Abrí La jungla pensando que era un libro sobre la
industria de la carne. Una novela sobre las grandes granjas y mataderos
industriales que día a día alimentan a millones de personas a base de
cadáveres, dolor, hormonas y antibióticos. Y sí, en La Jungla hay todo
eso, hay animales enfermos que son sacrificados y envasados en forma de fiambre, carne en mal estado mezclada con
toda la demás, cerdos sacrificados a golpes en habitaciones donde la sangre
llega a los tobillos. Prácticas que fueron denunciadas entonces pero que no han
cambiado mucho:
No hace falta decir que hacinar aves deformes, drogadas
y sometidas a un alto nivel de estrés en una sala asquerosa y llena de heces no
resulta muy saludable. A parte de las deformidades, los pollos de granjas
industriales sufren problemas de visión, infecciones bacterianas en los huesos,
parálisis, hemorragias internas, anemia, tendones rotos, las patas y los
cuellos torcidos, enfermedades respiratorias y sistemas inmunitarios
debilitados. Los estudios científicos y los estudios gubernamentales indican
que prácticamente todos los pollos (alrededor del 95%) presentan una infección
de E.coli (un indicador de contaminación fecal) y que entre el 39 y el 75% de
los que llegan a las tiendas siguen infectados. De un 70 a un 90% presenta
infecciones de otro patógeno potencialmente letal: la campylobacteria. Suele
recurrirse a baños de cloro para eliminar la suciedad, el hedor y las
bacterias.
Pero La Jungla es mucho más. La novela de Upton Sinclair
es la historia de cómo los de arriba torturan y asesinan a los de abajo, de
cómo el capitalismo es otro gran matadero donde los animales somos nosotros. [Ostrinki
le demostró que los conserveros habían sacado de él exactamente el mismo
beneficio que obtenían de uno de sus puercos. En eso, obreros y animales se
encontraban igualados, y de unos y otros obtenían los patronos idénticos
beneficios] Durante treinta y seis capítulos asistimos a la explotación
laboral, a la humillación, a la impotencia, a la destrucción de la masa de
trabajadores que nutre la industria cárnica de Chicago. A un dolor que te hace
un nudo en el estómago mientras estás leyendo.
Y, sin embargo, en el libro hay
también esperanza. No la esperanza individual de encontrar la salida del
laberinto, sino la esperanza colectiva de derribar sus paredes. La esperanza de
acabar con un sistema que se alimenta del dolor de los que estamos abajo. Dicen
que cuando un cerdo consigue escapar de la granja, levanta los pestillos de las
cercas de sus compañeros. Quizá podamos aprender algo.
[[La primera cita es de
Comer animales, de Jonathan Safran Foer (Seix Barral). La segunda de
La jungla, De Upton Sinclair (Capitán Swing)]]