domingo, 27 de abril de 2014

el parque en el que leí a Rojas



Acabo de cambiarme de casa. Un montón de calles estrechas y laberínticas por las que no hago otra cosa que perderme. A veces tengo la sensación de que las calles van cambiando a cada paso, obligándome a volver atrás, a atravesar callejones por los que apenas caben dos personas, a andar en círculos. No sería tan raro, todos los habitantes de esta zona saben que la entrada a los infiernos está en la estación de metro de Cuatro Caminos, a cientos de metros bajo el nivel del suelo. Intento encontrar referencias para no perderme, y al final esas referencias acaban siendo sitios donde he leído algún libro, donde me he encontrado algo curioso, donde hice una determinada foto. Los parques los encuentros porque he leído libros en ellos. Ayer estuve leyendo en la Dehesa, que a partir de ahora encontraré gracias a Gonzalo Rojas.


LA SALVACIÓN

Me enamoré de ti cuando llorabas
a tu novio, molido por la muerte,
y eras como la estrella del terror
que iluminaba al mundo.

Oh, cuánto me arrepiento
de haber perdido aquella noche, bajo los árboles,
mientras sonaba el mar entre la niebla
y tú estabas eléctrica y llorosa
bajo la tempestad, oh cuánto me arrepiento
de haberme conformado con tu rostro,
con tu voz y tus dedos,
de no haberte excitado, de no haberte
tomado y poseído,
oh cuánto me arrepiento de no haberte
pesado.

Fácil me hubiera sido morderte entre las flores
como a las campesinas,
darte un beso en la nuca, en las orejas,
y ponerte mi mancha en lo más hondo
de tu herida.

¿Por qué no fui feroz, por qué no te salvé
de lo turbio y perverso que exhalan los difuntos?
¿Por qué no te preñé como varón
aquella oscura noche de tormenta?


"Qedeshím Qedeshóth"
Gonzalo Rojas

domingo, 20 de abril de 2014

Todo hombre es la historia de sus cárceles



Paso la tarde leyendo en la terraza. Dentro de poco me traslado a una casa que no tiene balcones, y creo que los voy a echar de menos. Me cuesta concentrarme, tengo la cabeza en otra parte. El libro de Juarroz que tengo entre las manos se merece mucha más atención de la que le estoy prestando, pero me resulta dificil centrarme. Paso las páginas sin saber muy bien lo que estoy leyendo. Hasta que llego a un poema concreto. No tiene título, pero las dos primeras estrofas son tan potentes que me obligan a leerlo con atención.

El hombre es siempre
el constructor de una cárcel.
Y no se conoce a un hombre
hasta saber qué cárcel ha construido.

Algunas veces parece solo la propia,
pero siempre es también la de otros.
Y no le basta con construir la prisión:
aporta también el carcelero.


No sé si os ha pasado alguna vezque un poema, una canción o un fragmento de un relato os golpee justo encima del estómago. A mí me pasó con éste. Busco la nota biográfica que viene al final del libro. Son solo unas pocas líneas llenas de datos, como si esos datos pudiesen decir algo de quién fue Juarroz. Leo que estudió Biblioteconomía, que dio clases, que fue bibliotecario, que vivió en París. Ninguno de esos datos me da pistas sobre por qué Juarroz escribió ese poema, sobre cómo descubrió que construimos cárceles para encerrarnos en ellas. Sin embargo, entre todos esos datos, hay uno que me llama la atención. A lo largo de su vida, Juarroz escribió catorce poemarios, y a todos ellos los llamó "Poesía vertical". La biografía de Juarroz puede trazarse siguiendo el hilo de todos aquellos poemarios, siempre con el mismo título. Lo único que permite diferenciarlos es el número: Poesía vertical, Segunda poesía vertical, Tercera poesía vertical y así hasta la Décimocuarta poesía vertical, publicada solo un año antes de morir. Leo ese dato en la nota biográfica de Juarroz y entiendo perfectamente por qué Juarroz sabía tanto de cárceles, qué le hizo comprender que todo hombre es la historia de sus prisiones.

Lo único que el hombre no pone
es el material para hacer la prisión, 
porque sobra en todas partes.

Pero hay otra cosa
que no sabemos quién la pone:
el combustible para el incendio.

Porque si todo hombre es la historia de sus cárceles,
la lamentable historia de un ex presidiario
que vuelve a su prisión
o inaugura otra,
a veces es también la historia de quemarse
al incendiar la mayor de sus prisiones.
O ni siquiera la mayor:
la que estaba en el límite.


