jueves, 17 de julio de 2014

Primer día de experimento: Moscú, la Lubianka, Dora y Discipline


[La Lubianka, en una foto de 1925]



Ellos no saben nada, ellos no te han visto caer de la ventana de Lubianka donde aullabas como aúllan las comadrejas en el parto de la noche. Ellos no te han visto caer de la Lubianka el 7 de mayo de 1925, no te han visto ser arrojado, no han visto tu cabeza estrellarse contra el suelo. Ellos creen saberlo todo de la violencia pero no saben nada porque nunca han sentido latir a la violencia en sus manos ni siquiera han tocado nunca una pistola. La violencia es sagrada, la violencia es sagrada, por eso todos las ansían con desesperación. Ellos no te han visto asesinar con tus propias manos a los veintisiete caimanes que llevaba prendidos en el pelo ellos no te han visto hermoso, violento, adolescente. Ellos no te han visto desobedecer al partido porque no importa nada más que la muerte no lo entienden pero no importa nada más que la muerte ellos no te han visto despreciar la revolución. Ellos no te han visto dibujando los planos de Petrogrado sobre la piel de mi brazo amándome con la fuerza de algún extraño fenómeno natural haciendo que nuestros cuerpos se atraigan de una forma casi cósmica. Eres tan hermoso que Moscú no puede soportar tu belleza y manda a sus perros tras tus pasos eres tan hermoso que nadie puede soportar tu belleza eres el ángel que debe exterminar la belleza del mundo. Ellos no te han visto manejando las formulas alquímicas del incendio asesinando al marido de tu amante cayéndote por las calles de París con los alcoholes de la absenta empapando tus pulmones. Eras tan hermoso con los ojos llenos de nieve con los ojos llenos de atentados celestes con los ojos llenos de muerte. Eras tan hermoso que no pudieron soportar tu belleza y te arrojaron desde la ventana como se arroja a los ángeles y yo ese 7 de mayo de 1925 escuché un golpe y salí a la calle y corrí por las calles de Moscú donde la nieve iba a inundar las aceras durante tres años consecutivos y te busqué por todas las calles pero las calles estaban hechas de caballos amarillos y los que manejan las hoces no abren las puertas a los amantes de la desesperación. Me arrodillé y mis pies se hundían en la nieve y tu cadáver se hundía en la nieve y tus ojos eran tan hermosos llenos de nieve. Los hubiese matado a todos, hubiese matado a todos los bolcheviques, a todos los revolucionarios, a todos los proletarios a todos los miembros del partido. 



[Este texto es un juego. En realidad todos los textos lo son, pero éste quizá de forma más consciente. Empecé hace unos días. El juego consiste en escoger a un personaje y una canción o una pista musical. Durante el tiempo que dura la música, hay que escribir como si fuésemos ese personaje, como si estuviésemos dentro de su cerebro. Escribir sin pensar ni detenerse con la puntuación o la gramática. De la forma más automática posible. Cuando acaba la música, el texto no se puede volver a tocar. El de arriba es el primer texto que hice. Como personaje escogí a Dora, integrante del grupo terrorista al que pertenecía Boris Savinkov. Ya sé que he hablado de Savinkov hasta el cansancio, pero para la primera vez que hacía el experimento me resultaba fácil. Como pista musical escogí "Discipline", de Silent Servant]

sábado, 12 de julio de 2014

Saltos en el tiempo



El preciso instante en el que Jean Fleury, patrón de un barco hecho pedazos y navegante arruinado, se sienta en una taberna cualquiera de la costa de Jamaica para beber hasta perder el sentido y poderse olvidar de la ruina y la desesperación. En la mesa de al lado se van a sentar dos marinos que hacen su última escala antes de cruzar el Atlántico de vuelta a una Europa que se desangra en decenas de guerras por el poder político y religioso. El viaje es peligroso, y los marineros han entrado a la taberna para beber hasta desmayarse antes de tener que afrontar la travesía. Fleury aún no lo sabe, pero las escasas monedas que lleva en el bolsillo le impedirán emborracharse. Aún fresco, escuchará a los dos marinos contar a las prostitutas los tesoros que llevan en sus barcos. Cortés acaba de saquear el palacio de Montezuma y envía a Carlos V el botín obtenido para que en Europa pueda seguir corriendo la sangre. Sin embargo, como viene haciendo desde el principio, el conquistador oculta al monarca que ha fletado dos barcos más en los que manda a su familia una parte de las riquezas robadas. Fleury esperará pacientemente hasta que se haga de día, apurando una única copa de ron. Seguirá a los dos marinos con su barco y los asaltará el 20 de diciembre de 1522, cerca del Cabo de San Vicente. Además de riquezas inimaginables, en el barco están las cartas de navegación con las rutas que hacen los navíos españoles. Fleury todavía está en la taberna y no lo sabe, pero está a punto de convertirse en una leyenda de la piratería.




