miércoles, 10 de julio de 2013

cadáveres que resplandecen como si hubieran visto todos los incendios






Son las cinco de la mañana cuando el sonido de unos disparos rompe la tranquilidad de Vera, un pueblo navarro cercano a la frontera con Francia. En el tiroteo mueren dos guardias civiles y varios militantes anarquistas. Pablo Martín Sánchez aún no lo sabe, pero el disparo que ha recibido en la pierna acaba de decidir su futuro. Lo que sí sabe mientras huye por el monte intentando alcanzar la frontera es que la intentona de Vera ha fracasado. Traicio­nados por los infiltrados y vigilados por la Policía, los anarquistas españoles en el exilio no han podido derribar la dictadura de Primo de Rivera, que se hace fuerte a base de represión. En privado, el dictador se jacta de estar acabando con los anarquistas, que mueren a centenares con un hierro clavado en la nuca por los verdugos del Estado o con una bala en la cabeza gracias a los pistoleros de la patronal. La censura hará su trabajo y los periódicos del momento apenas mencionarán lo sucedido. La intentona de Vera caerá en uno de los olvidos más oscuros de la historia del anarquismo español, a pesar de que en ella participaron algunos de los que luego serán figuras clave de la Guerra Civil, como Durruti, Ascaso o Vivancos.
Pero las dictaduras caen, o al menos son sustituidas por otras, y los censores acaban olvidando algunos episodios. Entonces alguien llamado Pablo Martín Sánchez teclea su nombre en Google y encuentra una página que habla de un militante anarquista que se llamaba como él. La información es muy escasa, apenas un par de fechas y unas pocas líneas, pero lo suficiente para encontrar un hilo del que tirar. Un hilo que lleva a una novela de Baroja, al Registro Civil de Barakaldo, a la residencia de ancianos donde está internada la sobrina de Martín Sánchez, que a pesar de sus 90 años aún recuerda perfectamente la sonrisa ladeada de su tío. Basándose en las conversaciones mantenidas con ella durante meses y en una exhaustiva documentación histórica, ese otro Martín Sán­chez ha reconstruido la historia del militante anarquista, desde su nacimiento en 1890 hasta que fue condenado a garrote vil en 1924. La historia de su amor por Ángela, que le costó un disparo en el pulmón, y una búsqueda de años que solo acabó cuando estaba a punto de ser ajusticiado. La historia de su exilio en París al estallar el golpe de Estado, de su encuentro con Emma Goldman en EE UU, de su trabajo como corresponsal en el matadero de Verdún. La historia de alguien que había luchado y había perdido. Que había conocido demasiado pronto a los que engrasan los fusiles y ajustan las camisas de fuerza, a los que introducen las larvas en los oídos de los hombres mientras duer­men, a los que engendran la enfermedad y la peste. Que había muerto demasiadas veces.
La historia de Martín Sánchez tenía que ser contada porque hay cadáveres demasiado hermosos para ser enterrados, que desprenden luz como si hubiesen visto todos los incendios o hubiesen masticado cientos de luciérnagas. Su historia tenía que ser contada, pero no era sencillo hacerlo sin convertir al militante anarquista en carnaza para el mercado de camisetas, parches y llaveros que devora constantemente frases y rostros. El autor ha conseguido algo tremendamente difícil: contar una historia compleja con sencillez. No hay juegos con el lector ni técnicas narrativas rebuscadas: sólo se cuenta una historia, y esa historia es suficientemente hermosa por sí misma. El anarquista que se llamaba como yo es una novela enorme, de esas que no quieres que se acaben, de las que te hacen pasar las páginas con un nudo en el estómago porque sabes que la insurrección fracasó, que los rebeldes de Vera nunca consiguieron acabar con la dictadura, que Pablo fue condenado a morir por un Estado con las manos demasiado manchadas de sangre. O quizás no. Quizás los incendios nunca se apaguen del todo. Quizás las condenas a muerte no sean tan seguras.

