viernes, 26 de septiembre de 2014

El nombre maldito de Nechayev

[Sergei Nechayev]



El 13 de mayo de 1881, un atentado terrorista acababa con la vida del zar Alejandro II. Los responsables eran miembros de la organización revolucionario Narodnaia Volia, un grupo de tendencia nihilista que había atentado contra el régimen en numerosas ocasiones desde su formación en 1879. Esta vez la acción había estado a punto de ser un desastre. La primera bomba, lanzada por un joven de aspecto frágil llamado Niko­lái Rysakov, apenas había dañado el carruaje en el que viajaba el zar, que había conseguido salir por su propio pie del vehículo. Rysakov había sido ­detenido de inmediato, pero antes de que los cosacos pudie­sen llevárselo para ha­cerlo ­­de­saparecer en alguna de las ­temibles cárceles zaristas, el joven había tenido tiempo de gritar algo a la multitud que se agolpaba en la calle para ver lo sucedido. Aquel grito funcionaba como una clave, una contraseña capaz de detonar artefactos y hacer saltar por los aires regímenes enteros. La segunda explosión no se hizo esperar. Ignati Grinevitski lanzó un paquete bomba que cayó al lado del zar, destrozándole las piernas. El monarca moriría desangrado unos minutos más tarde en su habitación del Palacio de Invierno. En res­puesta, el Esta­do se cobraría la vida de cinco miembros de Narodnaia Volia, que serían condenados y ejecutados a principios de abril. Sin embargo, la oleada represiva emprendida por el zarismo no conseguiría acabar con el terrorismo revolucionario, que se extendía cada vez con más fuerza por todo el país. Un ejército de terroristas, anarquistas, nihilistas y conspiradores profesionales miraba atentamente los planos de las ciudades buscando puntos débiles en el trazado de sus calles, lugares susceptibles de albergar bombas, rincones oscuros que escapasen al control de la policía. Las conspiraciones se sucedían una tras otra. Las ciudades se habían convertido en una trampa para los poderosos.

La organización Narodnaia Volia suponía la culminación de un movimiento que se mantendría hasta la caída del régimen, pero que había comenzado 20 años antes, con un acontecimiento que mostraba las tormentas que estaban a punto de desatarse. En noviembre de 1869 el cuerpo de Ivan Iva­novich, un estudiante de medicina conocido por su compromiso político, era encontrado en el fondo de un estanque situado en las afueras de Moscú. El cadáver tenía un agujero de bala en la frente y los bolsillos llenos de piedras para que se hundiese con más facilidad. La policía inició una investigación que daría resultados sólo cuatro días más tarde. El responsable del crimen era Sergéi Nechayev, un joven de aspecto desaliñado que lideraba una pequeña organización de tendencia nihilista llamada Narodnaia Rasprava, la Justicia del Pueblo. La noticia conmocionó a la sociedad rusa, que vivía ajena a la realidad que ahora salía a la luz. En los sótanos y los callejones de las ciudades, decenas de jóvenes nihilistas conspiraban para acabar con el poder. Traían consigo la pólvora y la tormenta.

Antes de ser detenido, Ne­chayev consiguió abandonar Rusia con un pasaporte falso y llegar a Ginebra, donde contactó con Bakunin. El anarquista tenía 55 años y el cuerpo lleno de las cicatrices que dejan las barricadas, la cárcel y el exilio, pero aquel joven de apenas 20 años consiguió impresionarle. Nechayev era el ángel de la revolución, la señal que anunciaba la llegada de una nueva generación de revolucionarios con los bolsillos llenos de casquillos de bala. En el pequeño apartamento en el que vivía Bakunin, Nechayev escribió uno de los manifiestos políticos más violentos y amorales de todos los tiempos: El catecismo revolucionario. El texto contenía un conjunto de recomendaciones sobre cómo debía ser la vida y la estrategia de los militantes, pero era mucho más que eso. Aquel manuscrito era el cuerpo teórico de una nueva doctrina, el libro fundacional de una sociedad secreta de hombres y mujeres malditos que estaban dispuestos a sembrar el terror entre los poderosos. A esa sociedad secreta pertenecerían los miembros de Narodnaia Volia, pero también muchos otros antes y después de ellos. A todos se les podía reconocer por la mirada de rabia y las manchas de pólvora en el abrigo.
Seis meses después de su llegada, Nechayev decidió regresar a Rusia con una identidad falsa. El siguiente paso era poner en marcha la organización que debía llevar a la práctica aquellas ideas, desatar la tormenta, sembrar el terror.
Sin embargo, antes de abandonar la ciudad robó de casa de Bakunin y Herzen numerosa documentación que podía hacer peligrar la vida de ambos si caía en manos de la policía. Con ello Nechayev no solo conseguía documentos que podían servirle como salvoconducto en los círculos revolucionarios, sino también información con la que poder extorsionarles en caso de que las cosas no sucediesen como estaban previstas.
La traición resultó muy dolorosa para Bakunin, que había establecido un vínculo con Nechayev que iba mucho más allá de la simple afinidad política. El viejo revolucionario no sólo había sido influenciado por la visión de la violencia de Nechayev, mucho más inmediata que la del anarquista, sino que también se había sentido fascinado por aquel joven de aspecto hipnótico. Había visto en él la promesa de una tormenta capaz de hacer saltar por los aires los mecanismos de dominación.
Sin embargo, la realidad era muy distinta. Nechayev había exagerado conscientemente las informaciones que había transmitido a Bakunin sobre la situación de Rusia. El país no estaba al borde de la insurrección ni el joven nihilista lideraba ninguna organización masiva. Nechayev no había hecho más que inventar una historia que pudiese impresionar al revolucionario y le permitiese conseguir sus objetivos. Al fin y al cabo, los medios no eran más que otro nombre que darle a los fines.
A partir de la difusión de su texto, el nombre de Nechayev sería una palabra temida por los poderosos y maldecida por la Historia, capaz de inspirar terror y desatar el pánico. El nihilista pasaría sus últimos ­días en prisión, pero su nombre seguiría siendo susurrado mucho después de su muerte. Como recoge la edición de La Felguera a través de la correspondencia que acompaña al texto de El catecismo revolucionario, ese nombre no sólo obsesionaría a un Bakunin que seguiría hablando de él durante años, sino también a figuras como Dostoyevski, para el que los jóvenes nihilistas no eran más que una “piara de cerdos”. Ese nombre seguía funcionando como una clave, como una contraseña capaz de conjurar el terror y despertar a los demonios. Como un artefacto explosivo.



[artículo publicado originalmente en la edición impresa del periódico Diagonal y en la web. Enlace AQUÍ]

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