[Postpornografía, Marisol Salanova, (Pictografía, abril 2012)]
Entre mi trabajo y mis estudios, hay días en que he llegado
a ver cuatro o cinco películas porno seguidas. Esto puede parecer el sueño del
heterosexual medio de entre 15 y 25 años, y al principio es gracioso que te
paguen por eso, aunque sea poco. Pero llega un punto, en torno al minuto
treinta y seis de la segunda película, en que todo empieza a ponerse raro.
Empiezas a ver a los actores y actrices de forma extraña, como hechos pedazos
en un sentido literal. No es solo que dejas de ver personas, es que dejas de
ver cuerpos y empieza a ver partes de cuerpos. Diría que se parece al mostrador
de una carnicería, pero no es exacto, porque no son partes de cuerpos muertos.
Son órganos y extremidades vivas y palpitantes, pero desconectadas de los
lugares en que deberían estar y vueltas a conectar unas con otras de una manera
extraña. Penes enormes que entran y salen de agujeros no muy fácilmente
identificables, prótesis invisibles que acechan debajo de la piel, lenguas que
flotan, líquidos que fluyen.
A partir del minuto trece de la tercera película, el cerebro
empieza a notar los efectos. Deja de esforzarse en intentar reunir los órganos
y extremidades sueltos y empiezan a venirse a la cabeza imágenes inquietantes.
En mi caso, empecé a pensar en los efectos de la exposición a la
radioactividad, en los documentales sobre operaciones quirúrgicas, en las
habitaciones llenas de instrumentos de tortura que se pueden alquilar para
practicar sadomasoquismo, en las cadenas de comida rápida. Supongo que mi
cerebro trataba de buscarle un sentido a todo aquello, porque el porno no lo
tiene, y no me refiero moralmente sino de forma literal: una película porno es
simplemente una acumulación de escenas y cada escena una acumulación de cuerpos
y cada cuerpo una acumulación de órganos y cada órgano una acumulación de
tejidos. Y todo palpita y se mueve y se conecta y se desconecta.
Hay un chiste muy machista que dice que a las mujeres no nos
gusta el porno porque los protagonistas no se casan al final. Bien, jaja, pero
pensemos: el hecho de que los protagonistas se casasen daría un sentido a la
acumulación de órganos, los órganos se acumularían por un motivo, la película
iría a algún sitio. Lo que dice el chiste es que a las mujeres no nos gusta el
porno porque no tiene sentido interno, porque después de tragarnos esa
acumulación de extremidades flotantes la película se acaba sin que hayamos
podido encontrar un pegamento que las reordene.
Y ahí entra el postporno. La postpornografía es ese intento
de que las extremidades se vuelvan a conectar en un sentido lógico al final de
la película y podamos excitarnos y corrernos sin pensar en bombas nucleares,
trozos de piel cayéndose y empleados del MacDonalds llenos de acné. Da igual
cuál sea ese sentido, puede ser que los actores se parecen más a personas
reales o que ella es la que lleva el control o que tiene un fin político, pero
hay algo que junta los trozos. Y en ese movimiento difuso y desorganizado y en
construcción que es el potsporno el libro de Marisol Salanova actúa como un mapa.
Por eso es tan bueno, porque en menos de sesenta y ocho páginas (epílogo
crítico a manos de Ernesto Castro incluido, muy bueno) nos da las pistas que necesitamos
para no perdernos. Y yo la agradezco enormemente el placer que me ha
proporcionado leerlo, directa e indirectamente.