[Reseña publicada originalmente en Diagonal]

sábado, 6 de julio de 2013

sobre los libros iniciáticos de Juan Eduardo Cirlot



Creo que En la llama es un libro iniciático. Una especie de diario lleno de símbolos. He tardado más de dos meses en leerlo porque tenía la sensación de que muchos de los poemas contenían una lectura mucho más profunda. Como si Cirlot hubiese escondido en ellos fórmulas ocultas, mensajes en clave. Me obsesioné con las referencias alquímicas y cabalísticas que encontraba en sus poemas, con sus oraciones a los santos y a los ángeles, con los dioses egipcios y sumerios que llenaban las páginas. ¿Quién escribía sobre las ciudades perdidas de Sumer en medio de la oscuridad de la posguerra franquista, en una Barcelona hambrienta y caníbal? ¿Quién fue Juan Eduardo Cirlot? En las escasas cartas personales que se recogen en el volumen, Cirlot cuenta que ha vendido sus libros de magia y alquimia. Y da un listado: Hypnerotomachia Poliphili, de Collonna; Imprese ilustri, de Camili, Hieroglyphica, de Piero Valeriani; Symbolicarum cuestionum de Universo Genre, de Bocchius; Transformationi, de Dolce. Los había vendido uno por uno. Para comprar espadas. Cirlot coleccionaba espadas antiguas que colgaba en el salón de su casa. 



En esas cartas también habla de su obsesión con el barrio de Vallcarca, en la parte alta de Barcelona, por el que deambulaba frecuentemente. Como si intentase descubrir un punto psicogeográfico clave. Como si hubiese lugares especialmente sensibles a las grietas que se abren entre unas realidades y otras. Andando de un lado para otro sin rumbo fijo, Cirlot susurraba oraciones en voz baja, invocaba a los que duermen con los ojos abiertos debajo de la tierra. Me obsesioné de tal forma que llegué a pensar que estaba inventado a un Cirlot que nunca había existido. Que las referencias a la cábala o a los textos herméticos medievales se debían a mi propio interés en esos temas, pero que no estaban realmente en los poemas. Hasta que alguien puso en mis manos de nuevo el libro Alquimia y mística publicado por la editorial Taschen. Un libro que me había pertenecido hasta que lo regalé. Abrí una de las páginas al azar y allí estaba el mismo grabado que aparecía en el poemario de Cirlot: una ilustración de Nicholaus Simonis fechada en 1510, del libro Ludus artificialis oblivionis. 



La pregunta de quién era Juan Eduardo Cirlot se hizo entonces más acuciante. No hay muchos datos sobre él. Solo que trabajó en un banco. Que además de poeta era crítico de arte y músico. Que conoció a los surrealistas. Que murió a los 57 años. Solo datos inconexos, que en realidad no significan nada. Y lo demás son todo interrogantes. Claves iniciáticas que solo pueden ser desveladas a partir de sus poemas. "He ardido en tantas hogueras", escribió Cirlot en 1966, "me han atormentado tanto que jamás sabré si quiera lo que pude ser. Pero nadie ha podido torturarme tanto que me haga declarar que soy como ellos. Siempre supe que no era de este mundo". 

miércoles, 3 de julio de 2013

un año de "El libro de la crueldad"

[Ilse Koch]


[Irma Grese]


[María Mandel]


[Hertha Bothe]


[Dorothea Binz]



Este mes de junio ha hecho un año que se publicó "El libro de la crueldad". La verdad es que no es mucho, pero me da la sensación de que hace más. Supongo que es porque yo en realidad lo escribí hace casi dos años. Ahora lo releo y creo que cambiaría algunas cosas y corregiría otras. Pero imagino que es bueno tener dudas sobre lo que escribes, porque es lo que te permite seguir buscando y experimentando. De hecho el libro con el que estoy ahora es bastante diferente en muchos sentidos. Menos oscuro. Una especie de libro de cuentos extraños y alucinados. 

