miércoles, 20 de enero de 2016

De la estancia de August Strindberg en el infierno.

[August Strindberg y sus hijos, 1912]



En un momento difícil de precisar entre 1894 y 1895, August Strindberg destroza el retrato de su hija pequeña en medio de fuertes alucinaciones y delirios. Con una extraña meticulosidad, clava diminutos alfileres en los ojos y la boca de la fotografía y escribe sobre ella varias palabras ininteligibles con una caligrafía caótica y torturada. Después, se pincha un dedo con uno de los alfileres y deja caer varias gotas de sangre sobre el retrato de la niña. Por último, lo lanza a la chimenea, donde lo ve consumirse durante unos segundos. La voz que le ha ido susurrando al oído los pasos que debía seguir parece complacida. Strindberg se tumba sobre la cama tapándose los oídos con las manos y le grita a la voz que se calle en medio de un delirio cada vez más oscuro. Al cabo de unos minutos, consigue que las voces que hay en su cabeza se callen, pero no se marcharán. Nunca más le abandonarán.

En los días siguientes, la magia negra que ha efectuado sobre su hija de apenas cinco años no parecerá tener ningún efecto. La carta que espera Strindberg de su segunda mujer, Frida Uhl, contándole que la hija que tienen en común ha contraído una enfermedad nunca llegará, y el escritor olvidará pronto lo sucedido. Sin embargo, unas semanas más tarde, Strindberg recibe una larga carta de dos de los hijos de su primer matrimonio. En ella, los niños le cuentan que acaban de volver de una larga convalecencia en el hospital, donde habían sido ingresados debido a una extraña enfermedad infecciosa que los médicos no habían podido identificar. Se recuperarán de la enfermedad sin aparentes secuelas, aunque desde entonces arrastrarán una densa y oscura sombra que irá siempre con ellos. A partir de ese momento, Greta y Hans comenzarán a exhibir la misma mirada cruel y alucinada de su padre en todas las fotografías que se tomen de ellos. Como si en vez de prestar atención al fotógrafo, estuviesen escuchando algún extraño susurro que los demás no eran capaces de oír. Como si en vez de mirar al objetivo, estuviesen observando atentamente a la persona que mira la fotografía.


De hecho, Strindberg sentirá temor de sus hijos a partir de entonces, y se negará a fotografiarlos con su propia cámara. El escritor poseía una cámara de fabricación propia cuya lente estaba sin pulir para captar mejor el alma de la persona fotografiada, que de esta forma quedaba impregnada en el negativo. Aunque existen varios retratos de sus hijos, se cree que solo uno de ellos fue hecho con la cámara de Strindberg. La fotografía, tomada un año antes del fallecimiento del escritor, fue hecha con ocasión de la reunión de sus tres hijos en la casa donde residía Strindberg, cuya salud se encontraba ya muy deteriorada. En un lateral puede verse la figura algo difuminada del escritor, con una expresión de pánico y turbación en el rostro. Los dos lugares del centro los ocupan dos hijos del primer matrimonio, que en el momento en que fue tomada la fotografía ya eran adultos. Completando el retrato se encuentra la hija menor de Strindberg, llamada Kerstin. Su expresión parece tranquila, pero las de los dos hermanos mayores resultan profundamente perturbadoras. Como mirar la fotografía de un cadáver o de un enfermo a punto de morir. Como mirar el retrato de alguien que carece de alma. 


Visiones y locura

A lo largo de su vida, Strindberg atravesará profundas crisis psicológicas.  Las visiones y los delirios que acompañarán cada una de ellas harán que se le diagnostique de esquizofrenia y manía persecutoria, pero se negará a recibir tratamiento. Para él, el diagnóstico no será más que una muestra del complot que sus enemigos traman contra él, y mantendrá esta opinión incluso en los periodos de mayor lucidez Strindberg estaba convencido de que varios individuos con conocimientos  sobre el funcionamiento de la electricidad le acechaban e intentaban hacerle enfermar. Obsesionado con esta idea, se cambiará de residencia en numerosas ocasiones, a veces abandonando su estancia en mitad de la noche. Creía que sus enemigos aprovechaban sus ausencias para colocar campos electromagnéticos en los alrededores de su vivienda, con el objetivo de que se viese expuesto permanentemente a sus efectos negativos. Objetos como una valla metálica puesta recientemente en el jardín de al lado o unos cables de telégrafos mal colocados hacían estallar los delirios de Strindberg, que caía así en profundas crisis alucinatorias.