El preciso instante en el que un juez de Chicago condena a pasar un año en prisión a George Jackson, un joven de apenas dieciocho años que ha robado setenta dólares en una gasolinera. Jackson es pobre y negro y el tribunal se lo está haciendo pagar. El juez aún no lo sabe, pero el chico que tiene sentado delante comenzará a leer y escribir en la cárcel y en sus cartas relatará el régimen de terror que viven los presos negros en las cárceles de Estados Unidos. Cada tarde, se sentará delante de una hoja de papel y describirá las torturas, el aislamiento, la vigilancia constante, la violencia extrema y las humillaciones diarias a las que es sometido por parte de los carceleros. A partir de sus publicaciones, varios miembros de los Panteras Negras contactarán con él y Jackson se unirá al partido. El juez aún no lo sabe, pero Jackson no volverá a salir de prisión nunca más: el 21 de agosto de 1971, diez años después de la primera condena, será tiroteado por los carceleros en la prisión de San Quintín. El juez aún no lo sabe, pero tiene en sus manos la vida de ese chico de dieciocho años y no va a dudar en ayudar a apretar el gatillo. 



El preciso instante en el que Qiu Jin, escritora y miembro de varias conspiraciones para derrocar a la dinastía Qing, se sienta en una mesa de madera y escribe versos llenos de rabia y de dolor. Escribe "No me digas que las mujeres/ no están hechas de la madera de los héores./ Yo sola cabalgué sobre vientos/ en el mar del este durante trescientas mil millas." Escribe: "Avergonzada, no he hecho nada/ ninguna victoria en mi nombre./ Solo hice sudar a los caballos de la guerra." Qiu Jin aún no lo sabe, pero está a punto de dirigir una escuela para maestras en la que se entrenarán los cuadros que van a encabezar la revolución y que se convertirá en un símbolo de la insurrección contra la tiranía imperial. Qiu Jin aún no lo sabe, pero esa escuela será reducida a ruinas cuando la conspiración fracase, y entre las ruinas se oirán sus gritos durante días cuando sea salvajemente torturada. Qiu Jin aún no lo sabe y quizá no le importe, pero se levantarán estatuas en su honor y se llorará su nombre durante décadas.



[La referencia a Qiu Jin se la debo a Álex Portero, que incluyó su nombre en una de las mejores entradas de blog que he leído desde hace mucho: Memoria]

domingo, 6 de julio de 2014

Últimas lecturas: Walter Benjamin, Émil Cioran y Agota Kristof



Crítica de la violencia, Walter Benjamin (Biblioteca Nueva). Creo que la razón por la que más me gusta leer ensayo es porque me despeja la cabeza. Muchas veces me sucede que tengo una certeza sobre algo pero no me he detenido a pensarlo ordenadamente. Es como tener una especie de murmullo en el fondo del cerebro y no poder dejar de oírlo: intuyes lo que dice pero no acabas de entender las palabras exactas. Creo que eso es precisamente lo que hacen los buenos ensayos en mi cerebro: ayudarme a entender ese murmullo. Benjamin era una asignatura pendiente desde hacía un montón. Crítica de la violencia tiene apenas cien hojas, pero eso ha bastado para ayudarme a ordenar un montón de ideas que solo me daban vueltas en la cabeza como intuiciones. En concreto, por qué odiamos a la policía, por qué resulta tan insoportable su violencia y de dónde parte su legitimidad -o más bien, la falta de ella- en los distintos modelos de Estado. Sigo teniendo muchas deudas pendientes con Benjamin.





En las cimas de la desesperación, Émil Cioran (Tusquets). Supongo que En las cimas de la desesperación entra en la categoría de ensayo, pero me cuesta clasificarlo así. Quizá porque hay demasiado dolor, demasiada incredulidad, demasiada rabia. El efecto que ha producido Cioran en mí se parece mucho más al que me produce la poesía, que tiene que ver con introducir murmullos en mi cabeza mucho más que con aclararlos. Cioran hablándome al oído de los fuegos que le consumen, del dolor de despertarse cada mañana, de los abismos que todos llevamos dentro. En la introducción, el propio Cioran dice que escribió ese libro con veintidós años y que si no lo hubiese hecho seguramente se habría quitado la vida. No creo que la literatura sirva para nada, no creo que tenga ningún valor transformador ni que sirva para cambiar las cosas. Pero sí que estoy convencida de que es capaz de librarte de un montón de mierda. Quizá eso sea suficiente. 






