martes, 3 de diciembre de 2013

algo así como el acto de terrorismo literario definitivo


Hace unos días me pasó algo extraño. Estaba leyendo “La cena de los notables”, de Constantino Bértolo, y de repente descubrí algo a lo que no dejo de darle vueltas desde entonces. “La cena de los notables” es un ensayo sobre la lectura y la escritura, o más bien sobre la enfermedad que supone la lectura y la soberbia que implica la escritura. En un momento dado, Bértolo hace un repaso de algunos personajes literarios que a su vez enferman de literatura a lo largo de la novela, como el Martin Eden de Jack London o el Quijote de Cervantes. Y entonces llega a Emma Bovary.

Por alguna razón, yo estaba completamente convencida de haber leído "Madame Bovary". Es más, creía recordar haberlo leído hace dos veranos en un pdf que nos pasó el profesor de una de las asignaturas que tuve en el primer año del máster. Creía recordar incluso estarlo leyendo en casa de unos amigos en Granada. Y digo creía porque ya no lo sé. A medida que leía el fragmento que Bértolo dedica a Emma Bovary me iba dando cuenta de que no era lo mismo que yo había leído. Que lo que Bértolo contaba no tenía nada que ver con lo que yo pensaba que era el argumento de "Madame Bovary". O, más bien, sí tenía algo que ver: recordaba el personaje, su forma de actuar, incluso su enfermedad con la literatura. Pero no recordaba a los personajes secundarios que cita Bértolo, y estaba bastante segura de que el final que yo había leído era completamente diferente.

Decidí buscar el pdf para ver qué había leído realmente, pero no lo he encontrado. Debí de eliminarlo del ebook y ya no tengo acceso a la plataforma virtual del máster, así que no puedo volver a descargarlo. Sin embargo, yo recuerdo haberle dicho al profesor que lo había leído, recuerdo haber hablado sobre el personaje y  recuerdo que me gustó bastante más de lo que pensaba en un principio. Por supuesto, estaba segura de que la que estaba equivocada era yo y no Bértolo, pero al ir a la biblioteca a por otro libro no pude evitar echar un vistazo al ejemplar de "Madame Bovary". Y sí, efectivamente el final y los personajes coincidían con lo que se contaba en “La cena de los notables”. ¿Qué libro he leído yo entonces? ¿Leí realmente el pdf del profesor o solo recuerdo haberlo leído? ¿Qué otros libros que recuerdo no he leído? ¿El pdf era realmente de "Madame Bovary"? ¿Puede ser que estuviese manipulado y el profesor no se hubiese dado cuenta?


No dejo de darle vueltas sobre todo a esta última pregunta, porque la posibilidad de alterar los libros en los pdfs que circulan por internet me parece maravillosa. Hacer que miles de personas crean que Emma Bovary quema la casa con su marido dentro, que miles de adolescentes respondan mal su examen sobre “El guardián entre el centeno”, que cientos de personas piensen que el tío Tom escondía cadáveres de niños bajo el suelo de su cabaña. Algo así como el acto de terrorismo literario definitivo. 

lunes, 25 de noviembre de 2013

El momento exacto en el que aún no sabían nada.

[José Canalejas]


El momento exacto en el que José Canalejas decide detenerse frente al escaparate de la librería San Martín, en la Puerta del Sol, para contemplar un mapa de la guerra de los Balcanes. El instante en el que levanta la cabeza y ve reflejado en el cristal a un joven rubio y bien vestido que se acerca hacia él con paso decidido. Aún no sabe que ese joven es Manuel Pardiñas Serrano, al que solo le quedan unos minutos de vida. Aún no sabe que lleva una pistola Browning en el bolsillo y que la pistola va a funcionar a la perfección. Aún no sabe que le va a disparar un único tiro en la cabeza y que, antes de dispararse otro a él mismo, ese joven gritará "¡Viva la anarquía!"




[Louis de Saint-Just]

El momento exacto en el que Louis de Saint-Just, hermoso y terrible como la turbulenta noche en que lo engendraron, es abandonado por su amor de adolescencia, que le deja para casarse con un partido más ventajoso. El instante en el que decide marcharse a París y roba las joyas de su madre para costearse el viaje. Él aún no lo sabe, pero en París la revolución acecha ya en todas las alcantarillas. Él aún no lo sabe, pero será el responsable directo de la ejecución de miles de personas como miembro del Comité de Salud Pública. Él aún no lo sabe, pero la Historia le conocerá como el arcángel del terror. 