“Lo que aumenta mi turbación es el evidente cambio que se ha efectuado en la habitación vecina a la mía. Para comenzar, han colgado una manta en el cuarto, evidentemente para ocultar alguna cosa. Sobre la campana de la chimenea han sido colocados montones de placas metálicas se parados por traviesas de madera. Sobre cada montón puede verse un álbum fotográfico o un libro cualquiera, puestos allí, evidentemente, para dar un aire de inocencia a esos infernales artefactos a los que quiero llamar acumuladores. Por añadidura, distingo a dos obreros encaramados en un tejado de la calle Censier, justo frente a mi habitación. No puedo distinguir lo que están haciendo, pero señalan mi ventana mientras manejan objetos que no puedo discernir” (Inferno, August Strindberg)
Estas alucinaciones provocarán que desconfíe de todos los que le rodean, incluidos sus familiares y amigos más cercanos. Para Strindberg, los consejos de que visite a un médico y las negativas a tomarse en serio sus alucinaciones serán una prueba más de la participación de sus allegados en el complot que se urdía contra él, lo que le llevará a un aislamiento cada vez más profundo. La única persona con la que logrará establecer un vínculo estrecho será con su hija menor, probablemente el único ser al que Strindberg se sentirá unido. Aunque la magia negra no había tenido efectos sobre ella, el escritor arrastrará durante toda su vida la culpa por haber deseado que enfermase, e intentará aliviar ese sentimiento volcándose en su paternidad, sobre todo durante la primera infancia de la niña. El periodo que el escritor pasa junto a ella en el pueblo donde reside es uno de los más tranquilos de su vida, tanto por la acción beneficiosa del vínculo con la niña como por el descubrimiento del visionario Emanuel Swedenborg. A partir de este momento, la mística de Swedenborg se convertirá en una de las piezas centrales del pensamiento de Strindberg, ya que en él encontrará la explicación de su enfermedad:

“Todo lo que me había sucedido lo encuentro en Swedenborg: angustias, opresión pectoral, fuertes palpitaciones del corazón, lo que yo llamaba cinturón eléctrico, todo está allí, y el conjunto d estos fenómenos constituye la purificación espiritual” (Inferno, August Strindberg)


Alquimia y mística

A partir de la lectura de Swedenborg, Strindberg creerá haber encontrado una explicación a las obsesiones que le persiguen desde hace tiempo. Hasta entonces no había podido explicarse las razones de su persecución ni las causas de que sus enemigos tratasen de dañarle, pero la lectura de los textos de Swdenborg le hará creer que se trata de pruebas que debe superar para conseguir una purificación espiritual. Los enemigos que le persiguen no son más que la manifestación física de potencias que buscan obstaculizar  su desarrollo espiritual. Strindberg se verá a sí mismo como un visionario, como alguien que ha sido capaz de vislumbrar el otro lado y conoce sus secretos. Ello le hará especialmente vulnerable a los ataques de las potencias del mal, que perseguían con especial virulencia a aquellos que pueden acceder a conocimientos no revelados. Strindberg creía que poseía este conocimiento gracias a la práctica de la alquimia, a la que entregó durante largos periodos de su vida. En su pequeña habitación del Barrio Latino, en París, poseía un auténtico laboratorio químico en el que trabajaba durante días, sin ni siquiera acordarse de comer o dormir. Gracias a sus experimentos, consiguió demostrar algunas teorías de la Química que hasta entonces no habían sido probadas, y algunas de sus publicaciones en revistas científicas tuvieron una gran divulgación. Sin embargo, para Strindberg estos descubrimientos no tenían ningún valor. Más que una disciplina científica, la alquimia era un camino espiritual. Lo que buscaban los alquimistas era la esencia del alma humana:

“Las almas, quiero decir los cuerpos desmaterializados, permanecían flotando en el aire, lo cual me llevó a intentar aprehenderlos y analizarlos. Provisto de un pequeño frasco lleno de acetato de plomo líquido, emprendo esta caza de almas, quiero decir de cuerpos, y apretando el frasco destapado en mi mano cerrada me paseo como un cazador de pájaros liberado del trabajo de atraer a su presa. En mi casa, filtro el abundante precipitado y lo coloco bajo el microscopio.” (Inferno, August Strindberg)
La explicación de sus obsesiones proporcionó a Strindberg un periodo de cierta tranquilidad, aunque la enfermedad mental nunca le abandonaría. Las fotografías de sus últimos años de vida muestran un deterioro progresivo en el escritor, tanto física como psicológicamente. La mirada de Strindberg será cada vez más febril y alucinada. Como si la fotografía mostrase a una persona sin alma. Como si el retratado, en vez de mirar al objetivo, estuviese mirando a la persona que observa la fotografía. Como si nos estuviese mirando a nosotros. 



