miércoles, 17 de julio de 2013

sobre mi abuela, mi familia y los castigos que se les imponen a los difuntos





Desde que llevo un registro escrito de los sueños me acuerdo de muchos más. De hecho, ha empezado a pasarme una cosa curiosa: sueño con recuerdos, con hechos que realmente me han sucedido. Eso hace que todo sea mucho más confuso, porque a veces dudo de si lo he vivido o no. Tengo que hacer un esfuerzo para distinguir lo que es un recuerdo y lo que es un sueño. Aunque tampoco sé si esa distinción importa. 

El último de los sueños-recuerdo que he tenido ha hecho que me venga a la cabeza algo en lo que no pensaba desde hace tiempo. En el sueño estoy con mi abuela en el cementerio de mi pueblo. Mi abuela va mucho al cementerio, dos o tres tardes en semana, para limpiar las lápidas de los muertos de nuestra familia o de los muertos que no tienen ninguna familia. Se lleva un cubo con agua y jabón y les quita el polvo a las lápidas y a las cruces. Mientras, les cuenta cosas o les canta canciones. Cuando yo era pequeña, tenía que acompañarla, porque no me podía quedar sola en casa. La verdad es que el cementerio me gustaba, me parecía un sitio divertido. Con cinco o seis años, iba de un sitio a otro saltando por encima de las tumbas y cambiando las flores de sitio. Luego aprendí que había gente debajo y simplemente me dedicaba a ir a ver las tumbas más antiguas, a calcular las edades a las que se había muerto la gente y a curiosear en el sitio donde se enterraba a los suicidas. Los suicidas no podían sen enterrados en un camposanto, así que tenían un recinto aparte pegado a la tapia del cementerio. Para la familia era un vergüenza, por eso no les ponían lápidas ni iban a verles. Solo tenían una cruz de madera con su nombre. A veces ni eso. Mi abuela se acordaba de cómo habían muerto casi todos ellos y me iba diciendo: "ese se ahorcó, pobrecillo", "ese también, por mal de amores", "ese fue el que se tiró del campanario", "ese se ahogó en el pantano". 

Supongo que ahora suena muy siniestro, pero en mi pueblo esto era bastante normal, y en mi familia más. De alguna manera, los muertos no estaban definitivamente muertos. Le ponías velas a su fotografía, le decías misas, le limpiabas la tumba, les rezabas. Incluso se podían aparecer. No era raro que los niños fueran al cementerio, y las vecinas se encontraban allí muchas tardes. Siempre había alguien. 

En el sueño, recuerdo algo que me sucedió con nueve o diez años. Recuerdo estar mirando una tumba antigua, era una de mis preferidas porque tenía una escultura de un ángel. Mi abuela había acabado ya y se acercó para llamarme. Cuando vio de quién era la tumba, se santiguó y dijo: "uy, la Angustias, qué Dios me perdone, pero qué mala era la jodía. ¿Ves que nadie viene a verte, Angustias? Ya te lo decía mi madre, que eras mala como el demonio". Me agarró de la mano y nos fuimos, pero durante el camino yo la estuve friendo a preguntas sobre Angustias. Al final me dijo que ella era pequeña, pero que su madre le contó que Angustias era tan mala que sus hijas la enterraron al revés. Es decir, en lugar de poner la cabeza en la parte de la cruz, giraron el ataúd y pusieron los pies allí. Por lo visto, esto se hacía antes para castigar al muerto, como una última humillación por el daño que había hecho en vida. 

Con el paso del tiempo, he intentado encontrar ejemplos de que esta tradición se hiciese en algún otro sitio, pero nunca he encontrado ninguna otra referencia. Mi abuela dice que ella ya no se acuerda de ver ningún caso, pero que su madre sí. A partir del sueño, he vuelto a recordarlo y he decidido contarlo aquí por si alguien puede decirme algo más. Quizá vosotros sabéis de algún caso similar. 


domingo, 14 de julio de 2013

sobre el opio, el alcohol, los retratos escondidos en los cuadros y la familia Brontë

[Emily Brönte]


Hace unos días acabé de leer Cumbres borrascosas. La novela me pareció soberbia, tan excesiva, torturada, tenebrosa y cruel como esperaba. Sin embargo, buscando información en internet sobre las distintas adaptaciones al cine que se han hecho de ella, encontré por casualidad la biografía de Emily Brontë, profundamente ligada a la de sus hermanos. Y me di cuenta de que la historia de la familia Brontë era tan tenebrosa y torturada como las novelas que escribieron. O puede que incluso más.

