad de su fallecimiento: “Todos lloraréis sobre mi lecho y pondréis monedas debajo de mi lengua. Todos lloraréis sobre mi lecho y colocaréis nidos de luciérnagas sobre mi frente. Todos lloraréis sobre mi lecho y os amputaréis los dedos en señal de respeto. Arrojaréis mi cuerpo en medio de las cosechas, pero eso no os librará de la culpa. Os arrancaréis los cabellos con vuestras propias manos, pero eso no os librará de la culpa. Moriré bella y miserable y los mendigos trenzarán libélulas en mi cabello. Moriré bella y miserable y conoceréis las grandes máquinas de la tristeza. Mi muerte será hermosa pero vosotros nunca conoceréis otra cosa que el invierno”.

En 1940, treinta y siete años después de su muerte, el Papa Pío XII canonizará a Gema Galgani, que a partir de entonces será venerada como Santa Gema. En Madrid, en una iglesia de la calle Leizarán, se conserva una reliquia de la santa: en una pequeña urna de cristal todavía puede verse latir un pedazo de su corazón.




[Todos los datos que aparecen en el texto son reales. De hecho, Gema Galgani llegó incluso a escribir una breve autobiografía a petición de su confesor, Actualmente se conservan algunos fragmentos y es posible encontrarlos en la red. Se sabe que también tenía un diario en el que escribía regularmente, pero nunca se encontró]

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