[este artículo fue publicado originalmente en el fanzine Radiante Porvenir]

lunes, 28 de diciembre de 2015

Mis libros de este año


Este año ha sido bastante duro en lo personal y he leído menos que el pasado. Aun así, 96 libros en total en los que prima el ensayo, porque sigo escribiendo el mío. No suelo leer muchas novedades porque la mayoría de los libros los consigo en la biblioteca y porque leo de forma bastante caótica, saltando de unos temas a otros o guiándome por casualidades, por recomendaciones o por libros que aparecen en otros libros. Así que en esta lista no están las mejores publicaciones de este año, sino simplemente los libros que más me han gustado, sean del año que sean. Hay muchos libros que se han quedado sin leer por falta de pasta o tiempo, pero en algún momento caerán. En cuanto a editoriales, hay muchas distintas, la mayoría pequeñas o independientes. Por cantidad de libros que he leído de cada una, este año ganan Cabaret Voltaire, Pepitas de Calabaza, Acantilado y la Felguera aunque también he leído varios de Anagrama, La Garúa, La Bella Varsovia, Alpha Decay, Capitán Swing y Virus. Los libros no están ordenados según me hayan gustado más o menos, el orden es aleatorio. 




1. La hidra de la revolución, Peter Linebaugh y Marcus Rediker (Crítica, 2005). Entre los siglos XVI y XVIII, el capitalismo se impuso como sistema económico dejando millones de cadáveres a su paso. Fueron los años de las fábricas penitenciarias, de la expropiación de las tierras comunales, de los ejércitos de mendigos que vagaban de una ciudad a otra, de los ahorcamientos diarios por robar unos peniques, del tráfico de esclavos, de la masacre colonial. Pero también fueron dos siglos y medio de resistencia, de lucha continuada contra la nueva forma de dominación. Rebeliones de esclavos, sectas que no creían en la propiedad privada, motines de marineros, revueltas urbanas protagonizadas por mendigos, iluminados que hablaban del fin del trabajo, levantamientos campesinos contra los cercados, niveladores que creían que ningún hombre estaba por encima del otro. Esa es la historia que cuenta este libro, la historia de los colonos que se marcharon a vivir con los indios, de los esclavos que huían y creaban sus propias ciudades en el interior de la selva, de los marineros irlandeses que llevaban las noticias de la revolución de un mar a otro, de todos aquellos que hicieron que esos dos siglos y medio fuesen una pesadilla para comerciantes de esclavos, políticos y dueños de fábricas. Una auténtica pasada de libro.

2. La necesidad del ateísmo y otros escritos de combate. P.B Shelley (Pepitas de Calabaza, 2015). El libro recoge muchos de los textos políticos del poeta romántico, además de alguno de sus poemas. Extremo, radical y apasionado, Shelley escribió y vivió a contracorriente, defendiendo causas como el amor libre o el vegetarianismo que entonces parecían los delirios de un loco. Posiblemente su obra no se conoce tanto por aquí como la de Byron o Blake, pero merece mucho la pena. 

3. La lucha por Barcelona. Clase, cultura y conflicto 1898-1937, Chris Ealham (Alianza, 2005). Este año he leído decenas de libros sobre urbanismo y luchas urbanas, pero este es sin duda el mejor de todos. No importa que no te interese especialmente ese tema, Ealham cuenta una historia apasionante sobre cómo el proletariado barcelonés se hizo con el control de la ciudad durante el primer tercio del siglo XX, y cómo se la disputaron: las autoridades centrales que luchaban para disciplinar la ciudad, los nacionalistas que buscaban convertirla en la capital de Cataluña, los industriales locales que necesitaban obreros domesticados, las clases medias que querían democratizarla. 

4. El pan a secas, Mohamed Chukri (Cabaret Voltaire, 2013). Chukri es uno de mis descubrimientos de este año. Un libro durísimo, pero a la vez muy hermoso y que transcurre en un Marruecos muy alejado tanto de nuestras fantasías orientalistas como de nuestros prejuicios.

5. La ciudad horizontal, Stefano Portelli (Bellaterra, 2015). Otro de los ensayos sobre urbanismo que me han alucinado este año. Portelli cuenta la historia del barrio de Bon Pastor, en Barcelona, durante los años en que se comenzaron a derribar las casas baratas, entre 2002 y 2012. Un barrio con una historia repleta de marginalidad y exclusión pero también el lugar donde se resguardaron Durruti o Sabaté cuando fueron perseguidos, con una tradición de lucha muy viva que volvió a despertar cuando llegaron las excavadoras del ayuntamiento. Sin caer en mitificaciones, Portelli cuenta la historia del barrio y de sus resistencia, sin dejar de hablar de todas las aristas de la lucha, de los que no quisieron participar, de los que tenían otras razones, de los que se rindieron.

6. El papel de tapiz amarillo, Charlotte Perkins Gilman (Lumen, 2001). Un relato breve, de apenas treinta páginas en la edición que yo escogí, pero capaz de hablar de la locura, la maternidad, el matrimonio, la dominación, la soledad. Brillante su forma de mantener la tensión, de irte empujando a la espiral cada vez más oscura en que cae la protagonista. 

