lunes, 28 de enero de 2013

estados hipnóticos



Cuando volví a casa de mis padres en septiembre me tiré unos cuantos días delante del televisor. Por unas cosas o por otras, nunca había uno en las casas en las que he vivido, así que se convirtió en algo completamente ajeno. Al fin y al cabo, las series y las películas las veía por internet y Cuarto Milenio lo cuelgan en la página web del programa. Pero al volver sufrí una especie de proceso de hipnotismo. En casa de mis padres la televisión está permanentemente encendida, como una presencia más. La dejan encendida incluso cuando salen a comprar el pan o bajan a tirar la basura. Da igual que no la estén viendo o que no haya nadie en el salón, la televisión sigue retransmitiendo. A veces incluso encienden dos televisores a la vez con el mismo programa y el eco suena por toda la casa, porque por alguna razón la señal llegan antes a un televisor que a otro. Después de haber estado tanto tiempo fuera y de haber vivido en un ambiente totalmente diferente, el televisor me produjo una especie de estado catatónico. Ni siquiera recuerdo qué programas vi. Solo recuerdo que miré la pantalla hora tras hora, fascinada por esa cantidad de canales que no estaban antes. 

Hoy me he acordado de eso porque he tenido una sensación parecida al leer "Reflexiones de un cazador de hormigas", de Diego S. Lombardi. El libro me llegó por email hace unos días y lo empecé a leer enseguida. Me enganchó a las pocas páginas. Puede que fuese algo que había en la historia, como ese bebé propenso a sufrir convulsiones que mira a su padre con sus diminutos ojos estrábicos sin que éste sea capaz de sentir nada más que algo parecido a un ligero temor, o como los terrarios de hormigas que le obsesionan al protagonista. O puede que fuese simplemente la forma en que estaba escrito, con frases cortas y a veces inconexas que disparan el ritmo de la narración. O esa cierta voluntad experimental que hace que el lector esté atento pero que a la vez evita que nos perdamos en laberintos estilísticos. No lo sé. Solo sé que el libro tiene ese componente hipnótico y caótico de las novelas que consiguen enganchar a los lectores. Que consiguen dejarnos sentados en el sofá durante varias horas, mirando fíjamente la página de un libro. 

Después de esos cuatro días en que no hice otra cosa que mirar la televisión, mi relación con ella se normalizó. Aquí es dificil no verla, pero te acostumbras al murmullo constante, como la gente que vive al lado de las vías del tren y ya no los oye. Lo que sí recuerdo es una especie de sensación de vacío cuando decidí levantarme del sillón. La luz blanca y brillante de las pantallas siempre me ha parecido hipnótica y confortable, así que pones a prueba tu fuerza de voluntad cada vez que la apagas. Algo parecido me pasó con el libro de Diego. A veces, 122 páginas son pocas. 


sábado, 26 de enero de 2013

las sienes de los hombres las consuelan con una máquina de escribir




 


 "Ha desaparecido al arnés que sujetaba las invertebradas lágrimas que se desprenden de un sigiloso morir en llamas. Las crepitaciones del sánscrito en la palma de mis ojos reanudan el oleaje de mi acorchado corazón en los manantiales del coas. Lloran las sangrientas noches, y veo como las sienes de los hombres las consuelan con una máquina de escribir. En los atardeceres tranquilos en los que presiento un idioma solariego, capaz de escudriñar los altares de la emoción; siento los mapas de la luz que nos conducen en danza tambaleante hacia la sombra de mis destinos desfragmentados. ¿Qué tipo de alma fingió desollar Trakl con su suicidio? ¿Qué frases marmóreas recitaba besando las arrugas en la frente del aniquilamiento? Y toda la vida es navegación sicalíptica por los mares del ensueño, un vibrar al unísono con los ruidos del vacío. Tumbado bajo un roble, inamable, cautivo del dolor, atisbando las estelas que dejan en las nubes las carcajadas infinitas del tiempo... tumbado bajo un roble, con la escarcha del amanecer entre mis dedos y las tumbas de toda una estirpe de palabras aciagas bajo mis pies, persigo, con el arpón de mi alma ciega y herida, la corrupta esencia de la vida para reprogramar el círculo de la muerte."