Claus y Lucas. Agota Kristof (El Aleph).  El volumen que tengo -por lo que sé la última edición que se ha publicado en castellano-, incluye los tres libros que Agota Kristoff escribió sobre los dos hermanos que dan título al libro. Varias personas de las que me fío un montón lo tenían en sus listas de lecturas favoritas, así que me decidí a hacerme con uno. Solo un día después de haberlo terminado, me cuesta describir lo que ha supuesto Claus y Lucas para mí. Supongo que una forma sencilla de hacerlo es decir que a partir de ahora también estará entre mis diez lecturas favoritas, pero eso lo le hace justicia. Es uno de los libros más crueles y más terribles que he leído, pero sin duda también uno de los más hermosos. El primero de los libros que componen la trilogía, titulado "El gran cuaderno", es bello y retorcido y tortuoso y fascinante. Es un libro redondo, perfecto. De hecho, es tan perfecto que los otros dos libros casi resultan innecesarios. Son también hermosos, pero al lado del primero quedan casi deslucidos. Quizá porque en ellos los dos niños protagonistas ya han crecido y se pierde esa perspectiva aterradora de la infancia. Quizá porque hay mucho más de la historia de la propia Kristof en el primero que en los otros dos. 

martes, 1 de julio de 2014

El musgo es fresco y carece de memoria: "Animales de vidrio"



Hace casi un año, Almudena Vega me pidió que escribiese el prólogo para el poemario que iba a publicar. Escribir prólogos es de las cosas que más respeto me dan, porque me parece una responsabilidad tremenda. Tienes que introducir al lector en una obra que no es tuya, e inevitablemente, eso va a condicionar su lectura. A veces no sale del todo mal, pero hay muchas posibilidades de que no funcione. Quizá por eso la única opción es hablar de tu lectura personal, de cómo se te metió el libro dentro, de por qué acabaste sintiéndolo como algo tuyo. Al menos, esa es la única opción de la que yo me sentía capaz con el libro de Almudena delante. No voy a copiar el prólogo entero porque el post acabaría siendo demasiado largo, pero sí quería poner el fragmento en el que hablo de los efectos que tuvieron sobre mí los poemas de Almudena, desde el primero que leí y que está transcrito a continuación. Ahora los releo y me doy cuenta de que no me he recuperado.


Era todo lo frágil

Llevaba el pelo recogido con huesos de pájaro.
Señor, no llevaba vestido ni lazos
porque era un animal de vidrio.
Su collar era una arteria que goteaba,
era todo lo frágil, señor, sus manos
eran la levedad de la hoja. Sus zapatos eran
cortezas de abedules. Llevaba algo muerto entre sus 
brazos cuando me dijo:

Soy un mausoleo de mí misma. 


"Recuerdo la primera vez que leí Animales de vidrio. Era una tarde de invierno en Asturias, de esas en las que las paredes vegetales del valle se vuelven asfixiantes. Como si al caer la noche las plantas compitiesen con nosotros por el oxígeno y nos dejasen sin aire. Como si supieran que tememos los límites del bosque y no nos adentramos en ellos cuando llega la oscuridad. Recuerdo haber abierto el documento que me había llegado por correo electrónico y haber leído un único verso, el primero de los que componen el poemario. Y recuerdo el escalofrío, la sensación de vidrio recorriendo la nuca, el frío metálico del bisturí: Llevaba el pelo recogido con huesos de pájaro. Desde el primer verso supe de las autopsias que recorrían el poemario, de las manchas de humedad que lo llenaban. Y no me equivocaba.

Animales de vidrio está compuesto de poemas-vértebra. de versos cosidos unos a otros con suturas diminutas, como cicatrices invisibles que solo se perciben cuando se pasan los dedos por encima. Los poemas de Almudena tienen algo de vegetal porque las vértebras de la belleza están cubiertas de enredaderas: Mi rostro se consume en el tronco de algún árbol/ se arrastra el aire, desdentado y crudo, entre los huesos. Hay algo de vegetal pero también algo animal, algo que late y supura y está caliente. Algo que respira. Los versos de Animales de vidrio se me quedaron dentro desde el principio, pero quizá no eran esporas. Quizá eran insectos. Poemas-larva que crecen debajo de la piel. Quizá la belleza no sea más que un gran insecto. Un insecto con el caparazón duro y frío como el vidrio pero con las entrañas calientes como las de cualquier otro animal."




[El título del post es un verso de Jorge Reichmann que Almudena cita en su libro]


jueves, 26 de junio de 2014

Aceldama




 “No hay ciudades, hay ficciones urbanísticas. 
Habitamos en los simulacros de la habitabilidad” 
Pornograffiti, Jorge Fernández Gonzalo

 “La verdadera identidad de Londres está en su ausencia. 
Como ciudad, ya no existe. En esto solo es verdaderamente moderna:
 Londres fue la primera metrópolis en desaparecer.” 
London, Patrick Keiller.


1º hipótesis-Francisco J. Pérez como creador de dispositivos de autohipnosis.  