7. Últimos poemas, Nâzin Hikmet. (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2000). Otro de los descubrimientos de este año. Una maravilla que llevaban recomendándome un tiempo y que al final me animé a leer. Me he quedado con ganas de leer más títulos de esta editorial, que ha hecho una labor impresionante de selección y traducción de autores del este y de Oriente Medio.

8. El cordero carnívoro, Agustín Gómez Arcos (Cabaret Voltaire, 2007). Me habían recomendado varias veces a Agustín Gómez Arcos, pero hasta este año no me había animado a coger una novela suya de la biblioteca. "El cordero carnívoro" cuenta la relación de dos hermanos en el contexto de la posguerra, aunque el escenario solo aparece para hacer todavía más asfixiante el encierro del protagonista en la casa familiar. Incesto, homosexualidad, dolor, maternidades difíciles, relaciones de clase complicadas, belleza. 

9. Pasaje a las dehesas de invierno, Francisco Jota-Pérez (Esdrújula, 2015). Siempre me resulta enormemente complicado hablar de los libros de Jota-Pérez. Puedo decir que "Pasaje" está protagonizado por una fisioterapeuta que reseña hoteles para una página turística y que se dedica a dar palizas a viandantes con un grupo llamado La Jauría, pero no sería justo. "Pasaje" es mucho más, es una especie de código encriptado que se instala en algún lugar de tu cerebro, una especie de texto revelado con una lectura más superficial pero también otra más profunda que se revela en el momento preciso. En "Pasaje" hay ocultismo, trascendencia, abismos, identidades de género, psicogeografía, alucinación, duelo, luto y muchas cosas más. No sé, leedlo. 

10. La universidad blanca, Ismael Belda (La Palma, 2015). Este año no he leído mucha poesía, se me han quedado pendientes un montón de libros que me gustaría haber leído. De los pocos a los que he echado mano, me ha gustado mucho "La universidad blanca", el primer poemario de Ismael Belda. También "La edad de merecer", de Berta García Faet, "Tenían la belleza del salvaje" en prosa poética y escrito por Dara Scully y " Los estómagos", de Luna Miguel. Publicados el año pasado pero que yo he leído este, me han gustado "Alambres", de Lola Nieto, "El silencio de las bestias", de Unai Velasco, "La mujer cíclica" de Laia López Manrique y "La última tormenta", de Álex Portero. 

11. Portugal: ¿la revolución imposible?, Phil Mailer (Klinamen, 2015). Mailer se encontraba en Lisboa por casualidad cuando se produjo el estallido revolucionario que acabaríamos conociendo como la Revolución de los Claveles. Todos tenemos en la retina la imagen de los militares con flores en los cañones de las armas, pero eso fue solo un momento puntual en el trascurso de más de dos años de intensa lucha de clases que incluyó huelgas, asambleas y pulsos constantes a la dictadura. A medio camino entre el ensayo y la crónica personal, Mailer cuenta cómo vivió la revolución desde dentro pero a la vez con la perspectiva de quien no es de allí. Muy, muy recomendable. 

jueves, 19 de noviembre de 2015

Los que duermen bajo la tierra


Si los que duermen bajo la tierra alguna vez hablaron, sin duda lo hicieron así:






[Lectura y música de Marco Antonio Raya Ruiz.
 Poema incluido en el libro "Las canciones de los durmientes" (La Garúa, 2015)]

domingo, 4 de octubre de 2015

Cadena alimenticia






Aunque nos parezcan muertos y horribles, los zombis tienen una vida interior rica y plena. Lo descubrí pocos días después de que me encerraran en esta celda, la C-348. El encargado de traerme la comida comenzó a dejarme libros junto al plato. La mayoría de ellos tenían frases subrayadas y anotaciones a lápiz en los bordes. Al principio pensé que quería mandarme un mensaje, pero luego me di cuenta de que simplemente eran sus reflexiones. Mi carcelero compartía su biblioteca conmigo, seleccionaba para mí los libros que creía que me podían gustar. La vacuna no había conseguido restablecerles la capacidad de articular las palabras correctamente, pero podían comunicarse por escrito igual que nosotros. Quizá aquella dificultad para hablar fue lo que hizo que les subestimásemos. Cuando se dieron los primeros casos de canibalismo después de la vacunación masiva no nos preocupamos demasiado. Simplemente pensamos que no había funcionado. Aquellos seres seguían intentando alimentarse de restos humanos y seguían siendo incapaces de hablar o razonar. Tuvieron que pasar unos meses para que nos diésemos cuenta de que los efectos tardaban en manifestarse. Para entonces ya era demasiado tarde. El ser humano había dejado de estar en la cima de la cadena alimenticia. A veces pienso en ello. Supongo que aquí no hay mucho más en lo que pensar. Hoy ha venido el médico a verme. Me ha dejado unas pastillas nuevas sobre la mesa, parecen vitaminas. Quieren que el bebé nazca sano y grande. Quizá debería empezar a llamarlos crías, para que me diese menos pena separarme de ellos. El médico me ha dado unas palmadas en la cabeza. Creo que están contentos conmigo. 