Tecleo el nombre de Juarroz en el buscador para saber más sobre él, pero me detendo justo antes de darle al intro. No estoy segura de querer saber más cosas. Es posible que, si sigo buscando, acabe descubriendo cómo Juarroz llegó a conocerme tanto, cómo supo que tenía que escribir lo que yo necesitaba leer. Es posible que me encuentre con mi nombre enterrado en medio de todos esos datos, con una foto de la terraza en la que estoy leyendo. Y creo que prefiero no hacerlo.


domingo, 13 de abril de 2014

De lo que le dije a Jules Bonnot cuando vi su cuerpo abatido entre las ruinas


[Jules Bonnot, 1876-1912]


"La belleza es el comienzo de lo terrible"
Rainer Maria Rilke


Recuerdo la primera vez que te vi, Jules.

Eras tan hermoso
que en tu pecho cabalgaban decenas de caballos,
que a tu paso los ejércitos de mendigos
abandonaban las ciencias salvajes,
que los soldados adolescentes
enfermaban de nostalgia.
Eras tan hermoso
que los suplicantes acaballan sus ruegos,
que los sacerdotes incendiaban sus iglesias
y sacrificaban a sus dioses en holocausto.

Quien nunca haya sido asesinado
no puede hablar de las ejecuciones
cometidas en nombre del invierno
ni de los atentados terroristas
que habitan el interior de las orquídeas
ni de las explosiones celestes
que escupen los cañones de las pistolas.

Pero nosotros
hemos sido asesinados cientos de veces, Jules,
y los que hemos pernoctado entre las rosas
nos reconocemos unos a otros.

Me bastó una mirada para saber
de la oscuridad que escondían tus pupilas,
de la violencia que mecía tus noches,
de la destrucción que habitaba tu lecho.

Me bastó una mirada para desearte
el más hermoso de todos los sacrificios,
la más terrible de todas las bellezas.

Me bastó una mirada para recordar
todas y cada una de tus muertes,
para saber que moríriás también entre mis brazos
y que nunca serías perdonado.



[A Jules Bonnot, atracador de bancos, pistolero, mecánico, chófer, líder de una banda de salteadores y pionero en huir en automóvil de los lugares que atracaba. Murió en el cerco policial de la vivienda donde se refugió, después de aguantar un asedio de dos días. Para vencerle, la policía tuvo que derribar el edifico con bombas de mano]

sábado, 5 de abril de 2014

Seguir el rastro de un asesino





"Estamos todos condenados. Lo importante es salir dando un gran portazo, lo suficientemente fuerte como para que el estruendo quede grabado en la memoria de la Humanidad"
 Boris Savinkov


Continúo buscando el rastro de Savinkov. A medida que avanzo en su vida, la pista se hace cada vez más dificil de seguir. Como si Savinkov se fuese sumergiendo cada vez más en las tinieblas. Como si él mismo se estuviese conviertiendo en un personaje cada vez más oscuro. El Savinkov de "El caballo amarillo" es un revolucionario convencido, un asesino implaclabe, un terrorista que cree profundamente en la necesidad de la violencia. Pero es también alguien con un gran sentido del humor, una carisma enorme y una inteligencia brillante. Alguien que duda de sus acciones, que piensa en las posibles víctimas, que se pregunta por la validez de sus convicciones. Un hombre enamorado de una mujer que no tendrá jamás pero a la que continúa regalando flores.

Sin embargo, a medida que pasa el tiempo, Savinkov se vuelve mucho más oscuro. En "El caballo negro", el diario que recoge la última parte de su vida, no hay apenas rastro del humor ni del carisma de Savinkov. Solo queda el asesino, el estratega, el militar. Savinkov ni siquiera es ya un revolucionario. Entre un libro y otro ha tenido lugar la Revolución de Octubre y ha podido comprobar lo que ya sabía, que el poder tiene el mismo rostro en todas partes. Su vida será una lucha desesperada contra toda forma de poder, primero contra el zarismo y después contra el comunismo. En medio de la guerra civil que asola Rusia, Savinkov no tiene bando. La milicia que lidera se opone a los bolcheviques, pero también a los terratenientes. No hay alianzas posibles. Está rodeado de enemigos.

A medida que avanza, el libro se va volviendo cada vez más confuso. Savinkov balbucea. Sabe que no va a vivir mucho tiempo, pero va a vender cara su muerte. La última parte es la más extraña. Escrita en la prisión de la Lubianka, Savinkov decide abandonar el formato de diario y escribir un relato. Deja la primera persona y el tono autobiográfico. Ya no es él. Savinkov se sumerge en las sombras.