Leo Cáceres

[poema que me llegó hace unos días. Su autor 
me dijo que lo había escrito pensando en los
 textos que publico en el blog. A mí me encantó.] 



miércoles, 23 de enero de 2013

Quién no ha tenido, siquiera una vez, deseos de acabar de ese modo con el pequeño sistema de envilecimiento y cretinización en vigor



"Si gracias al surrealismo podemos desechar sin vacilaciones la idea según la cual las cosas que existen son las únicas posibles, y si sostenemos que por un camino que “existe”, que podemos mostrar y ayudar a seguir, se puede llegar hasta lo que se afirmaba que no existe; si no encontramos palabras suficientes para estigmatizar la bajeza del pensamiento occidental; si no tememos entrar en insurrección contra la lógica; si no juráramos nunca que un acto cumplido durante el sueño tiene menos sentido que uno ejecutado despierto; si ni siquiera estamos seguros de que no terminásemos un día (mientras tanto yo escribo:un día; yo escribo: mientras tanto), que no terminaremos de una vez con el tiempo, vieja farsa siniestra, tren perpetuo en descarrilamiento, pulso loco, inextricable amontonamiento de bestias que revientan o ya reventaron, ¿cómo se pretende que demostremos ternura o incluso tolerancia frente a un aparato de conservación de cualquiera clase? Sería el único delirio realmente inaceptable para nosotros.

Es justamente desde el repugnante hervidero de esas representaciones carentes de sentido que nace y se nutre el deseo de ir más allá de la insuficiente y absurda distinción entre lo bello y lo feo, lo verdadero y lo falso, el bien y el mal. Y como del grado de resistencia que esta idea de elección encuentra depende el vuelo más o menos seguro del espíritu hacia un mundo por fin habitable, se concibe que el surrealismo no tema hacer un dogma de la rebelión absoluta, de la insumisión total, del sabotaje sistematizado y que no espere ya nada que no provenga de la violencia. El acto surrealista más simple consiste en salir a la calle empuñando revólveres y tirar sobre la multitud al azar cuantas veces sea posible. Quien no ha tenido, siquiera una vez, deseos de acabar de ese modo con el pequeño sistema de envilecimiento y cretinización en vigor tiene su lugar señalado en la multitud, con su vientre a la altura del tiro."


André Breton
Segundo Manifiesto Surrealista


viernes, 18 de enero de 2013

enero helado // Giovanni Collazos


 


La poesía de Gio me fascinó desde el primer momento. Hace dos años que leo su blog, y no recuerdo cómo llegué a él. Supongo que saltaría de unos enlaces a otros hasta encontrarlo. Lo que sí recuerdo es la sensación de la primera vez que lo leí, esa especie de presentimiento de que había encontrado algo que merecía la pena. Debía de ser finales del 2010 y yo estaba en medio de un proyecto de autosuficiencia que se hundía por momentos, como la casa en la que vivíamos y el país entero. Nuestro empeño en depender del sistema lo menos posible nos estaba dejando agotados, y teníamos la sensación de que todo se desmoronaba a nuestro alrededor. El día anterior se había roto el calentador, no teníamos nevera, y habíamos pasado la tarde ajustando una cadena de bici a la lavadora porque no podíamos pagar al técnico que tenía que arreglarla. Lavábamos la ropa dando pedales, que era mejor que hacerlo a mano. Después de cenar, solía conectarme un rato a internet, y la mayor parte del tiempo la invertía en blogs. El de Gio se convirtió en uno de mis preferidos desde que lo encontré. Su forma de escribir tenía algo hipnótico, como un zumbido que solo oyes cuando cierras los ojos y que vibra en una frecuencia diferente. No sé si sois capaces de oírlo, yo a veces no me lo puedo sacar de la cabeza. También estaba aquel vocabulario tan rico, aquella mezcla de palabras procedentes de una latitud distinta, de una ciudad que siempre me imagino recubierta de una luz fluorescente. Aquellos poemas vibraban. Palpitaban. Pero sobre todo estaba la libertad con la que escribía. Sus ganas de experimentar y su forma de entender la poesía como algo que debe pasar antes por el corazón o por los pulmones que por la cabeza. Gio fue el que me hizo entender eso.