[La primera frase de este microrrelato pertenece a la escritora norteamericana Lisa Tuttle. Forma parte de una especie de juego en el que escritoras de ciencia ficción comenzaban un relato y tenías que continuarlo, con una extensión máxima de trescientas palabras. Así quedó el mío]

lunes, 7 de septiembre de 2015

La poesía como artefacto explosivo. Recitales y lecturas en revoluciones y conflictos armados




[Filippo Tomaso Marinetti, 1876-1944]



Estamos en Moscú, en 1914. Un Marinetti de mirada arrogante y ceño fruncido llega a la ciudad rusa en medio de una helada descomunal. Su Manifiesto Futurista ha sido leído en Rusia hasta el aburrimiento, y su visita entusiasmaba a todos los aspirantes a ocupar el trono de la vanguardia artística y literaria. “Un automóvil rugiente que parece que corre sobre la metralla es más bello que la Victoria de Samotracia”, gritaba Marinetti en un francés absurdo. “Un coche de carreras con su capó adornado con grandes tubos parecidos a serpientes de aliento explosivo es lo más hermoso que veréis nunca”. El italiano no está consiguiendo el fervor que espera, pero sigue cacareando desde el estrado con aquellas manos diminutas y aquel bigote lleno de grasa.

“No entendemos nada, Marinetti, tu francés es lo más deplorable que he oído en mi vida”, gritó alguien en ruso desde el público. “No importa que no sepamos francés, eres un impostor, no dices más que mentiras de ricachón aburrido”. El que había hablado era un joven alto y delgado, con la mirada más dura y desafiante que el italiano había visto nunca. “Eres un imbécil, eres profundamente imbécil”, gritó el joven, y comenzó la fiesta. Marinetti no entendía nada en medio de todos esos golpes, no entendía por qué aquellos cuatro energúmenos se habían abalanzado sobre él para darle la paliza de su vida mientras gritaban en ruso. No entendía que aquellos jóvenes se estaban riendo de él mientras le daban patadas y puñetazos sin descanso. No entendía que aquello era un baile y todos querían bailar con él. No entendía que era una fiesta. “¿No decías que no hay nada más poético que la violencia de los puños devorando un rostro hermoso, Marinetti?” gritaba el joven mientras se reía a carcajadas. “Tu coche no es bello, imbécil, solo es la expresión de tu riqueza. Hay que ser idiota para decir que un coche de carreras es más hermoso que la Victoria de Samotracia”, le gritaba entre patada y patada, “lo único que dices es que una cosa es más bella que otra, cuando lo que hay que hacer es extirpar la belleza de las cosas que son bellas. No para transplantársela a las máquinas, sino para aborrecerlas por ser la expresión de una clase dominante”.

En algún momento alguien llamó a la policía y se acabó la fiesta, pero mientras se los llevaban detenidos seguían gritando y riéndose. “Los puños son la verdadera poesía, Marinetti”, gritó uno de los jóvenes mientras se lo llevaban a rastras, y los demás estallaron en carcajadas. En comisaría les identificaron y les metieron en el calabozo durante unas horas. Aquel joven de mirada desafiante era Vladimir Maiakovski y Marinetti nunca olvidaría su nombre.





Un solo poema es más peligroso que veinte comandos enemigos. Los recitales de poesía como arma política


Maiakovski apenas tenía veintiún años cuando interrumpió a puñetazos el recital de Marinetti, pero aquello estaba muy lejos de ser una simple provocación de juventud. Era un acto político. Un sabotaje. El Manifiesto Futurista contenía los gérmenes de una ideología que, bajo la apariencia de una ruptura estética radical, no hacía más que perpetuar las relaciones de dominación existentes. Marinetti desplazaba la belleza de unos objetos a otros, pero todos eran símbolos de las clases dominantes. El poder ya no necesitaba expresarse a través de estatuas que conmemorasen victorias militares, sino a través de la maquinaria y la industria de un capitalismo cada vez más salvaje, y eso era lo que Marinetti alababa. Debajo de su aparente radicalidad, la propuesta del Manifiesto Futurista era una en realidad una mera renovación de los objetos estéticos con los que las clases dominantes expresan su poder, y Maiakovski lo sabía. Solo necesitó dos o tres puñetazos para explicar su postura.
Aquellos puñetazos eran un acto político porque la intervención de Marinetti también lo era. En la medida en que reproducen de forma pública un determinado discurso, todos los recitales poéticos son actos políticos. No importa qué tipo de poesía se lea o qué ideología haya detrás de ella: al recitar, el autor se está posicionando en un determinado lugar dentro del entramado de las relaciones de dominación. Puede que ese posicionamiento sea más fácil de detectar en la poesía social o militante, pero está también en todas las demás temáticas. Un poema sobre el amor, por ejemplo, reproduce también un determinado discurso social sobre éste, ya sea porque perpetúa una determinada forma de entender el amor o porque rompe con ella. Como el resto de relaciones sociales, las relaciones amorosas también están atravesadas por el conflicto, el poder y la dominación, lo que las convierte en relaciones políticas. De esta forma, los poemas de amor son también poemas políticos porque hablan de esas relaciones de dominación, poder y conflicto que se dan dentro de las relaciones amorosas. Aunque no lo parezca, el poema cursi que te escribieron en quinto de primaria también era política.

