domingo, 15 de diciembre de 2013

registro de sueños ajenos acontecidos entre la primavera de 1863 y la primavera de 1971





La habitación se hallaba llena de animales inmóviles, que esperaban una señal desconocida para animarse y caer sobre mí; especialmente había serpientes y seres que parecían varas de mimbre.


80 sueños, Juan Eduardo Cirlot
En algún momento de 1951




Lo que V.M me escribe me anima a relatarle un sueño que tuve en la primavera de 1863, cuando la gravedad de la situación política había llegado a su punto máximo y no se vislumbraba ninguna salida política practicable. Así las cosas, soñé esa noche (y a la mañana siguiente lo conté a mi mujer y a otras personas) que iba a caballo por una angosta senda alpina, bordeada a la derecha por un abismo y a la izquierda por una roca perpendicular. la senda fue haciéndose cada vez más estrecha, hasta el punto de que el caballo se negó a seguir adelante, resultando también imposible, por falta de sitio, dar la vuelta o apearme. en este apuro, golpeé con la fusta que empuñaba con la mano izquierda la roca vertical y lisa, invocando el nombre Dios. La fusta se alargó infinitamente, cayó la roca y apareció antes mis ojos un amplio camino, al fondo del cual se extendía un bello paisaje de colinas y bosques, semejante al de Bohemia, por el que avanzaba un ejército prusiano con las banderas desplegadas. Al mismo tiempo, me preguntaba cómo podría comunicar rápidamente tal suceso a V.M. Desperté contento y fortificado. El sueño llegó a cumplirse.

Carta de Otto von Bismarck a Guillermo I
En algún momento de la primavera de 1863
El sueño resultaría premonitorio: la revuelta polaca fue aplastada y 
la guerra contra Austria solo duró siete semanas. 







Es una pesadilla, Maruja. Paso todo el día en una trinchera y cuando cierro los ojos vuelvo a verla, una y otra vez. Todas las noches sueño con este mismo infierno. Anoche, por ejemplo, soñé que Enrique moría a mi lado, que una bala le atravesaba la cabeza mientras estaba junto a mí en la trinchera. En lugar de apenarme, yo le quitaba las botas y la chaqueta y me las ponía. Me he despertado sudando. Cuando Enrique me ha preguntado si me pasaba algo, he mirado su chaqueta un momento y he pensado que efectivamente es mejor que la mía. 

Carta de José Pellicer a su novia, Maruja Veloso
En algún momento de principios de 1937.
Es probable que Pellicer se refiera a Enrique Marco, uno de los primeros en alistarse a la Columna de Hierro que él había contribuido a fundar. Enrique sobreviviría a la guerra y a varios campos de concentración; Pellicer no. Curiosamente, después de la lectura de la biografía de Pellicer, yo también soñé durante un tiempo con las botas de un muerto.






He asesinado a mi mujer y la corto groseramente en pedazos que luego envuelvo y amarro apresuradamente en papel. Todo cabe en una caja fácilmente manejable. Mi única opción es convertirla en vino o alcohol. Voy a la destilería. Entro sin llamar a la puerta en un cuarto donde se encuentran tres jovencitas vestidas con una blusa. Dos están sentadas y la tercera está de pie cerca de una puerta mediana (como de una cantina). O bien yo les hago un guiño, como si nos conociéramos, o bien espeto en un tono desenfadado, cualquier cosa, algo así: "¡Traigo 50 kilos de buena barbacoa!" La joven que estaba de pie me lleva a una esquina, donde comienza a examinar mi mercancía. Mi paquete tiene todos los sellos de calidad deseables, pero la joven asegura que la compañía que yo represento no es cliente de su Sociedad y que voy a tener problemas para cerrar el trato. Para una muestra, le saco de mi paquete una serie de botellas pequeñas. Esto sin ningún compromiso, más que como una mera formalidad banal, pero, para mi sorpresa, encuentro cada vez más y más botellitas, unas de vino rojo, otras de vino blanco y vino rosado, toda clase de alcohol, incluso una garrafa de agua minúscula más bien llena y sobre todo sin corcho. Se podía meter el dedo en el cuello de la garrafa sin que se vertiera, lo que me parecía una indubitable demostración experimental de ósmosis o de capilaridad. Al final, toda esta representación se muestra inútil. Un hombre sale de de una oficina de al lado y me dice que tendré problemas si no encuentra mi nombre en unos ficheros. 

La cámara oscura. Georges Perec
Mayo de 1971

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