Aceldama concebido como un libro no para contar una historia, sino para generar efectos en los que lo leen. Aceldama como un dispositivo de autohipnosis. Aceldama como una sustancia psicoactiva. Aceldama como un artefacto dirigido a la programación neurolingüística de los lectores. Aceldama como una trampa. 

2º hipótesis- Francisco J Pérez como creador de ciudades que funcionan como entidades orgánicas

Aceldama como una entidad orgánica. Arquitectura como prótesis. Arquitectura como entidad viva generadora de flujos. La ciudad como una extensión hipertrofiada de sus habitantes. 

3º hipótesis- Francisco J. Pérez como creador de ciudades que funcionan como instituciones totales

Aceldama como un conjunto de estructuras protésicas que escudriñan los cuerpos, los inspeccionan y los interpretan. Aceldama como una institución total: en tanto que entidad orgánica, todo forma parte de Aceldama. No hay nada fuera de Aceldama. Aceldama como una institución total de la misma forma que el cuerpo es una institución total en lo que respecta a cada uno de las células que lo forman. No hay posibilidad de salir. No hay nada fuera. No se está dentro o fuera de Aceldama, se es Aceldama.

4º hipótesis- Francisco J. Pérez como creador de un tratado de psicogeografía extrema.

Aceldama como un tratado de psicogeografía extrema. Como un mapa psicótico de Barcelona. Aceldama como una guía de los abismos de Barcelona. De Barcelona como ente orgánico. Las ciudades no son lugares, son entes. Si dejamos de entender la ciudad como un lugar, tenemos que abandonar la idea de mapa y sustituirla por la radiografía, el escáner, la ecografía. Aceldama es el tratamiento orgánico de Barcelona. Aceldama es dejar de tratar a Barcelona como un lugar y empezar a tratarla como un organismo. Aceldama no es una distopía futura porque el futuro no existe. Barcelona es solo el nombre turístico de Aceldama. Aceldama no es una proyección distópica del futuro de Barcelona. Barcelona no existe fuera de las guías de viaje, de las noticias promocionales en los telediarios. Bienvenidos a Aceldama. 


jueves, 19 de junio de 2014

De las líneas que trazaron Alexander Bogdánov y Alfred Watkins



La piel. El momento exacto en el que Alexander Bogdánov, creador de la teoría del empirocriticismo y médico alucinado, atraviesa la piel de su antebrazo izquierdo con una aguja. Debajo están las venas, que Bogdánov ha dibujado cuidadosamente sobre su brazo para poderlas localizar más fácilmente. Caído en desgracia tras su enfrentamiento con Lenin, a Bogdánov solo le quedan ya esas líneas de tinta que recorren sus brazo para demostrar que no está equivocado, que sus teorías son ciertas, que los experimentos de los últimos meses no son mapas del abismo. Bogdánov inyecta la aguja en su brazo derecho y activa el mecanismo que bombea la sangre hasta el interior de su organismo. Pionero en la investigación sobre las transfusiones sanguíneas, está convencido de que la introducción de sangre en el cuerpo puede curar múltiples enfermedades, devolver el vigor, rejuvenecer el organismo. Sus experimentos han tenido éxito con animales, pero ha llegado el momento de dar un paso más. La sangre está entrando en el cuerpo de Bogdánov y éste no puede evitar apartar la vista de las líneas de tinta que marcan el mapa de sus venas y sus arterias. Él aún no lo sabe, pero la sangre se pudrirá en el interior de su cuerpo. Él aún no lo sabe, pero las fiebres brotarán por todo su cuerpo y no podrá sobrevivir a la infección. Él aún no lo sabe, pero nadie se molestará en limpiar la tinta de su brazo y será enterrado con el mapa de su muerte. 





La tierra. El momento exacto en el que Alfred Watkins, en medio de uno de sus paseos psicogeográficos por los alrededores de su casa de campo, intuye una pauta, una constante que se repite una y otra vez en todo lo que le rodea. Obsesionado con la posibilidad de estar ante un descubrimiento capaz de cambiar la manera de entender el pasado Watkins comienza a perseguir ruinas, a realizar excavaciones en medio de la noche, a desenterrar escombros. Está convencido de que los monumentos antiguos siguen una disposición precisa sobre el terreno, de que responden a una pauta. Marca sobre los mapas los lugares en los que se encuentran las ruinas que ha perseguido durante meses y cree percibir una constante. Todos esos restos se disponen a lo largo de líneas, de rectas que pueden trazarse a la perfección sobre un mapa. Obsesionado con su descubrimiento, Watkins escribirá uno de los tratados más extraños de la arqueología moderna, un texto denso y oscuro que pasará desapercibido para la comunidad científica del momento. La teoría de las líneas ley no despertará interés hasta mucho tiempo después, pero Watkins no llegará a verlo. Morirá en 1935 en su casa de campo, en medio de decenas de mapas repletos de líneas.