[José Pellicer]

El momento exacto en el que José Pellicer, algo aburrido en su clase de esperanto, levanta la cabeza y cruza la mirada con Maruja Veloso, que le observa desde hace un rato. El instante en que se sonríen y Pellicer tiene la certeza absoluta de que será el amor de su vida. Ninguno de los dos lo sabe todavía, pero está a punto de estallar la revolución social española. Ninguno de los dos lo sabe todavía, pero él fundará la Columna de Hierro y luchará hasta el último aliento. Ninguno de los dos lo sabe todavía, pero la guerra se perderá y José será fusilado junto a su hermano Pedro el triste año de 1942.




[Louise Michel]

El momento exacto en el que Louise Michel alza la vista y sonríe divertida porque se acaba de proclamar la Comuna de París y los comuneros lo están celebrando disparando a los relojes de la ciudad. El instante en el que sabe que el tiempo acaba de detenerse y que el hecho de ganar o perder no tiene mucha importancia. Ella aún no lo sabe, pero será juzgada y deportada a una colonia en Nueva Caledonia, donde ayudará al movimiento independentista. Ella aún no lo sabe, pero el pueblo de París la llenará de flores a su regreso. Ella aún no lo sabe, pero se enamorará y él se llamará Ernest Girault. 


miércoles, 20 de noviembre de 2013

De lo que me dijo el sepulturero en los entierros de los seis suicidas/ fanzine "Seiscidas"






Hace poco tuve el placer de participar en uno de los fanzines más alucinantes de los que he formado parte. Ya conté algunas cosas del proyecto "Seiscidas" por aquí cuando todavía estaba en la fase de crowdfunding, pero ahora que lo tengo en mis manos es mejor aún de lo que me había imaginado. La idea del fanzine gira en torno a la muerte de seis suicidas, que deciden quitarse la vida por motivos muy diferentes y de maneras muy distintas, desde la inmolación a la automomificación. El fanzi incluye textos, collages e ilustraciones, y Eloisse me pidió que hiciese una especie de prólogo o introducción a todo aquello. Por alguna razón, más que pensar en los suicidas, no paraba de darle vueltas a la figura del sepulturero, que tendría que hacerse cargo de todas aquellas muertes extrañas y premeditadas. Así que escribí un texto sobre lo que creo que me hubiese dicho. El texto es demasiado largo para un post, pero he decidido copiar una parte. Ahí va.




De lo que me dijo el sepulturero en los entierros de los seis suicidas



Las abejas llevan
a Dios dentro del pecho
David Meza

Ni siquiera conocéis las pesadas
industrias de pensar jardines
Santi Gutiérrez



Primer entierro. Muerte por automomificación.

No rehuyáis el destino, me llamo Jack Desnois y os pido que no rehuyáis el destino a riesgo de que él os rehúya a vosotros y plante una acacia allí donde solíais tener una casa. Nada es tan importante como la carne de liebre, porque hace que tengáis los ojos abiertos a la tristeza. Nada es tan importante como el dolor, porque conservará vuestras facciones intactas en medio de la melancolía. Mantened vuestras facciones intactas y entrareis en el reino blanco de los durmientes. Mantened vuestras facciones intactas y seréis puros como el veneno de la enredadera.  


Segundo entierro. Muerte por harakiri.

No dudéis nunca, la duda es traicionera como el calor de los invernaderos. La duda os obligará a bailar con las manos atadas a la espalda, como bailan los dementes que no conocen otra cosa que la culpa. Mirad al suicida y veréis las manchas blancas de la determinación. Pedid a dios que deje a los ángeles deficientes bajar a incendiar las comisarías, porque su risa traerá los vientos y los vientos llevarán el incendio a todos los sitios donde un francotirador intente apuntar a una colmena de avispas. Las avispas llevan a dios en el pecho. Los saltamontes llevan a dios en el pecho. Las comadrejas llevan a dios en el pecho. Los locos no conocen a dios, por eso saltan desnudos en medio de la maleza. Los mendigos no conocen a dios. Los mendigos están hechos para que los ángeles conozcan la belleza. Los mendigos merecen la muerte más hermosa de todas.


Tercer entierro. Muerte por autoinmolación.


Caed en la locura como el que cae en un pozo, pero no os fiéis nunca de los insomnes. Los insomnes os hablarán de la belleza, pero nunca dirán la verdad, porque sus pupilas no conocen otra cosa que la luz. Encaminad vuestros pasos por la oscuridad, alejaos de los vendedores de lámparas y los fabricantes de candiles. Alejaos de los electricistas porque ellos son contrarios a la voluntad de dios. La voluntad de dios es la ceguera. La voluntad de dios es la oscuridad. Abandonad toda creencia que no esté basada en la locura. Abandonad toda oración que no sea un canto. Abandonad todo canto que no sea una alabanza de los suicidas. Abandonad toda esperanza y entregaos a las llamas. 