Los Brontë fueron seis hermanos, cinco chicas y un chico. Dos de las chicas, María y Elisabeth, enfermaron de tuberculosis en el colegio en el que habían sido internadas tras la muerte de su madre. Fallecieron el mismo año, en 1825. Durante un tiempo, los cuatro hermanos vivieron con una tía, que se ocupó de ellos hasta su muerte unos años después. Tras su fallecimiento, los hermanos decidieron volver a la casa familiar, donde su padre, pastor anglicano, había permanecido todo ese tiempo. Aunque eran apenas unos adolescentes, comenzaron a ganarse la vida en trabajos irregulares y mal pagados. Emily, Charlotte y Anne ejercieron de institutrices en distintas casas, y Branwell encontró un empleo en la oficina del ferrocarril. Por la noche, los cuatro escribían de forma incansable y enfermaban poco a poco, dejando que la tuberculosis deshiciese sus pulmones en aquella casa fría y húmeda. 


[uno de los pocos retratos existentes de Branwell]


Todos conocemos las publicaciones de las tres hermanas, Emily, Charlotte y Anne, que escribieron tanto poesía como novela. Sin embargo, del único chico, Branwell, casi no sabemos nada. Su nombre apenas aparece en la biografía de Emily, y no existe casi ninguna publicación suya. Buscando información sobre él, llegué por casualidad al blog de Juan Camós, al que ya conocía por su programa de radio, A este lado de la tumba. Es curioso, porque sabía de la existencia de este blog desde hacía solo unos días, y no había leído la entrada sobre Branwell. Supongo que llegó cuando tenía que hacerlo, en una de esas sincronicidades que tanto me pasan últimamente.

En su blog, Juan cuenta cómo las hermanas escondieron a Branwell sus publicaciones, cómo tejieron sus historias en silencio, minuciosamente, a escondidas de un hermano que era despreciado una y otra vez por la crítica y los escritores famosos con los que intentaba contactar. Solo y enfermo, Branwell empezó a abusar del alcohol y del opio. Desaparecía durante días de su casa, a donde regresaba envuelto en los delirios de la droga y con los pulmones cada vez más destrozados. Perdió a su prometida, que declinó el matrimonio por "su alcoholismo crónico, su abuso de los opiáceos y sus deudas", y le echaron del trabajo. Entre crisis y crisis, pasaba unos días en la casa familiar, donde se dedicaba a la pintura, otra de sus pasiones frustradas. En su habitación, escondida detrás de un armario, encontraron uno de sus últimos cuadros. En ella había pintado a sus tres hermanas, pálidas y hermosas, situadas junto a una columna. Pero si miramos esa columna con atención, se percibe una mancha de contornos borrosos. Cuando se analizó el cuadro, se descubrió que, bajo esa mancha, Branwell se había pintado a sí mismo. Y después se había borrado, había tapado su rostro con capas de pintura. Como si quisiera desaparecer para siempre de aquella escena. 




Todas las biografías de las hermanas Brontë describen a Branwell como una carga. Como la oveja negra que Emily tenía que cuidar porque no sabía cuidar de sí mismo. Pero yo me pregunto qué sentían las tres hermanas cuando escribían sus libros conjuntos a espaldas de su hermano, cuando escondían los pliegos de folios en los que redactaban sus obras. Por qué nunca le incluyeron ni le ayudaron, a pesar de que sus obras fueron conocidas en vida. "En toda mi vida no he hecho nada grande ni bueno", escribió Branwell en una de sus últimas cartas, antes de morir, alcoholico y enfermo, con solo treinta años. 