Luz de sombra

He visto a la luz de la sombra hundirse como espada en mi cerebro y voy hacia la noche, en la intemperie se está a salvo. El recuerdo se hace motor, entonces el silencio es vital: masticar catalepsia de mil años, agazaparme y cubrirme, gotear en el tiempo, ser rumor que se desploma, síntesis de avernos colgantes. Venerarte con el reflejo de una luz filosa, momificarte en un espejo y descomponer la voracidad de esta postrimería. Este raigambre me hace médium vigoroso. Mis tonalidades se atrincheran en tu resonancia. La verdad nunca acierta con el gusano que se adentra en la aurícula, ni atisba la mueca funámbula de mi alma. Me hallo contemplando, solidario con mi agitación, abandonado y sin réplica.


 
Contra la niebla

He puesto la mirada en el silencio eco para reanudarme
en la sombra vulva sin artificios he puesto el cuerpo

he detectado virulentos molares en los restos del fracaso
hormigas discontinuas en su canibalismo
fracturas que exclaman un poco de indecencia

me he puesto el pulso para reconocerme
recogiendo los pedazos de la turba
en un ir a la contra de la niebla

saco la aguja que se enrosca en estos arbustos de huesos
y todo se vuelve diminutivo todo parece rebosante.




Los dos poemas que aparecen en esta entrada son inéditos, pero pueden leerse más en su blog "El plebeyo". Él siempre dice que escribimos muy distinto. Yo espero que no tanto. 

miércoles, 16 de enero de 2013

Matemos a Rimbaud, adoremos a Saint-Just



 



Con apenas diecisiete años, Louis Antoine de Saint-Just abandonó la casa de sus padres y se marchó a París, cegado por la luz fluorescente que irradiaba la ciudad. El viaje fue costeado con el dinero que ganó vendiendo las joyas de su madre. En la ciudad, consiguió entrar en los círculos jacobinos por ser el autor de “Organt”, un poema en el que relataba la violación de una monja en medio de una orgía. Tenía veintidós años cuando estalló la Revolución Francesa, pero su aspecto pálido y enfermizo le hacía parecer un adolescente. Los santos capaces de afilar todas las guillotinas aparecían disfrazados de niños ojerosos. Hasta 1794, Saint-Just ocupó algunos de los cargos políticos y militares más importantes del nuevo gobierno revolucionario: teniente coronel de la Guardia Nacional, diputado, mano derecha de Robespierre, portavoz de los jacobinos de la Montaña, Presidente de la Convención, Delegado de los ejércitos del Rin y del Norte y miembro del temido Comité de Salud Pública. Las numerosas ejecuciones que se produjeron bajo su responsabilidad directa y aquel aspecto delicado le hicieron ganarse el sobrenombre de “el arcángel del terror”. Los ángeles, como los insectos, siempre habían estado en la cima de la cadena alimentaria. Y a veces podían ser caníbales: cuando estalló la sublevación de La Vendée, la piel de los vencidos fue utilizada para fabricar botas, que escaseaban en el frente, y la grasa de los cadáveres sirvió para engrasar los fusiles. Saint-Just fue el promotor de la idea, que resultó un éxito. En 1794 fue detenido y ejecutado junto a Robespierre. Su cabello rizado rodó por la tarima de madera durante unos segundos.     



[los datos han sido extraídos del libro "La facción caníbal", de Servando Rocha (La Felguera)]