lunes, 16 de abril de 2012

sueño con las botas de un muerto




Hoy me contaron la historia de José Pellicer y lloré. Decían que antes de la guerra José leía casi un libro diario, que leía hasta cuando iba andando por la calle. Que se afilió a la CNT y a la FAI con dieciocho años, que era vegetariano, que pertenecía a un grupo naturista, que hacían excursiones por la sierra y se bañaban en el río desnudos. Dicen que conoció a su mujer en una clase de Esperanto, que nunca se casó con ella porque no creía en los contratos. Dicen que durante la República estuvo varias veces en la cárcel por participar en disturbios durante las huelgas. La primera de ellas detuvieron a tanta gente que tuvieron que habilitar un matadero como cárcel. Los esposaron y los pusieron en fila. Un policía lo reconoció y le dijo que no iba a parar hasta que lo fusilasen. Él le pegó una patada tan fuerte que el policía cayó al suelo y después le escupió. A José le pegaron una paliza y le condenaron a muerte, pero estalló la guerra y la revolución y pudo salir de la cárcel. Fundó la Columna de Hierro junto con unos compañeros y luchó hasta el final en el frente. Dicen que creyó en la revolución hasta su muerte. Que se negó a marcharse al exilio aunque todo esta perdido. Que lo fusilaron junto a su hermano, el 8 de junio de 1942.

Me contaron su historia y lloré porque siempre lloro cuando me cuentan historias de la guerra. Lloro y sueño con ellas. Casi todos los meses sueño que estoy en una trinchera y alguien canta a mi lado y cierra los ojos. Se oyen aviones que nos bombardean y yo sólo pienso que ojalá no haya que correr porque las botas no son mías y me quedan grandes. Son las botas de un muerto. A veces en el sueño disparo y otras no, pero nunca sé si mato a alguien. Solo sé que el retroceso del fusil hace que me duela el hombro cada vez que disparo y el dolor hace que se me salten las lágrimas.

Una amiga mía dice que son recuerdos, no sueños, que cuando tienes sueños tan reales y tan recurrentes es porque son recuerdos de vidas pasadas. Yo no creo en ningún tipo de vida depués de la muerte, pero me gusta la idea de que los sueños son recuerdos. A lo mejor podemos recordar cosas que no hemos vivido y a personas que no hemos conocido. A lo mejor podemos seguir soñando hasta que lo recordemos todo.

16 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho todo lo que has escrito.

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  2. Eres muy grande, Layla. Pero mucho, mucho.

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  3. Y nosotros lloramos leyendo esto.

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  4. Layla, hay un libro, Crónica de la Columna de Hierro (de Abel Paz, editado por Virus) que habla de la aventura colectiva de las milicias de Pellicer. Estamos hablando de lo más granado del anarquismo peninsular. Aquellos que, por ejemplo, quemaron su carnés de afiliación cuando CNT metió 4 ministros en el Gobierno. Una historia de miles de hombres que murieron por levantar de las cenizas de la guerra una sociedad sin amos, dioses ni tribunos.

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    1. el que me han recomendado es el de "José Pellicer, el anarquista íntegro", de Miguel Amorós, también editado por Virus. Por lo que sé también habla de la Columna de Hierro pero se centra en la historia más personal de Pellicer. De todas formas me apunto también el tuyo, Abel Paz es un referente.

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  5. Lo mismo me pasa con las historias de guerra.
    Pero contado así, merece tanto la pena leido como soñado.

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  6. A mí también me ha llegado esta historia. Pero también me pasa con las víctimas del otro bando. ¿A ti también, no?
    Te contaré la historia de Vidal. Era salmantino: de Monsagro. En la escuela de su pueblo, según cuentan, destacó en caligrafía, matemáticas y dibujo. Decidió hacerse fraile y se ordenó el 18 de diciembre de 1915.
    Su vocación, además del sacerdocio, fue la docencia. También era escritor. Dio clases en los colegios de Villava (Navarra) y Vergara (Guipúzcoa), mientras escribía textos variados y hacía apostolado entre los jóvenes humildes.
    El 18 de julio de 1936, cuando se hallaba en un autobús para regresar a Salamanca, se presentó un desconocido que necesitaba urgentemente viajar en aquel medio público y no tenía billete; le entregó el suyo con la esperanza de tomar otro autobús al día siguiente, pero ya no pudo salir de Madrid. Pasó al menos quince días sin domicilio, durmiendo por los bancos de la calle y otros lugares. Al fin fue acogido en una casa, donde celebraba todos los días la Misa clandestinamente. Vidal no aceptó la oferta que le hicieron de pedir para él refugio en una embajada porque «para un soldado de Cristo —decía— era un honor morir en acto de servicio sacerdotal», asistiendo a la Iglesia perseguida.
    Fue detenido el 4 de octubre y confesó sin rodeos que era fraile dominico, lo llevaron a la comisaría del Congreso, el 9 de octubre lo pusieron a disposición de la dirección general de seguridad y, al día siguiente, recluido en la cárcel Modelo, donde estuvo dedicado a la meditación y rezo del rosario; fue objeto de frecuentes torturas con la punta de una navaja. El 15 de noviembre lo trasladaron a la cárcel de Porlier. Consumó su martirio el 18 de noviembre de 1936 en Paracuellos del Jarama (Madrid) a manos de Santiago Carrillo.

    Tanto José como Vidal eran, creo, buenas personas. Los dos lucharon por lo que creían. Los dos fueron vilmente asesinados. Espero que ambos te emocionen.

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  7. Bonita historia y muy bien escrita, bueno, bonita y triste a la vez, las historias de guerra es lo que tienen. Lo último que he leído sobre la Guerra Civil ha sido Homenaje a Cataluña, de Orwell y Días de llamas, de Juan Iturralde (desconocida hasta que alguien tuvo la genial idea de reeditarla en Debolsillo en 2006). Me gusta tu blog, te seguiré leyendo. Un saludo.

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  8. ¿A qué sabrán las canciones de la guerra?



    sonrisa
    (y té para acompañar)

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  9. Creo que yo tambien podria llorar, leyendote. Un saludo.

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  10. El murió, la guerra se perdió; pero hay muchos José Pellicer en España, este país no es ni displicente, ni mucho menos pusilánime, como se están creyendo más de uno, y más de dos: ese espíritu combativo y solidario, que te ha emocionado, sigue vivo y forma parte del aire que respiramos.
    Tus relatos apocalípticos entroncan muy bien con el Madrid del 37; por lo que escribes no me cuesta mucho visualizarte charlando animosamente con un brigadista, o escribiendo poemas de “des-amor” mientras todo se derrumba a tu alrededor.
    En cuanto a los sueños: todo es posible; Jung habló de un gran contenedor colectivo al que todos tenemos acceso; pero eso de las vidas pasadas, igual que a ti, ya me suena más a echadora de cartas con un pitillo en la boca y el culo desplegado a ambos lados de una frágil silla. :)
    Qué curioso: hasta hace casi nada me dices que has llorado por algo y levantaría la ceja como Bond; ahora, sin embargo, lo creo y me emociona leerlo.

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  11. Joder.

    Mi abuelo me desveló que sus mejores escondites durante la guerra fueron las cuevas donde se refugiaban los lobos, en las laderas de los barrancos. Allá guardaban la munición y el sueño. De pequeño me llevó a ver una muy cerquita del pueblo, y todavía sueñorecuerdo con el eco de las balas. A veces, vuelvo.

    Un abrazo.

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