miércoles, 10 de julio de 2013

cadáveres que resplandecen como si hubieran visto todos los incendios






Son las cinco de la mañana cuando el sonido de unos disparos rompe la tranquilidad de Vera, un pueblo navarro cercano a la frontera con Francia. En el tiroteo mueren dos guardias civiles y varios militantes anarquistas. Pablo Martín Sánchez aún no lo sabe, pero el disparo que ha recibido en la pierna acaba de decidir su futuro. Lo que sí sabe mientras huye por el monte intentando alcanzar la frontera es que la intentona de Vera ha fracasado. Traicio­nados por los infiltrados y vigilados por la Policía, los anarquistas españoles en el exilio no han podido derribar la dictadura de Primo de Rivera, que se hace fuerte a base de represión. En privado, el dictador se jacta de estar acabando con los anarquistas, que mueren a centenares con un hierro clavado en la nuca por los verdugos del Estado o con una bala en la cabeza gracias a los pistoleros de la patronal. La censura hará su trabajo y los periódicos del momento apenas mencionarán lo sucedido. La intentona de Vera caerá en uno de los olvidos más oscuros de la historia del anarquismo español, a pesar de que en ella participaron algunos de los que luego serán figuras clave de la Guerra Civil, como Durruti, Ascaso o Vivancos.
Pero las dictaduras caen, o al menos son sustituidas por otras, y los censores acaban olvidando algunos episodios. Entonces alguien llamado Pablo Martín Sánchez teclea su nombre en Google y encuentra una página que habla de un militante anarquista que se llamaba como él. La información es muy escasa, apenas un par de fechas y unas pocas líneas, pero lo suficiente para encontrar un hilo del que tirar. Un hilo que lleva a una novela de Baroja, al Registro Civil de Barakaldo, a la residencia de ancianos donde está internada la sobrina de Martín Sánchez, que a pesar de sus 90 años aún recuerda perfectamente la sonrisa ladeada de su tío. Basándose en las conversaciones mantenidas con ella durante meses y en una exhaustiva documentación histórica, ese otro Martín Sán­chez ha reconstruido la historia del militante anarquista, desde su nacimiento en 1890 hasta que fue condenado a garrote vil en 1924. La historia de su amor por Ángela, que le costó un disparo en el pulmón, y una búsqueda de años que solo acabó cuando estaba a punto de ser ajusticiado. La historia de su exilio en París al estallar el golpe de Estado, de su encuentro con Emma Goldman en EE UU, de su trabajo como corresponsal en el matadero de Verdún. La historia de alguien que había luchado y había perdido. Que había conocido demasiado pronto a los que engrasan los fusiles y ajustan las camisas de fuerza, a los que introducen las larvas en los oídos de los hombres mientras duer­men, a los que engendran la enfermedad y la peste. Que había muerto demasiadas veces.
La historia de Martín Sánchez tenía que ser contada porque hay cadáveres demasiado hermosos para ser enterrados, que desprenden luz como si hubiesen visto todos los incendios o hubiesen masticado cientos de luciérnagas. Su historia tenía que ser contada, pero no era sencillo hacerlo sin convertir al militante anarquista en carnaza para el mercado de camisetas, parches y llaveros que devora constantemente frases y rostros. El autor ha conseguido algo tremendamente difícil: contar una historia compleja con sencillez. No hay juegos con el lector ni técnicas narrativas rebuscadas: sólo se cuenta una historia, y esa historia es suficientemente hermosa por sí misma. El anarquista que se llamaba como yo es una novela enorme, de esas que no quieres que se acaben, de las que te hacen pasar las páginas con un nudo en el estómago porque sabes que la insurrección fracasó, que los rebeldes de Vera nunca consiguieron acabar con la dictadura, que Pablo fue condenado a morir por un Estado con las manos demasiado manchadas de sangre. O quizás no. Quizás los incendios nunca se apaguen del todo. Quizás las condenas a muerte no sean tan seguras.

[Reseña publicada originalmente en Diagonal]

sábado, 6 de julio de 2013

sobre los libros iniciáticos de Juan Eduardo Cirlot



Creo que En la llama es un libro iniciático. Una especie de diario lleno de símbolos. He tardado más de dos meses en leerlo porque tenía la sensación de que muchos de los poemas contenían una lectura mucho más profunda. Como si Cirlot hubiese escondido en ellos fórmulas ocultas, mensajes en clave. Me obsesioné con las referencias alquímicas y cabalísticas que encontraba en sus poemas, con sus oraciones a los santos y a los ángeles, con los dioses egipcios y sumerios que llenaban las páginas. ¿Quién escribía sobre las ciudades perdidas de Sumer en medio de la oscuridad de la posguerra franquista, en una Barcelona hambrienta y caníbal? ¿Quién fue Juan Eduardo Cirlot? En las escasas cartas personales que se recogen en el volumen, Cirlot cuenta que ha vendido sus libros de magia y alquimia. Y da un listado: Hypnerotomachia Poliphili, de Collonna; Imprese ilustri, de Camili, Hieroglyphica, de Piero Valeriani; Symbolicarum cuestionum de Universo Genre, de Bocchius; Transformationi, de Dolce. Los había vendido uno por uno. Para comprar espadas. Cirlot coleccionaba espadas antiguas que colgaba en el salón de su casa. 



En esas cartas también habla de su obsesión con el barrio de Vallcarca, en la parte alta de Barcelona, por el que deambulaba frecuentemente. Como si intentase descubrir un punto psicogeográfico clave. Como si hubiese lugares especialmente sensibles a las grietas que se abren entre unas realidades y otras. Andando de un lado para otro sin rumbo fijo, Cirlot susurraba oraciones en voz baja, invocaba a los que duermen con los ojos abiertos debajo de la tierra. Me obsesioné de tal forma que llegué a pensar que estaba inventado a un Cirlot que nunca había existido. Que las referencias a la cábala o a los textos herméticos medievales se debían a mi propio interés en esos temas, pero que no estaban realmente en los poemas. Hasta que alguien puso en mis manos de nuevo el libro Alquimia y mística publicado por la editorial Taschen. Un libro que me había pertenecido hasta que lo regalé. Abrí una de las páginas al azar y allí estaba el mismo grabado que aparecía en el poemario de Cirlot: una ilustración de Nicholaus Simonis fechada en 1510, del libro Ludus artificialis oblivionis. 