[Fani Kaplán]

A partir de ahí, el único rastro que queda es lo que otros han dicho o escrito sobre él, lo que sabemos por otras personas. Navegando por la red, vuelvo a encontrar el hilo. Se vuelven a ajustar los mecanismos que permiten las sincronicidades. El 30 de agosto de 1918, Lenin acababa de pronunciar un discurso en una fabrica de armamento de Moscú. A la salida, una mujer llamada Fani Kaplán le dispara tres balas. Una le atraviesa el abrigo, la segunda le impacta en el hombro y la tercera le perfora el pulmón izquierdo. La pistola que utiliza Kaplán pertenece a Boris Savinkov.

Sigo tirando del hilo y encuentro lo que otros han dicho sobre él. A veces simplemente frases sueltas, pero las suficientes para continuar la búsqueda. Apollinaire le llamaba "nuestro amigo el asesino". Anna Ajmátova dijo que era "extrañamente tierno y bello". Somerset Maugham que era "el hombre más extraordinario que jamás he conocido". Lenin que era "un burgués con una bomba en el bolsillo". Quizá fue todas esas cosas. Quizá ninguna de ellas.

lunes, 31 de marzo de 2014

algo así como un homenaje a Miguel Hernández




El sábado pasado fue el aniversario de la muerte de Miguel Hernández. No tenía pensado escribir nada, porque por lo general no me suelen gustar este tipo de celebraciones. Me da la sensación de que solo sirven para utilizar al muerto y justificar algo con lo que esa persona ni siquiera tendría por qué estar de acuerdo. Con Hernández esperaba algo así, el típico reportaje con una visión manipulada y despolitizada de su vida y de su obra. Pero ni eso. No salió en ningún sitio, ni siquiera una breve mención. Nada. Eso me hizo pensar que quizá lo malo no era recordar la fecha exacta en la que murió, sino cómo hacerlo. Si los medios de comunicación no tienen ningún interés en Miguel Hernández es que entonces su muerte merece ser recordada por quienes no prentendemos utilizarlo para justificar nada. Por quienes seguimos sintiendo esa sensación de vértigo delante de sus poemas, a pesar de haberlos leído decenas de veces. 

Para mí Miguel Hernández significa muchas cosas. He elegido dos, pero podrían ser otras. 

Mi padre. Mi padre se sacó el graduado escolar de adulto, yendo a una escuela nocturna después de trabajar diez horas en una planta de reciclaje. Recuerdo verle hacer los deberes, yo debía de tener unos ocho o nueve años. Para la clase de lengua le dieron una lista de lecturas, y él eligió "Viento del pueblo". Hasta ese momento en mi casa no había muchos libros, pero a partir de entonces mi padre se convirtió en un buen lector. Se hizo el carné de la biblioteca y me lo hizo a mí. Lo primero que sacó fue el primer tomo de "El señor de los anillos", y disfrutó como un niño. Se leyó todo lo que había de Tolkien y se compró los libros, que pasaron a ocupar el lugar de honor de la estantería, junto al de Miguel Hernández. Para mí entonces la poesía no tenía ningún interés, me gustaban mucho más los resúmenes que mi padre me hacía de "El señor de los anillos". Pero con diecisiete años cogí "Viento del pueblo" de la estantería. Estaba subrayado en varios colores y anotado por todos lados. Había exclamaciones, flechas, palabras circuladas, citas, frases escritas por los márgenes. Entonces comprendí lo que había significado aquel libro para mi padre. Lo leí aquella misma noche. Fue la segunda vez que lloré con un libro. La primera había sido con "Los santos inocentes", que era la historia de mi abuelo. Pero aquella era la historia de mi padre. Y lo entendí.

Mi primera casa. Me fui de casa a los diecinueve años. Trabajaba en una biblioteca media jornada, pero aquella era un piso familiar, así que podía permitírmelo. Yo solo tenía que pagar las facturas y la comida, pero no el alquiler. Me divertí mucho en aquella casa. Venían muchos amigos y se quedaba a dormir mucha gente, casi nunca estaba sola. Hacíamos ciclos de cine freak, jugábamos a la consola hasta que se nos desprendían las retinas y discutíamos de política durante horas. Una noche no había nadie y me puse a pintar las paredes. En un lateral del salón escribí los cuatro primeros versos de "Viento del pueblo", que llevaban obsesionándome dos años. Durante todo el tiempo que viví en aquella casa los veía cada día y siempre me hacían sonreír. Curiosamente, encima de la puerta de entrada al salón escribí unos versos de Octavio Paz, del que hoy se celebran cien años de su nacimiento: "Pensamientos en guerra/ quieren romper mi frente". Hoy esos versos me persiguen más que los de Hernández, pero esa es otra historia.

