viernes, 23 de mayo de 2014

Me llaman violencia sin nombre



En un esbozo escrito hacia 1330 en el principal centro de la herejía, Colonia, el místico católico Suso evoca con admirable concisión las cualidades del Espíritu Libre que le hacían especialmente anárquico y nihilista. Suso explica que en un límpido domingo, mientras estaba sentado dedicado a la meditación, se le apareció a su espíritu una imagen ideal. Suso pregunta a la imagen: "¿De dónde vienes?" La imagen contesta: "No vengo de ninguna parte". "Dime ¿quién eres?". "No soy". "¿Qué deseas?. "No deseo". "¡Esto es un milagro! Dime ¿cómo te llamas?" "Me llaman violencia sin nombre". "¿Qué pretendes?" "Llegar a una libertad sin trabas". "Dime, ¿a qué llamas libertad sin trabas?". "Cuando un hombre vive según todos sus caprichos sin distinguir entre Dios y él, y sin mirar hacia delante ni hacia detrás."


[El fragmento pertenece a "En pos del milenio", la brillante obra sobre las herejías medievales que escribió Norman Cohn. Lo encontré en medio de mi investigación sobre la Hermandad del espíritu Libre, que se publicará en forma de artículo dentro de poco en la Revista Nada]

miércoles, 21 de mayo de 2014

Galería de rostros desconocidos



Acumulo muchas fotos en mi ordenador. Por una u otra razón, acabo guardando decenas de fotografías, la mayoría de ellas antiguas. A veces es porque forman parte de un texto que me interesa y las conservo para seguir investigando. Otras veces porque me gusta un gesto o un detalle de la persona retratada. El problema es que es frecuente que ni siquiera aparezca su nombre, y las carpetas acaban acumulando decenas y decenas de rostros desconocidos. Es posible que conozcáis a alguno de ellos. Es posible, incluso, que seáis alguno de ellos.



























domingo, 18 de mayo de 2014

cartas, revistas e incendios




Londres, 1871. Friederich Engels se sienta en su escritorio y saca la pluma y el tintero del cajón. Su labor como secretario de la Primera Internacional le obliga a escribir decenas de cartas a diario, pero en esta ocasión no tiene que ver con la política. O no solo con ella. Engels le está escribiendo a Paul Lafargue, el marido de Laura, una de las hijas de Marx. Durante toda su vida, Engels tratará a las hijas de su amigo como si fuesen las suyas, así que es una carta personal. Lafargue se encuentra en un París a punto de arder en uno de los incendios más hermosos y trágicos que se recuerdan, y en la carta aparecen referencias continuas a la situación política que se vive en la ciudad. Los anarquistas conspiran en cada esquina y llenan París del petróleo que hará que todo salte por los aires cuando alguien encienda una cerilla. Engels se queja de los libertarios. Le molesta que acusen a los socialistas de autoritarios, que les guste juntarse con la chusma de los barrios bajos de la ciudad, que sean una canalla indisciplinada e ingobernable. En público se muestra mucho más comedido, pero se trata de una carta privada, y Engels se siente en libertad para reírse de los anarquistas y burlarse de su gusto por la chusma, el vino y la dinamita. Bakunin tampoco saldrá indemne. Engels se burla de él sin piedad, se ríe de lo gordo que está, de que con su "obeso cuerpo" podría "hacer una barricada él solo". Cuando Lafargue reciba la carta, no tendrá mucho tiempo para leerla. Las predicciones se han cumplido. París arde.





Londres, 1983. Los jóvenes activistas de una pequeña revista local llamada The Alarm se mudan a Londres y entran en contacto con el movimiento autónomo. De ese contacto saldrá Class War, una publicación mucho más ambiciosa que se acabará convirtiendo en un referente generacional. Con un humor negro y macabro, Class War llamará a la violencia directa contra las clases privilegiadas. El capitalismo puede ser atacado y lo más sencillo es hacerlo en su encarnación más directa: los ricos. Una a una, sus portadas dejarán claro su punto de vista. Uno de los primeros números recogía la imagen de un cementerio acompañada de la frase "Hemos encontrado un nuevo hogar para los ricos". El nacimiento del príncípe William en septiembre de 1984 será celebrado con un número titulado "Otro puto parásito" y el de la boda del duque y la duquesa de York con un especial llamado "Mejor muertos que casados". Pero Class War será mucho más que una revista. Con el nombre de "Golpea a los ricos", entre 1983 y 1984 organizarán varias campañas que consistían en incursiones a barrios acomodados y eventos en los que se reunía la gente de clase alta. Allí, ante los ojos aterrirzados de los presentes, desplegaban una pancarta en la que se podía leer "¡Contemplad a vuestros futuros verdugos!".