El posicionamiento del autor se produce ya en el acto de escribir el poema, pero cuando se publica es cuando ese posicionamiento se convierte en un acto político. El discurso que hay en él se convierte en parte de los diferentes discursos sociales sobre un determinado tema, contribuyendo a mantener o destruir las relaciones de dominación de ese momento concreto. Si además de circular de forma impresa ese poema se recita en público, su potencial para conservar o desestabilizar las relaciones de dominación se hace mucho más grande. La lectura pública dota al poema de una capacidad para convertirse en una herramienta política muy potente, ya sea para perpetuar un determinado estatus quo o para luchar contra él. El recital se convierte en un lugar de socialización política, en un acto de lucha en sí mismo. La lectura privada en la intimidad puede hacer que el poema sirva como herramienta de difusión de unas determinadas ideas, pero la lectura pública es lo que permite que se convierta en una herramienta capaz de generar movilización a favor o en contra de esas ideas. El recital socializa el poema, lo convierte en un arma que puede ser utilizada colectivamente para fines políticos, sea en el sentido que sea.


[Vladimir Maiakovski 1893-1930]


Aunque se da también en otros momentos históricos, este potencial político de los recitales de poesía es especialmente significativo durante las revoluciones y los levantamientos populares, ya que se trata de momentos de cambio social en los que los discursos tienen una capacidad de movilización mucho mayor. El propio Maiakovski era consciente de ello: tras el estallido de la Revolución Soviética sus recitales se convertirán en armas de lucha a favor de la consolidación del nuevo poder político. Con cada lectura, Maiakovski engrasará más y más una maquinaria de guerra que utilizará para dinamitar los escombros del régimen anterior, cuyas relaciones de dominación aún seguían atravesando muchos ámbitos de la sociedad rusa. El éxito de esta maquinaria se verá en que Maiakovski será convertido en el poeta oficial de la revolución, en el símbolo del nuevo poder político. Con la consolidación del régimen soviético, lo que hasta entonces había sido un discurso rupturista se convertirá en conservador, pero el potencial político de sus recitales no disminuirá. Simplemente, será asimilado por el Estado y convertido en propaganda, pero esa es otra historia y aún tendrán que pasar algunos años.

Otro de los momentos históricos en los que el potencial político del acto de recitar adquirirá una fuerza especial es durante los conflictos armados. En medio de una guerra, el recital no solo será un lugar de socialización política, sino también de reafirmación de los ideales por los que se lucha. El 4 de diciembre de 1936, un Miguel Hernández de pelo rapado y chaqueta de pana visita la emisora del Quinto Regimiento para recitar sus poemas. Solo hace tres meses que se ha alistado y su cara no es todavía el rostro pálido y cansado de las fotografías de un par de años más tarde. El fusil que lleva colgado al hombro escupe todavía muchas más victorias que derrotas. Durante toda la guerra, Hernández escribirá tres poemarios y sus textos circularán mucho por el frente. Alejado de las élites intelectuales que recitaban en la trinchera por la mañana y dormían en su casa por la noche, las lecturas de Hernández tendrán una capacidad de movilización mucho mayor. Al verle como uno de los suyos, los asistentes a los recitales, que no eran otros que milicianos que peleaban en el frente como él, sentirán de forma mucha más intensa los poemas, por lo que las lecturas cumplirán mejor su función de reafirmación de los valores y los ideales del bando antifascista. Los poemas dejarán de ser simples textos para convertirse en artefactos explosivos.



