lunes, 11 de febrero de 2013

mientras fotocopio acústicas en el aire





El suicidio es una frase hecha
un secreto obeso
En cuclillas me disocio carroña
mientras fotocopio acústicas en el aire
Eructo hienas y avispas
Vivir es un alud
que
diversifico
en simultáneas peripecias
Apago y enciendo mi color hago lo que
puedo
con lo que tengo
Soy un lugar de lo más común y resistir
me confunde



La sonrisa del camaleón
Isabel Tejada Balsas

miércoles, 6 de febrero de 2013

mátate, amor

 


En la ciudad no tengo que matar nada. Es algo de lo que me he dado cuenta cuando he vuelto a vivir en una. Pasan días enteros sin que acabe con la vida de ningún ser. Y mis vecinos tampoco lo hacen, lo sé porque oigo sus conversaciones a través de las paredes. En el campo es distinto. Mis vecinos mataban a diario, luego hablaban sobre lugares donde enterrar los cuerpos. Cada día cometían cientos de asesinatos. Mataban gallinas que ya no ponían huevos, conejos que estaban demasiado crecidos, perros moribundos, caballos enfermos, ratones que caían en las trampas, cabritos que eran machos, gatos que se reproducían demasiado, babosas que se comían las coles del huerto. Los ahogaban con sus propias manos. Los envenenaban. A veces les disparaban en la cabeza.

Creo que por eso me ha gustado tanto "Mátate, amor", de Ariana Harwicz. Echaba de menos esa violencia brutal y luminosa que lo inunda todo cuando vives en el campo. Esa sensación oscura que empieza a extenderse por el fondo de tu cabeza cuando te enseñan a manejar una escopeta y te preguntas cómo será disparar a alguien. Cuando apuntas al perro y sabes que no le dispararás, pero te preguntas qué se sentirá al hacerlo. La protagonista de la novela dice "estoy cansada de que no se pueda andar a escopetazos o denigrar al bebé" y yo la entiendo. Dice "la muerte está presente en el fuego, en la alfombra, en las cortinas, en el aire encerrado en los muebles de campo y en la vajilla de plata. En el jarrón sin flores. La muerte exuda de los paraguas apilados cerca de la puerta" y yo la entiendo. Dice "me fui de allí sin saber si pisaba su cabeza o estiércol" y yo la entiendo.

"Mátate, amor" es un libro perturbador. Esta hecho de algo oscuro, tibio y viscoso, de algo que se arrastra entre la maleza. De algo que nos susurra al oído, que late en el fondo del cerebro. Todo ocurre en una casa de campo, donde la protagonista pasa muchos días sola, observando el límite del bosque, espiando a su bebé con un cuchillo en la mano, acechando a los vecinos, explotando de deseo y de ansia. Hay algo en la novela que deja sin respiración, que corta no como un cuchillo, sino como el deseo no satisfecho, que entra más hondo y es más doloroso que los cortes metálicos. Tiene algo de animal, de desgarrador, de salvaje, pero también algo hermoso y vivo. Ella dice "soy un ciervo entrando al bosque como lo haría un novio a la iglesia" y yo la entiendo.

lunes, 4 de febrero de 2013

hechos científicamente comprobados

 


Como todo el mundo sabe, la calvicie es producida por las orugas que reptan hasta el cabello de los hombres mientras duermen y les susurran extraños cantos en sueños. Los cantos son tan amargos que los cabellos mueren de tristeza y se caen antes de que amanezca.

viernes, 1 de febrero de 2013

los 913 cadáveres que recuerdo



[Jim Jones]



 
 [cadáveres junto a la mesa donde se repartió el veneno]


 [más cadáveres]



No recuerdo casi ningún programa de los que vi durante el tiempo que estuve hipnotizada por la televisión. Supongo que delante de mis ojos pasaron miles de cadáveres, pero solo recuerdo a 913 de ellos. Los 913 cadáveres de hombres, mujeres y niños que aparecieron en Jonestown, un terreno cercado y perdido en medio de la selva que pertenecía a una secta llamada El Templo del Pueblo. Era tarde, y yo hacía zapping por los trescientos canales de la TDT sin buscar nada en especial, solo fascinada por la luz eléctrica que emitía el televisor. Me detuve en el canal Historia, que en ese momento estaba empezando a emitir un documental titulado "La masacre de Jonestown". Supongo que me llamó la atención el título, las masacres de todo tipo siempre han sido uno de mis temas preferidos para un documental. Incluso para un libro.