Londres, 1666. Un relojero francés llamado Robert HUbert confiesa bajo tortura ser un agente del Papa y haber provocado el incendio que acaba de consumir la ciudad. Londres ha ardido durante tres días, convirtiéndose en la puerta del infierno. Cinco sextas partes de la ciudad han quedado destruidas y las llamas han devorado más de trece mil viviendas. Las pruebas demuestran que el fuego ha comenzado en una panadería de Pudding Lane, pero la realidad no tiene mucha importancia. Solo unos días después del incendio, el 28 de septiembre, Hubert era ahorcado en Tyburn, Londres. 

lunes, 12 de mayo de 2014

La historia de Jack London es una historia llena de sombras




La historia de Jack London es una historia llena de sombras. Mi traducción de uno de sus relatos, "El mexicano", me hizo investigar a un personaje que hasta entonces era desconocido para mí, y que probablemente siempre lo siga siendo. Su biografía está llena de datos que se desconocen, de episodios oscuros, de acontecimientos no del todo claros. El primero de ellos se produce ya con su nacimiento. Su madre, espiritista de profesión, se queda embarazada de un astrólogo ambulante, pero London nunca conocerá a su padre. Cuando intente ponerse en contacto con él años más tarde, la única respuesta que recibirá será una carta en la que el astrólogo le negaba la paternidad y afirmaba que era impotente durante la época en que conoció a su madre.

Las sombras perseguirían a London durante toda su vida. Educado a sí mismo en una biblioteca pública, El escritor trabajará desde muy pronto, sin ni siquiera haber acabado la educación obligatoria. La necesidad le llevará de un trabajo a otro, en condiciones cada vez peores y sometido a una explotación creciente. A los veinte años ya ha trabajado como peón en centales eléctricas, en la construcción del ferrocarril, en envasadoras, en cadenas de montaje, en buques mercantes. Las dieciocho horas de trabajo diario están agotándole y pronto le harán alcanzar el límite. En 1894 decide unirse a la Kelly´s Insutrial Army, una marcha de parados que se dirigía a Washington para protestar contra el gobierno. Después de aquello, comprenderá  que no puede volver a su vida anterior. Durante más de un año, recorrerá Estados Unidos como vagabundo, durmiendo en los trenes y comiendo de lo que era capaz de encontrar.

A partir de ese momento, la biografía de London comienza a dar tumbos y saltos, y los episodios oscuros son cada vez más frecuentes. El 25 de julio de 1897, zarpa en un barco que le llevará hasta el Yukón, en Alaska, para unirse a la fiebre del oro. Durante meses, London tratará de arrancarle a la tierra una de esas pepitas capaz de rescatarle de los trabajos agotadores, de las jornadas interminables, de la explotación extrema, de la miseria. Sin embargo, las condiciones de vid pronto empezarán a pasar factura a la salud de London. Sin dinero y sin apenas medios para subsistir, el escritor contrae el escorbuto como consecuencia de su pésima alimentación. El rostro se le llena de yagas, sufre dolores constantes y las encías se le hinchan y ennegrecen hasta hacerle perder cuatro dientes delanteros. A punto de morir, London es recatado por un sacerdote, una especie de misionero que se ocupa de los buscadores de oro que enferman y mueren a decenas en medio de una Alaska hostil e inhóspita.

London vuelve a su Oakland natal. Allí le espera Bess Maddern, con la que se casará el 17 de abril de 1900. Precisamente ese matrimonio será otro de los agujeros en la biografía de London, otra de las muestras de la compleja personalidad del escritor. Bess había permanecido al círculo de amistades de London desde hacía muchos años, pero nunca había estado enamorado de ella. De hecho, era contrario a la idea de casarse por amor, ese tipo de forma romántica de pensar le parecía una estupidez. Se debía contraer matrimonio con alguien que fuese capaz de proporcionar hijos sanos y fuertes. Para London, la motivación no estaba en una cuestión racial, sino en algo que tenía que ver con una especie de responsabilidad con la especie. El escritor mantuvo durante toda su vida un compromiso muy importante con las ideas socialistas, pero ello no le impedirá creer en ciertas tesis darwinistas que por aquel entonces empapaban a prácticamente todas las ideologías. London posaría muy orgulloso con sus hijas en todas las fotos, pero el matrimonio sería un desastre. De hecho, algunos biógrafos hablan incluso de episodios de malos tratos por parte del escritor. 

Las sombras de su biografía le acompañarían hasta su muerte, con solo cuarenta años. Con la salud maltratada por los años de miseria, vagabundeo y explotación, London sufría dolores constantes que le obligaban a ingerir grandes dosis de morfina. En una de esas ocasiones, superó la dosis que su cuerpo podía aguantar y falleció. Siempre se ha especulado con la posibilidad de que fuese un suicidio, aunque nunca podrá saberse. Supongo que es otra arista más en un personaje lleno de ellas. En alguien que seguramente nunca llegaremos a conocer del todo. 