[Fadwa Tuqan, 1917-2003]


La capacidad desestabilizadora de los recitales de poesía en los conflictos armados será una constante en todas las guerras, incluidas las actuales. Después de la publicación del libro “Mártires de la Intifada” por la poeta palestina Fadwa Tuqan, el general israelí Moshe Dayan declaró en la prensa que un solo poema de su autora era mucho más peligroso que veinte comandos enemigos. Dayan sabía de lo que hablaba. La larga tradición de poetas existente en Palestina había servido como arma de lucha contra la todopoderosa maquinaria de guerra israelí, que a pesar de su enorme superioridad militar es incapaz de aplastar definitivamente la resistencia de un pueblo sumido en la miseria. Si algo han aprendido los palestinos es que todo es susceptible de convertirse en un arma si la arrojas con la suficiente fuerza, sea una piedra o un poema. El Estado de Israel también lo ha aprendido: para contrarrestar la capacidad movilizadora de este tipo de iniciativas, ha intentado desactivarlas apropiándose de ellas en numerosas ocasiones. En junio de 2007, uno de los grandes poetas palestinos, Mahmud Darwish, daba un recital delante de 2000 personas en la ciudad israelí de Haifa. En uno de los poemas que leyó criticaba el fundamentalismo de Hamás, y eso fue aprovechado por la prensa israelí para utilizar políticamente la figura de Darwish. Poco importaba que el compromiso político del poeta con la causa palestina le hubiese puesto en peligro de muerte y llevado al exilio en numerosas ocasiones: sus poemas eran un arma de guerra y tenían que ser desactivados. Un solo poema era más peligroso que veinte comandos enemigos.





Cada poema es una bomba. La poesía como forma de socialización del dolor.


A principios de 1967, un joven de aspecto serio y gesto decidido llamado Leonel Rugama se internaba en las montañas nicaragüenses para unirse al Frente Sandinista de Liberación Nacional. Solo tenía 18 años, pero qué importaba. Cualquiera de aquellos guerrilleros era demasiado joven para morir en una guerra. En sus tres años de clandestinidad, Rugama escribirá mucho. La selva maltrata a los sandinistas atrozmente y Leonel escribe. Sus poemas circularán por el frente, pasándose de unas manos a otras. De vez en cuando, alguien lee uno de esos textos en voz alta y todos murmuran. Algunos de esos murmullos son oraciones, otros saben que Rugama no va a salvarse. A veces los muertos continúan andando y cantan canciones hermosas como aquellas y parecen vivos, pero en realidad están ya condenados. La selva nunca dejará escapar a Rugama. El 15 de enero de 1970 es abatido por un batallón de la Guardia Nacional de Somoza.


[Leonel Rugama, 1949-1970]



Como Rugama, Isaac Rosenberg también está condenado. Estamos en otro momento y otro lugar, pero Rosenberg también demasiado joven. Quizá todos lo sean. Tiene solo veintiocho años y va a morir en el frente occidental, después de escribir uno de los poemas más atroces de todos los que se compusieron durante la contienda. El poema, llamado “Break of day in the trenches” y escrito en plena batalla del Somme, pasará de mano en mano a lo largo de toda la trinchera. Los soldados se lo leerán unos a otros y murmurarán en voz baja. La crueldad de la batalla no siempre deja tiempo para recitales, pero la lectura en común de los poemas hará que estos sirvan como un vehículo de difusión de las ideas y las emociones de los soldados. De alguna manera, aquellos poemas servirán para socializar el dolor que les destrozaba por dentro y, en la medida que dejaba de ser individual, el dolor no solo se convertía en una herramienta política sino que además era más asimilable.

En muchas ocasiones, como sucederá con Leonel Rugama o Isaac Rosenberg, estos poemas pasaban de mano en mano en revistas o pasquines que se distribuían por el frente. Otras veces, su utilización como herramienta política será mucho más planificada. En enero de 1942, miles de copias del poema “Libertad”, de Paul Éluard eran lanzadas por aviones ingleses sobre la población de París, que permanecía bajo ocupación nazi. Leídos antes de que el ejército ocupante pudiese hacer nada, las hojas se convirtieron en artefactos explosivos en manos de los habitantes de la ciudad.  Cada poema era una bomba.

El ejército nazi aprendió la lección. Ningún otro poema iba a provocar detonaciones delante de sus ojos. En la Grecia ocupada, decidieron poner la solución antes de que eso pasase: el poema “Epitafio”, escrito por un miembro de la resistencia llamado Yannis Ritsos, era quemado a los pies de la Acrópolis poco después de ser distribuido de forma clandestina. Sin embargo, nunca encontraron todas las copias. El poema siguió circulando y siendo leído entre susurros, convirtiéndose en un arma de lucha aún más poderosa que antes. La explosión aún tardaría en producirse, pero los incendios que la provocaron ya habían sido encendidos.


[Yannis Ritsos, 1909-1990]



El potencial de la poesía como herramienta política durante los conflictos armados y las revoluciones será tan grande que acabará devorando a muchos de los que la habían utilizado. Convertido en el poeta oficial de la revolución y utilizado por el Estado soviético como forma de propaganda, Vladimir Maiakovski se pegó un tiro en el corazón el 14 de abril de 1930. Había convocado tormentas demasiado grandes, y los recitales de poesía que antes le había convertido en un héroe del proletariado ahora le hacían parecer un elemento peligroso para el orden social. Maiakovski sabía que todo poema que merezca llamarse así acaba con un disparo. A veces, tiene que ser en el corazón. 