En estos meses, mucha gente me ha dicho que el libro les había parecido demasiado duro, e imagino que tienen razón. El poemario partió de una pregunta que me hago muchas veces, y que tiene que ver con la razón de que la gente sea cruel. Una vez, viendo un documental sobre las mujeres que habían dirigido campos de concentración en la Alemania nazi, mi hermano me pregunto si creía que yo sería capaz de hacer aquellas atrocidades. Torturar hasta la muerte a un prisionero, fusilar a alguien a sangre fría, maltratar a una persona hasta el agotamiento. Lo pensé durante unos instantes y le dije que sí. Yo creo que sería capaz. Que en unas circunstancias concretas y determinadas, sería capaz de torturar o asesinar a alguien. De hecho creo que todos lo seríamos, aunque ahora nos parezca una aberración. Solo tienen que darse las condiciones adecuadas. La ideología, la motivación, el contexto histórico necesario. No creo que todas aquellas mujeres que salían en el documental fuesen enfermas mentales. Creo que eran como nosotros. Y eso es lo peor. 

Durante los siguientes días no me pude sacar esa idea de la cabeza. Cuál sería el resorte que me haría convertirme en una de ellas. Qué tiene que pasar para que yo fuese capaz de hacer eso. Si sería capaz de llegar a esos extremos de violencia. Busqué fotografías de esas mujeres y las colgué en la pared de mi habitación. Ilse Koch, María Mandel, Irma Grese, Hertha Bothe, Dorothea Binz. Las miré durante días. Y escribí. No directamente sobre ellas. Más bien sobre nosotros. 

jueves, 27 de junio de 2013

Dios murió en tus brazos de anarquista gelatina o Por qué leer a Álvaro Guijarro

[órbita del cometa Halley]


Cada vez que leo algo de Álvaro Guijarro tengo la sensación de estar ante un poeta enorme. De esos que solo pasan una vez cada varias décadas, como el cometa Halley. Creo que tenemos suerte de que escriba.


Dios murió en tus brazos de anarquista gelatina
aquel agosto de papiros hundidos en rocío.

*

Insólitas medicaciones asaltaron mi voluntad
hasta ser un asceta adorador de los floreros.
Aunque yo me sabía destinado a múltiples poderes
ocultos, perseguí el mareo del mosquito.

*

Porque los cabecillas de las mafias serbias
tomaban café solo, apenas quedan asesinos.

*

(¿Por qué tengo que usar novedosos microondas?
¿Por qué tú estás obligada a un necio potencial
que no ha interiorizado diez pipas bien partidas?
¿Por qué los caballos se quedaron en este planeta?)

*

Rodeado de 6 camas hinchables y un ayuntamiento,
revelé al mundo el absurdo de la inteligencia.

*

Tachándome de psicótico y leísta, muy veloces
sobre una bicicleta, ocuparíamos el Ministerio.


Álvaro Guijarro
La postpunk amante de Tiresias
Canalla ediciones, 2013

domingo, 23 de junio de 2013

transcripción de los sueños acontecidos entre el 7 de mayo y el 23 de junio de 2013

Posle Smerti, Yevgeni Bauer, 1915



Durante los dos últimos meses se me han estado repitiendo con especial intensidad dos sueños recurrentes. En uno, del que ya hablé aquí, sueño que estoy en una trinchera y que me pongo las botas de un muerto. En el otro sueño con un chico vestido de gris. Hace unas semanas decidí apuntar los sueños para ver cuántas veces se repetían. Esta es la transcripción:

7 mayo

Subo unas escaleras muy estrechas, que giran sobre sí mismas. Intento ir rápido, pero el vestido no me deja avanzar porque me lo piso continuamente. Las escaleras no se acaban nunca. Sé que debo darme prisa.  Miro hacia atrás como si algo o alguien me persiguiese, pero está muy oscuro y no se ve nada. Delante de mí tampoco veo nada, solo los escalones más próximos.

11 de mayo

El chico vestido de gris está junto a mi cama, de pie. Lleva la misma ropa de siempre, el jersey de rombos blancos y grises y unos pantalones oscuros. Yo estoy en la cama, durmiendo, a pesar de que sé lo que él hace. Pasados unos segundos, se agacha junto a mi cama y me grita al oído "¡Layla!". En ese momento me despierto.