El mexicano, Jack London
68 pp, 3,75 €

martes, 6 de mayo de 2014

De lo que me dijo Grete Trakl cuando supo de la muerte de su hermano Georg

[Grete Trakl]


Tú me amaste, eso sí,
con convulsiones
Tristan Corbière



Yo, Grete Trakl, obsesiva y cruel, fui maldecida por mi propia madre a la edad de ocho años, cuando me encontraron durmiendo junto a mi hermano.
Yo, Grete Trakl, concebida en una noche turbulenta, amé a mi hermano hasta la destrucción y la ruina.
Yo, Grete Trakl, hermosa y terrible como una plaga de langostas, amé a mi hermano hasta la infamia y la vergüenza.
Yo, Grete Trakl, enferma y olvidada, amé a mi hermano hasta el incesto y la locura.
Yo, Grete Trakl, que he conocido el peor de los abismos, amé a mi hermano hasta la infinita violencia de las orquídeas y las rosas.
Yo, Grete Trakl, la sonámbula, la moribunda, la abandonada, tumbada boca arriba en la cama de un hospital berlinés, llevé en mi vientre la pureza.
Yo, Grete Trakl, venenosa y desdichada, fui la novia más hermosa de todas, porque ninguna ha compartido lecho con su hermano.
Yo, Grete Trakl, melancólica y radiante, soy viuda desde los quince años, cuando mi hermano se marchó a Viena para intentar olvidarme.
Yo, Grete Trakl, vengativa y tenebrosa, amé a mi hermano hasta que las ciudades ardieron por nosotros y los justos se arrancaron los cabellos en señal de vergüenza.
Yo, Grete Trakl, anhelante y convulsa, fui perseguida por los honrados hasta que me despojaron de mis vestidos y escupieron a mi paso.
Yo, Grete Trakl, que nunca he conocido los límites de la locura, lamento únicamente no poder ser su amante ahora que se ha marchado.

Yo, Grete Trakl, que nunca he temido a la vida, estoy a punto de dejar de temer a la muerte. 




[Llevo casi un año escribiendo poemas a atracadores de bancos, alquimistas enfermos, terroristas salvajes y soldados atrapados en sanatorios suizos. Cuando descubrí la poesía de Georg Trakl durante el verano pasado supe que tenía que escribirle. No sabía nada de su vida, pero aquellos versos eran tan oscuros, hermosos y terribles como los delirios de Savinkok o las balas de Bonnot. Sin embargo, cuando me puse a investigar, descubrí que yo no era la que le debía un poema. Georg Trakl se suicidó con una sobredosis de cocaína el 3 de noviembre de 1914. Tres años después lo hacia su hermana Grete. Era ella la que se lo debía. El texto de arriba es el resultado]


viernes, 2 de mayo de 2014

Las sombras que crecieron en el cerebro de Robert Walser

[Cadáver de Robert Walser instantes después 
de ser encontrado, 1956]


Cuando fue encontrado el cadáver de Robert Walser, la nieve casi había cubierto su rostro. Tenía los ojos abiertos y conservaba esa mirada de confusión y temor que había tenido desde siempre, pero que se había incrementado en los últimos años. Las sombras de su rostro crecían al mismo tiempo que las que se extendían por el interior de su cerebro. El cadáver se encontraba a unos kilómetros de la clínica psiquiátrica de Herisau, donde había sido encerrado contra su voluntad en 1933. Allí Walser abandonaría para siempre la escritura. Escribir se había convertido en una actividad dolorosa y atormentada. Las sombras crecían y crecían.

Los nueve años anteriores a su reclusión en un centro psiquiátrico, Walser los había pasado escribiendo lo que después se conocería como microgramas. Los microgramas eran pequeños textos en prosa escritos con una caligrafía diminuta y torturada, llenos de anotaciones confusas que los hacían casi indescifrables. La mayoría eran relatos cortos escritos en primera persona por alguien que intuía que se estaba asomando a un abismo oscuro y terrible. El relato que estoy leyendo es uno de los más delicados e inquietantes. Walser lo escribió a lápiz en el reverso de las hojas de un calendario de 1926, apretando aquella caligrafía inquietante y extraña para que pudiese entrar todo el relato. Curiosamente, el relato habla del vacío. 


[Uno de los microgramas de Walser, de 1926]


Puedo ver a Walser esrcribiendo de forma frenética en una habitación oscura de Berna, llenando de relatos cualquier trozo de papel que cayese en sus manos. Puedo ver la angustia de saber que el papel se acaba pero las sombras crecen, que es necesario escribirlo todo antes de que las voces griten tanto que no pueda oír ningún otro sonido. Puedo verle torturando los folios, llenándolos de un vacío que acabaría por devorarle. Puedo verle tendido en la nieve. Esperando.