Era tarde y estaba cansada, pero las primeras imágenes hicieron que me sacudiese en el sofá. El cámara avanzaba por lo que parecía una especie de pueblo y enfocaba a los cientos de cadáveres que se apilaban por todas partes. Casi tenía que ir apartándolos con los pies para poder pasar. En el audio, se oía una voz autoritaria que repetía "¡Morid con dignidad!, ¡Morid con dignidad!". Esa voz era la de Jim Jones, el predicador que había fundado y dirigido la secta de El Templo del Pueblo, y el audio pertenecía a una grabación que se encontró el aquel mismo lugar, junto a los cientos de cadáveres. En ella se oían los últimos minutos de vida de los habitantes de Jonestown, antes de lo que hasta hoy es el mayor suicidio colectivo de la Historia. Histérico y desencajado, Jones les dirige un discurso para convencerles de que su única opción es el suicidio. Mientras habla, se oye cómo algunas de sus colaboradoras más cercanas van preparando el compuesto de cianuro y zumo que darán a los habitantes de Jonestown. Los primeros en tomarlo son los niños, a los que se oye llorar quejándose del sabor amargo de la bebida. Luego lo tomaron los adultos. Después de eso, en la cinta se hace el silencio. 

Aquellas imágenes me sacudieron en el sofá, pero creo que no fueron las peores de todo el documental. Lo qué más impacto me causó fue ver el rostro de Jim Jones. De alguna manera, me era familiar. No sé por qué, pero tenía una fuerte sensación de haberlo visto antes, o de que se parecía a alguien que yo conocía. Recuerdo que me levanté del sofá y me acerqué más al televisor, pero no fui capaz de relacionarlo con nadie conocido. Puede que eso mismo les pasase a las 913 personas que se suicidaron aquel día, que se quedasen a escucharle por primera vez porque les recordaba a alguien o porque tenían la sensación de conocerlo. Puede que por eso entraran a la secta y le siguieran a aquel terreno perdido en medio de la selva. Puede que me pasase lo mismo que a ellos.



[El documental se puede ver entero en Youtube, basta con poner "La masacre de Jonestown" en el buscador. Además, la editorial La Felguera también ha publicado un libro sobre este tema, "Jim Jones. Prodigios y milagros de un predicador apocalíptico". Es el único publicado en castellano que recoge la transcripción completa de la cinta.]


miércoles, 30 de enero de 2013

El Estado, la mafia y el ejemplo griego.



Hace unos días tuve la oportunidad de asistir a una charla que daban en Móstoles dos militantes del movimiento libertario griego. El tema de la charla me gustaba porque la idea era que se centraran en las alternativas a la crisis, en lo que la gente está haciendo para salir adelante a pesar de Ellos, de los que engrasan los engranajes de la Máquina y ponen en hora todos los despertadores. En construir una sociedad nueva antes de que la vieja se derrumbe sobre sus cabezas. Hablaron de muchas iniciativas, y de hecho tengo pensado escribir una columna sobre ello o contarlas por aquí, pero durante la charla yo no podía parar de pensar que el Estado griego se había convertido en una organización mafiosa. Seguramente siempre lo haya sido, como todos los Estados (al fin y al cabo el Estado y la mafia surgen en el mismo lugar y en el mismo momento histórico, es deficil creer en las casualidades a estas alturas), pero el fin del Estado del bienestar está haciendo que sea más evidente. Si pagas lo que te piden, la mafia te ofrece protección de los daños que ellos mismos te causan (quemarte el local, darte una paliza, etc) y eso mismo es lo que hace el Estado. Si pagas y no cuestionas el orden existente, te protegemos de los daños que nuestra propia policía y nuestros propios jueces van a infligirte. Creo que hay una convergencia clara entre ambos tipos de organizaciones, y de hecho los grandes narcos mexicanos están construyendo una suerte de Estado del bienestar, subvencionando colegios y hospitales para ganarse el apoyo de la población. El Estado se convierte en la mafia y la mafia en el EStado. Quizá nunca fueron tan diferentes.