[el fanzine se puede conseguir enviando un correo a Eloisse Loussie a algovivo@gmail.com]


sábado, 16 de noviembre de 2013

registro de los sueños acontecidos entre el veintiocho de septiembre y el quince de noviembre


[The grub stake, 1923]




29 de septiembre

Mi hermano va montado en algo parecido a un monopatín, se cae y le veo llorar y gritar de dolor. Cuando me acerco, está sentado en el suelo agarrándose la rodilla de la pierna derecha. Le digo que no es nada y que deje de quejarse, pero cuando me acerco más veo que uno de los huesos de la pierna está roto y le atraviesa la piel y el músculo del gemelo. Mi hermano es mucho más pequeño, tiene como unos once o doce años, pero yo tengo la misma edad que ahora.



4 de octubre

Me duele mucho un diente, uno en concreto del fondo de la boca. El dolor es cada vez más intenso, hasta que casi no me deja hablar ni abrir los ojos. Le pido a mi padre que mire qué me pasa. Él mira dentro de mi boca y me dice: "es normal que te duela, te está creciendo una galaxia". Me acerca un espejo de mano y veo la espiral de una galaxia al fondo de mi boca, cerca de la campanilla. 



5 de octubre

Estoy sola en un bosque, de noche. Se oyen muchos sonidos, pero no tengo miedo. De alguna manera es un sitio conocido, aunque no he estado antes. A lo lejos veo a un hombre que avanza entre los árboles con paso decidido. Intento caminar más deprisa para alcanzarle. Va vestido con un traje que parece de principios del siglo XX, aunque no distingo bien sus ropas. La maleza no me deja avanzar con rapidez, y le acabo perdiendo de vista. Cuando vuelvo a verlo está parado junto a un árbol. Me mira unos instantes y se pega un tiro en la cabeza con un revólver que saca del bolsillo. Antes de que pueda acercarme a él, una chica vestida de blanco sale de entre los arbustos, le coge de las muñecas y se lo lleva arrastrando por el bosque. Antes de desaparecer, se detiene y me dice: "No te preocupes, lo hace todas las noches".



20 de octubre

Estoy sentada en una habitación vacía que tiene los muros de piedra. No hay ventanas, pero por el techo entra algo de claridad. Tengo el pelo muy largo, tanto que se extiende por el suelo de la habitación. Durante todo el sueño estoy trenzándolo. En la trenza voy metiendo todo lo que encuentro por el suelo de la habitación: varios helechos, una dentadura postiza, una peonza, una cuerda de colores.



27 de octubre 

A mi amigo Diego le pone una multa la policía. No tiene dinero para pagarla, así que le obligan a ir a limpiar cubos de basura. Decido acompañarle para que no tenga que estar tantos meses yendo a limpiar. Nos dan un chaleco fluorescente, un cepillo y un cubo de agua con jabón. Los cubos están vacíos, pero nos obligan a entrar dentro de cada uno de ellos para limpiar todas las esquinas. 



2 de noviembre

Estoy en un entierro, vestida de luto y con un ramo de flores en las manos. No sé quién se ha muerto, porque el ataúd está cerrado. Solo estamos el enterrador y yo, no hay ningún familiar del muerto ni ningún conocido. Cuando acaba de echar tierra sobre la caja, el enterrador me dice "márchate ya, no merece la pena". Le respondo que no sé quién ha muerto. "Eres imbécil" - me dice - "Ha muerto un laberinto". Tira la pala al suelo con rabia y se marcha. 

miércoles, 13 de noviembre de 2013

de cómo Elisa Fuenzalida escribió un manual de autoterrorismo y lo siguió a rajatabla




Hay un momento de Buscando la felicidad de la manera equivocada en el que la autora describe el viaje en autoestop desde algún punto de Holanda a la ciudad alemana de Leipzig. Cuenta la sensación pastosa de peligro que se queda en la boca cuando subes al coche de un desconocido que sonríe demasiado, las horas perdidas en gasolineras y áreas de servicio, la desconfianza en el ser humano que se te instala en algún lugar entre el cerebro y los pulmones. Leo ese capítulo y pienso que eso es lo mejor y lo peor del libro de Fuenzalida: que es real. Que escribe como si estuviésemos tomando una cerveza en los escalones de la plaza del Dos de Mayo, como si fuera lunes y la resaca no nos hubiese dejado ir al trabajo pero tampoco importase mucho porque perder ese trabajo era lo mejor que podía pasarnos. 