lunes, 24 de marzo de 2014

De cómo el Gran Panópotico se convirtió en el lugar donde todo estaba permitido



Ayer fue un día extraño. Como si hubiese habido un fallo en algún lugar del engranaje. Como si ese día no tuviese que existir. La sensación era similar a cuando adelantan o atrasan la hora y de repente hay unos minutos que no deberían estar ahí. Era incapaz de concentrarme en nada, así que decidí salir a dar una vuelta. Desde que volví a Madrid lo hago mucho. Salgo a dar vueltas por la ciudad, a deambular de un lado para otro sin ningún objetivo concreto. No voy a ningún sitio, simplemente ando. Cuando me canso, doy media vuelta. Si no sé dónde estoy, entro al metro y dejo que me escupa de nuevo en un lugar conocido. 

Ayer bajé andando al metro de Aluche y torcí a la derecha. Es un camino que he hecho cientos de veces, porque era el que llevaba a la cárcel de Carabanchel. Cuando era adolescente entrábamos muchas veces en el recinto. Por aquel entonces ya estaba en ruinas y nosotros contribuíamos a su destrucción lanzando piedras contra los cristales y destrozando a patadas los pocos muebles que quedaban. Por las noches la prisión bullía de actividad. Grupos organizados que recogían chatarra, mendigos que dormían en las celdas, chavales que hacían pintadas. Las enormes ruinas de la prisión atraían a todos los deshechos de la ciudad, a todos los habitantes de las alcantarillas, a todos los que se arrastran por los callejones. Éramos una especie de ejército surgido de las cloacas, de milicia desorganizada y caótica. 





Los que pasaban por delante del recinto de día no podían adivinar las posibilidades que contenían aquellas ruinas. No sabían que Hakim, que dormía allí cada noche, había matado a varios soldados franceses en la guerra de Argelia. Que mi amigo Javi estrenó allí sus DocMartens de punta de acero intentando romper una puerta metálica que nunca cedió. Que una vez estuve a punto de caer desde una altura de tres pisos porque cedió una barandilla oxidada en la que me apoyé. Que las pintadas que los presos habían dejado en las celdas te partían el corazón. Los que veían aquellas ruinas por el día no eran capaces de percibir que aquellos escombros eran mucho más que unos simples escombros. Por el día dormían, pero cuando oscurecía  aquellas ruinas desprendían una energía vibrante y atrayente que nos hacía volver allí cada noche. Era un vórtice, una brecha en la geografía psíquica de la ciudad.

Durante años, aquellos edificios habían funcionado como el Gran Panóptico, como el modelo absoluto de arquitectura del control, como el plano que permitía entender el funcionamiento de La Máquina en su conjunto. Aquella cárcel era el corazón del sistema, el engranaje clave, el mapa que contenía todos los mapas. El resto de La Máquina estaba hecha a imagen y semejanza de aquel edificio. Por aquel entonces, la cárcel también desprendía energía, pero de un tipo muy distinto. Era una energía siniestra, llena de sufrimiento y de dolor, que te obligaba a alejarte de ella todo lo posible. Bastaba pasar junto a su puerta para percibir la oscuridad que desprendía. Pero cuando dejó se usarse como prisión, la energía cambió. La rueda comenzó a moverse en la dirección contraria. El vórtice dejó de expulsar energía y empezó a atraerla. De ser el lugar donde la ley se imponía con toda su crueldad, pasó a ser el lugar donde no había ninguna ley. De ser el lugar de la regulación extrema, pasó a ser el lugar donde no había ninguna regla. De ser el lugar del control absoluto, pasó a ser el lugar de la libertad absoluta. El edificio había sido tomado por ejércitos de deliencuentas, vándalos y mendigos. Todo estaba permitido.

El edificio era una anomalía, una ruptura de la normalidad. La Máquina acabó detectándola y eliminándola. El día 23 de octubre de 2008 decenas de excavadoras iniciaron los trabajos de demolición. Hoy los solares siguen vacíos. Mientras, a escasos metros de allí, se construía un nuevo vórtice destinado a contaminar la ciudad con su energía repleta de dolor y sufrimiento, el CIE de Aluche. También pasé por delante en mi paseo de ayer. Y no pude evitar un escalofrío cuando vi su pirámide de colores que parecía girar.