Con todo eso en la cabeza escribí la columna de Culturamas de este mes, os dejo el enlace por si queréis echarle un vistazo. Las charlas se están celebrando por todo el Estado, así que puede que queden fechas en vuestra ciudad si os interesa. A Madrid vuelven el 4 de febrero, pero esta semana y la que viene aún estarán de gira. Hablan muy bien castellano, el idioma no es problema. 


lunes, 28 de enero de 2013

estados hipnóticos



Cuando volví a casa de mis padres en septiembre me tiré unos cuantos días delante del televisor. Por unas cosas o por otras, nunca había uno en las casas en las que he vivido, así que se convirtió en algo completamente ajeno. Al fin y al cabo, las series y las películas las veía por internet y Cuarto Milenio lo cuelgan en la página web del programa. Pero al volver sufrí una especie de proceso de hipnotismo. En casa de mis padres la televisión está permanentemente encendida, como una presencia más. La dejan encendida incluso cuando salen a comprar el pan o bajan a tirar la basura. Da igual que no la estén viendo o que no haya nadie en el salón, la televisión sigue retransmitiendo. A veces incluso encienden dos televisores a la vez con el mismo programa y el eco suena por toda la casa, porque por alguna razón la señal llegan antes a un televisor que a otro. Después de haber estado tanto tiempo fuera y de haber vivido en un ambiente totalmente diferente, el televisor me produjo una especie de estado catatónico. Ni siquiera recuerdo qué programas vi. Solo recuerdo que miré la pantalla hora tras hora, fascinada por esa cantidad de canales que no estaban antes. 

Hoy me he acordado de eso porque he tenido una sensación parecida al leer "Reflexiones de un cazador de hormigas", de Diego S. Lombardi. El libro me llegó por email hace unos días y lo empecé a leer enseguida. Me enganchó a las pocas páginas. Puede que fuese algo que había en la historia, como ese bebé propenso a sufrir convulsiones que mira a su padre con sus diminutos ojos estrábicos sin que éste sea capaz de sentir nada más que algo parecido a un ligero temor, o como los terrarios de hormigas que le obsesionan al protagonista. O puede que fuese simplemente la forma en que estaba escrito, con frases cortas y a veces inconexas que disparan el ritmo de la narración. O esa cierta voluntad experimental que hace que el lector esté atento pero que a la vez evita que nos perdamos en laberintos estilísticos. No lo sé. Solo sé que el libro tiene ese componente hipnótico y caótico de las novelas que consiguen enganchar a los lectores. Que consiguen dejarnos sentados en el sofá durante varias horas, mirando fíjamente la página de un libro. 

Después de esos cuatro días en que no hice otra cosa que mirar la televisión, mi relación con ella se normalizó. Aquí es dificil no verla, pero te acostumbras al murmullo constante, como la gente que vive al lado de las vías del tren y ya no los oye. Lo que sí recuerdo es una especie de sensación de vacío cuando decidí levantarme del sillón. La luz blanca y brillante de las pantallas siempre me ha parecido hipnótica y confortable, así que pones a prueba tu fuerza de voluntad cada vez que la apagas. Algo parecido me pasó con el libro de Diego. A veces, 122 páginas son pocas.