Leo ese capítulo y no puedo evitar acordarme del viaje en autoestop por Noruega en el verano del 2007, y sé que todo lo que dice Elisa es real. Los países nórdicos siempre me han inspirado desconfianza, pero la realidad fue mucho peor. Aprendí que los únicos que te dejan subir al coche son los inmigrantes, y que cuanto más viejo fuese el coche más posibilidades tenías de montar. Los noruegos oscilaban entre un desdén educado y los insultos racistas que nos gritaban en inglés para que pudiésemos entenderlos. El verano siguiente tocó Francia y la situación no fue mucho mejor, aunque habíamos aprendido que los coches particulares no merecían la pena, porque los camioneros portugueses eran mucho más simpáticos y te hacían muchos más kilómetros. En realidad creo que lo que aprendimos fue que Europa no merecía la pena, que la idea de una unión europea era un montaje absurdo y que todos estaban deseando encender de nuevo las cámaras de gas. 

Hay otros episodios de la vida de Elisa que no he vivido -sobrevivir en la calle, ser internada en una cárcel de menores, heredar una colección de escarabajos-, pero no importa, porque basta con lo que ella cuenta para saber que son verdad. Que podrían haber sucedido de muchas formas pero que sucedieron así, a medio camino entre lo épico y lo absurdo, que es como suceden la mayoría de las cosas. Leo el libro de un tirón y me quedo con ganas de más, quizá por esa sensación de intimidad que crea Elisa, como si fuese una amiga que te ha dejado a medias contándote algo después de un montón de meses sin verla. Como si te estuviese dictando un manual de terrorismo aplicado a uno mismo. O un recuento paranoico de sus estados de Facebook. O un registro de golpes y caídas. 

domingo, 10 de noviembre de 2013

Hoy he matado a una mujer hermosa




Cuando leo la biografía de alguien, no puedo evitar pensar en los pequeños momentos que pasan desapercibidos. Normalmente nos interesan mucho más los otros, los que suponen grandes éxitos o grandes fracasos: el momento en el que el Marqués de Sade grita desde la ventana de su celda para los revolucionarios asalten la Bastilla, el momento en el que Mateo Morral lanza el ramo de flores con la carga explosiva, el momento en el que el verdugo hace girar la manivela y un hierro de un palmo de largo entra por la nuca de Salvador Puig Antich. Pero qué pasa con los otros momentos. Esos que nunca cuentan, de los que nadie se acuerda, pero que son casi más importantes que los otros. El momento en el que Sade recorre las calles de París desorientado y confuso, intentando deshacerse de las ropas y el peinado que le identifican como un miembro de la nobleza. El momento en el que Morral llega a Madrid y deja su maleta en el andén. El momento en el que Puig Antich carga el arma. El momento en el que su verdugo llega a casa y le dice a su mujer "hoy he matado a un muchacho hermoso". 

Leyendo la biografía de Rosa Luxemburgo para preparar la reseña del último texto que escribió me ha vuelto a pasar. He vuelto a pensar en esos instantes que nadie tiene en cuenta. Concretamente en uno de ellos: el preciso momento en el que decide quedarse en Alemania a pesar de que la revolución había acabado. Fracasado el levantamiento popular de noviembre, el Gobierno inicia la caza de las cabezas visibles del movimiento. En las semanas siguientes, decenas de militantes serán detenidos, encarcelados, torturados y ejecutados, y Rosa Luxemburgo y Karl Liebnecht eran los primeros de la lista. Durante dos meses conseguirán esconderse moviéndose de un piso franco a otro, pero el cerco se estrecha cada vez más. El libro que he leído no lo decía, pero estoy segura de que en ese tiempo les propusieron salir del país muchas veces. Los dos tenían contactos en otros países de Europa, y el movimiento obrero de cualquier país los habría acogido sin dudarlo. Pero decidieron quedarse, y yo no puedo parar de pensar en ese preciso momento en el que decidieron que no se marchaban. En ese instante en el que alguien le tendió un pasaporte falso y ella dijo que no. 

Pero hay muchos otros momentos, y también pienso en ellos. El instante en el que Runge recibe la primera salpicadura de sangre de las heridas que está haciendo con su culata en la cabeza de Rosa Luxemburgo. El instante en el que se mira asqueado el uniforme y se pregunta cómo va a limpiar aquello. El instante en el que llega a casa y su mujer mira las manchas de sangre y no dice nada. El instante en el que se tumba en la cama y piensa "hoy he hecho algo bueno por Alemania". O "esa cerda no paraba de gritar". O " he matado a una mujer hermosa". El instante en el que se da la vuelta y se duerme.  



[La reseña de "El orden reina en Berlín", el último texto de Rosa Luxemburgo, puede leerse aquí]