17 de mayo

Me regalan un gato que lleva pantalones de rayas negras y verdes. Yo quiero quitárselos, pero me dicen que tengo que dejarlo así porque esa raza es especial. Cazo saltamontes para alimentar al gato.

18 de mayo

La casa está llena de gente que no conozco. Todos hablan entre sí, pero no me prestan atención, como si no me viesen. Voy a la habitación y hay una chica de cuclillas en un rincón. Me dice "¿No ves que no pueden verte?". Me coge la mano con violencia, la abre y me señala un dibujo que tengo en la palma. El dibujo es una M mayúscula. "A este lado eres invisible", me dice.

22 de mayo

Soy una de las supervivientes de una especie de plaga extraña. Consigo llegar a una base donde hay otros supervivientes. Nos sientan en una enorme mesa de reuniones y nos reparten unos planos y unos aparatos electrónicos, una especie de radar. Los militares de la base nos dicen que la plaga ha sido provocada por ellos, porque la humanidad necesita regenerarse. Debemos ir a los lugares que indican los planos y esperar allí un año. Después, podemos salir y reconstruir la civilización. El edificio que tengo en mi plano tiene forma de flor.

1 de junio

El chico de gris está de pie a unos metros de mí. Estamos en un parque, y parece otoño. Le miro, y él levanta la mirada y sonríe levemente. Como si esperase encontrarme allí. Va vestido como siempre, con una moda como de principios de los ochenta. El pelo también lo lleva así.

3 de junio 

Voy vestida de militar, con botas y ropa de camuflaje. Estoy apostada en un sitio alto, desde el que tengo mucha visibilidad. El paisaje es desértico y polvoriento. Hace calor. Oigo un ruido y apunto con la mirilla del rifle. Tengo en el objetivo a un militar rubio, alto y fuerte. Apunto a la cabeza y disparo. Cae al suelo fulminado. Sin detenerme, apunto a la cabeza de otro que llega corriendo hasta el primero. Disparo y acierto de nuevo. A mi lado, un compañero me dice "Venga, Layla, son nuestros, son nuestros". Apunto a un tercero y a un cuarto y acierto también. Mi compañero se ríe. Por la frente me cae un sudor frío.

12 de junio

Me regalan un libro forrado en piel oscura. Sé que es muy importante que no le pase nada, así que lo envuelvo en papel de aluminio.











jueves, 20 de junio de 2013

sobre constantes, hilos y claves iniciáticas



Creo que he encontrado una constante. Un hilo que une momentos y lugares aparentemente muy separados entre sí. Una clave iniciática. Esta semana he tenido otras tres de esas extrañas coincidencias con Blake de las que ya hablé en un post anterior. La primera fue el lunes. Me llega un correo electrónico de una chica que conocí hace un tiempo. He hablado de ella hace poco, la chica satánica a la que conocí cuando trabajaba en una tienda esóterica y a la que perdí la pista. Después de haber estado viviendo fuera, esa chica volvió a mi pueblo y se pasó por la tienda para saludar. Preguntó por mí y la dijeron que ya no trabajaba allí, pero que tenía un blog y que podía escribirme si quería. Según me cuenta en el email, estuvo leyendo algunas entradas, pero no se atrevía a escribirme. Hasta que yo hablé precisamente de ella. En el email me pedía mi dirección, y esta mañana me ha llegado por carta la lámina de más arriba, una reproducción de una obra de Blake. No habíamos hablado de él, pero me la envía porque dice que para ella es una de las mejores representaciones de Lucifer. 

Las otras dos coincidencias han vuelto a ser en los libros. La primera en "En la llama", de Juan Eduardo Cirlot, que también cita a Blake. La segunda en un libro de Patrick Harpur, "Mercurius". Este libro es una especie de obra de culto, un diario alquímico moderno al que llegué por otra de esas casualidades extrañas. Escribo el título del libro en la página de Iberlibro para buscarlo y me doy cuenta de su subtítulo: "The marriage of heaven and earth", en clara referencia al "The marriage of heaven and hell" de Blake. 

Después de todo esto, he decidido rendirme y volver a leer las obras completas de Blake. Necesito encontrar esa clave, ese hilo del que tirar.