Hace demasiado calor para leer a Lautréamont. Para leer a un loco que tortura a otros locos y recorre los cementerios cegado por la absenta. Para leer
cuando besaba a un niño de rostro sonrosado hubiese querido arrancar sus mejillas con una navaja y lo habría hecho a menudo si la Justicia, con su largo cortejo de castigos, no lo impidiese. Maldoror me susurra al oído con la boca llena de hojas de belladona y no me deja dormir. Me cuenta cómo aplastó la cabeza de un ahogado con una piedra para que no pudiese salir del agua, cómo violó y asesinó a una niña que dormía entre la maleza, cómo ejecutó a tres mujeres.
Coloqué la suave gracia de los cuellos de tres muchachas bajo la cuchilla. Ejecutor de la justicia, solté el cordón con la experiencia aparente de una vida entera, y el hierro triangular, cayendo oblicuamente, cercenó tres cabezas que me miraron con dulzura. Hace calor y
Los cantos de Maldoror es un libro horrible, y sexual y febril y no me deja dormir. Leo que Lautréamont murió a los 24 años por una enfermedad infecciosa en el cuarto de una pensión. Que su familia siempre mantuvo que había sido envenenado por su vinculación con grupos de extrema izquierda, pero ni siquiera fueron al entierro. Decían que era un enfermo y un blasfemo y que ardería en el infierno. Pero a Lautréamont eso le habría gustado.