La pregunta de quién era Juan Eduardo Cirlot se hizo entonces más acuciante. No hay muchos datos sobre él. Solo que trabajó en un banco. Que además de poeta era crítico de arte y músico. Que conoció a los surrealistas. Que murió a los 57 años. Solo datos inconexos, que en realidad no significan nada. Y lo demás son todo interrogantes. Claves iniciáticas que solo pueden ser desveladas a partir de sus poemas. "He ardido en tantas hogueras", escribió Cirlot en 1966, "me han atormentado tanto que jamás sabré si quiera lo que pude ser. Pero nadie ha podido torturarme tanto que me haga declarar que soy como ellos. Siempre supe que no era de este mundo". 

miércoles, 3 de julio de 2013

un año de "El libro de la crueldad"

[Ilse Koch]


[Irma Grese]


[María Mandel]


[Hertha Bothe]


[Dorothea Binz]



Este mes de junio ha hecho un año que se publicó "El libro de la crueldad". La verdad es que no es mucho, pero me da la sensación de que hace más. Supongo que es porque yo en realidad lo escribí hace casi dos años. Ahora lo releo y creo que cambiaría algunas cosas y corregiría otras. Pero imagino que es bueno tener dudas sobre lo que escribes, porque es lo que te permite seguir buscando y experimentando. De hecho el libro con el que estoy ahora es bastante diferente en muchos sentidos. Menos oscuro. Una especie de libro de cuentos extraños y alucinados. 

En estos meses, mucha gente me ha dicho que el libro les había parecido demasiado duro, e imagino que tienen razón. El poemario partió de una pregunta que me hago muchas veces, y que tiene que ver con la razón de que la gente sea cruel. Una vez, viendo un documental sobre las mujeres que habían dirigido campos de concentración en la Alemania nazi, mi hermano me pregunto si creía que yo sería capaz de hacer aquellas atrocidades. Torturar hasta la muerte a un prisionero, fusilar a alguien a sangre fría, maltratar a una persona hasta el agotamiento. Lo pensé durante unos instantes y le dije que sí. Yo creo que sería capaz. Que en unas circunstancias concretas y determinadas, sería capaz de torturar o asesinar a alguien. De hecho creo que todos lo seríamos, aunque ahora nos parezca una aberración. Solo tienen que darse las condiciones adecuadas. La ideología, la motivación, el contexto histórico necesario. No creo que todas aquellas mujeres que salían en el documental fuesen enfermas mentales. Creo que eran como nosotros. Y eso es lo peor. 

Durante los siguientes días no me pude sacar esa idea de la cabeza. Cuál sería el resorte que me haría convertirme en una de ellas. Qué tiene que pasar para que yo fuese capaz de hacer eso. Si sería capaz de llegar a esos extremos de violencia. Busqué fotografías de esas mujeres y las colgué en la pared de mi habitación. Ilse Koch, María Mandel, Irma Grese, Hertha Bothe, Dorothea Binz. Las miré durante días. Y escribí. No directamente sobre ellas. Más bien sobre nosotros. 

jueves, 27 de junio de 2013

Dios murió en tus brazos de anarquista gelatina o Por qué leer a Álvaro Guijarro

[órbita del cometa Halley]


Cada vez que leo algo de Álvaro Guijarro tengo la sensación de estar ante un poeta enorme. De esos que solo pasan una vez cada varias décadas, como el cometa Halley. Creo que tenemos suerte de que escriba.


Dios murió en tus brazos de anarquista gelatina
aquel agosto de papiros hundidos en rocío.

*

Insólitas medicaciones asaltaron mi voluntad
hasta ser un asceta adorador de los floreros.
Aunque yo me sabía destinado a múltiples poderes
ocultos, perseguí el mareo del mosquito.

*

Porque los cabecillas de las mafias serbias
tomaban café solo, apenas quedan asesinos.

*

(¿Por qué tengo que usar novedosos microondas?
¿Por qué tú estás obligada a un necio potencial
que no ha interiorizado diez pipas bien partidas?
¿Por qué los caballos se quedaron en este planeta?)

*

Rodeado de 6 camas hinchables y un ayuntamiento,
revelé al mundo el absurdo de la inteligencia.

*

Tachándome de psicótico y leísta, muy veloces
sobre una bicicleta, ocuparíamos el Ministerio.


Álvaro Guijarro
La postpunk amante de Tiresias
Canalla ediciones, 2013