[Este artículo fue publicado originalmente en el número de julio de 2015 de la revista Quimera]

domingo, 16 de agosto de 2015

De accidentes de tren, zoos humanos en el parque del Retiro y reclusiones en hospitales psiquiátricos.


[Jules Sébastien César Dumond d´Urbille]


El momento exacto en el que Jules Sébastien César Dumond d´Urbille, célebre navegante y explorador francés, se da cuenta de que la puerta de su vagón ha sido cerrada con llave y de que, probablemente, va a morir asfixiado. Viajero incansable, Dumond ha recorrido el mundo entero debido a sus estudios de astronomía, botánica, geología y entomología, pero el destino le ha preparado un final irónico. Dumond no va a morir consumido en fiebres extrañas, ni va a ahogarse en el naufragio de su barco, ni va a perderse en el desierto de Atacama. La muerte le espera mucho más cerca, a solo unos kilómetros de París. En 1842, Dumond sube al tren que inaugura la primera línea de ferrocarril entre París y Versalles. Debido a las fiestas de los jardines de Versalles, se habían reforzado los trenes con dos nuevas locomotoras, en una de las cuales viajaba el almirante. La primera locomotora, más ligera y menos potente, se vio empujada por la segunda y descarriló. Las dos locomotoras ardieron y sus ocupantes murieron dentro sin poder escapar a las llamas ya que por medida de seguridad los vagones habían sido cerrados con llave antes de la salida.





[Inauguración del Palacio de Cristal, con decoración que simula la selva filipina]


El momento exacto en el que un obrero de nombre hoy desconocido acaba por fin el lago del Palacio de Cristal, en el parque del Retiro. El lago ha sido construido para que puedan lucirse las canoas de un grupo de nativos malayos que son exhibidos en el parque como parte de un zoo humano, una de las principales atraciones del Retiro en aquel momento. En 1900, por el módico precio de una peseta, se podía asistir a un "desayuno esquimal a base de pescado y carne seca", y tres años antes eran los ashantis, "raza poco inteligente de figura tan bestial que se les podría confundir con un orangután", los que vivaquearon en el parque, dando ocasión a que los antropólogos asistieran a un parto. En el caso de los esquimales a lo que pudieron asistir es a una muerte -o más bien muchas-, ya que de los cincuenta ejemplares exhibidos solo nueve volvieron a su tierra de origen. Lo mismo sucedió con malayos y ashantís, pero como no hay mal que por bien no venga, sus fondos acabaron enriqueciendo el fondo del Museo de Antropología, dando un bello ejemplo de sacrificio por la ciencia. 





[Leonora Carrington]


El momento exacto del día 23 de agosto de 1940 en el que Leonora Carrington, escritora y pintora surrealista, fue ingresada en la clínica psiquiátrica del Dr. Luis Morales, en Santander. Varias circunstancias conducen a este encierro. Tras la invasión nazi de Francia, Marx Ernst, compañero sentimental de Leonara Carrington, fue por segunda vez apresado e ingresado en un campo de concentración en mayo de 1940. A partir de ese instante, ella entra en un estado de alteralción mental agudo que le conduce hasta Madrid y, considerada loca, al citado sanatorio. El Dr. Luis Morales, de ideología nazi, la acoge en su clínica y experimenta con ella, al igual que lo hacía con otros pacientes, una cura ejemplar. En sus palabras, Leonora Carrington sanó "con solo tres sesiones de meduna (choque convulsivo químico con cardiazol)", lo que permitió que "recuperase un buen y bien vivir". La narración de Carrington de este periodo de su vida será, sin embargo, bastante diferente: en sus texto "Abajo" hablará de dolor, de torturas y de tristeza, pero no de curación. 




[Remy de Gourmont]


El momento exacto en el que Remy de Gourmont, novelista y crítico de arte, rompe la relación con su amigo Alfred Jarry, que se había burlado de amada Berthe. Conocida como "Berthe la blanda", "Berthe de los pies grandes" y "la gran dama", Berthe de Courrière había comenzado su relación con el escritor en 1887, después de quedar viuda del escultor Auguste Clésinger. Berthe era una mujer gigantesca, pero las burlas de Jarry no se debían a su físico, sino al gusto un tanto peculiar de Berthe por los sacerdotes. A lo largo de su vida, fue detenida e ingresada en hospitales psiquiátricos en numerosas ocasiones debido a las burlas obscenas y los gestos sexuales con los que acosaba a todos los sacerdotes que aparecían en su camino.




[La primera y última historia las conocí gracias al libro "¡La libertad o el amor!", de Robert Desnos (Cabaret Voltaire). La segunda y tercera gracias al periódico "El rapto", publicado por el Grupo Surrealista de Madrid]