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miércoles, 24 de junio de 2015

La ciudad es un campo de batalla


[Derribos en El Cabanyal, Valencia. 2010]


[Derribo de Ofelia Nieto 29, Tetuán, Madrid. 2015]



[Derribos y tapiados en Bon Pastor, Barcelona, 2008]


[Derribos en La Ventilla, Tetuán, Madrid. 2007]


[Derribos en la Colònia Castells, Barcelona. 2011]



"La distribución circular de las chozas alrededor de la casa de los hombres tiene una importancia tan grande en lo que concierne a la vida social y a la práctica del culto que los misioneros salesianos de la región del Río das Garças comprendieron rápidamente que el medio más seguro para convertir a los bororo es el de hacerles abandonar su aldea y llevarles a otra donde las casas estén dispuestas en filas paralelas. Desorientados con relación a los puntos cardinales, privados del plano que les proporciona un argumento, los indígenas pierden rápidamente el sentido de las tradiciones."

Lévi-Strauss, "Tristes trópicos" (1955) 





viernes, 20 de marzo de 2015

Infancia y control social. El discurso de los abusos como método de disciplinamiento





Hace un tiempo publiqué un artículo que resumía una parte importante del trabajo con el que me titulé en sexología. El trabajo analizaba cómo en la sociedad actual los niños son objeto de un control casi absoluto. Carentes de toda autonomía y privados de cualquier capacidad de decisión, cada minuto de su día a día está fuertemente controlado, sometido a vigilancia, incluido dentro de un horario. Bajo el objetivo de la protección, los niños son sometidos a un control cada vez más intenso, especialmente en lo que se refiere a sus relaciones con otros niños y, sobre todo, a sus relaciones con los adultos. Profesores, vecinos, monitores, familiartes: todos pueden cometer abusos, todos son sospechosos, todos deben ser vigilados. El pederasta es el nuevo monstruo social, el catalizador de todos los temores y las iras de la sociedad. 

Sin embargo, estos monstruos sociales no aparecen de forma espontánea. Responden a una forma de organización social y a una distribución del poder concretas, a unas estrategias de dominación y a unos intereses determinados. Cuando de analiza el origen del actual discurso sobre los abusos durante la infancia, descubrimos que aparece en un momento y un lugar muy concretos: la década de los años ochenta en Estados Unidos. No es casualidad que se discurso tuviese a los niños como principal objetivo, ya que fabricar adultos obedientes pasa por fabricar niños obedientes. Si se consigue crear niños atemorizados, aislados y sometidos, podremos crear adultos incapaces de rebelarse, de cuestionar el orden actual de las cosas. Habremos acabado con la posibilidad del cambio. 

Finalmente la tesina nunca llegó a convertirse en tesis -la falta de pasta y el asfixiante mundo académico me quitaron las ganas-, pero creo que había algunas ideas que merecían la pena, y casi todas ellas están resumidas en el artículo. Se publicó online AQUÍ, pero además ahora Piedra Papel Libros ha decidido editarlo en papel en formato fanzine AQUÍ.

miércoles, 11 de marzo de 2015

La Hermandad del Espiritu Libre. Violencia y nihilismo en la Europa medieval







“Sería mucho mejor que el mundo
fuese destruido y pereciera totalmente
a que un hombre libre se abstuviera
de un acto que le pida su naturaleza”

Anónimo. Acta de confesión de un
miembro del Espíritu Libre ante la Inquisición



A pesar de ser finales de primavera, en Colonia hace un día oscuro y tormentoso. El cielo llena la ciudad alemana de sombras, pero las verdaderas tempestades bullen en la oscuridad de los callejones. Jean de Brünn, miembro de la Hermandad del Espíritu Libre, está siendo torturado por la Inquisición. La tormenta ahoga sus gritos, pero los rumores se han extendido por toda la ciudad. La consigna del poder ha sido clara, y sus órdenes se cumplirán una por una. El Espíritu Libre debe ser erradicado.

Desde casi un siglo antes de aquel oscuro día de 1335, la doctrina predicada por los adeptos al movimiento herético amenaza con destruir toda forma de poder y dominación en los lugares en los que ha ido arraigando. Las herejías y los movimientos contestatarios se han extendido como una plaga por la mayor parte de las ciudades del centro y oeste de Europa ante la mirada impotente de los guardianes del orden, pero el Espíritu Libre será diferente a todas ellas. Sus adeptos no buscan apuntalar las ruinas de una Iglesia que se hunde en la corrupción y la decadencia ni imponer nuevas formas de dominación. Lo que distinguirá a los miembros del Espíritu Libre de todos los demás herejes medievales será su total falta de moralidad. No se trataba de imponer un nuevo orden, sino de destruirlos todos.

Los miembros de la Hermandad se consideraban a sí mismos hombres libres, y, por tanto, creían que no tenían por qué someterse a ninguna norma, fuese del tipo que fuese. Johan Hartman, un adepto arrestado y torturado en Erfurt al mismo tiempo que Brünn, lo había expresado con toda claridad en uno de los escritos que dejará tras su muerte: “El hombre verdaderamente libre es rey y señor de todas las criaturas. Todas las cosas le pertenecen, y tiene derecho a usar todo lo que le agrade. Si alguien intenta impedírselo, el hombre libre puede matarle y tomar sus bienes.” Los textos de Brünn, por los que será torturado hasta la muerte, serán todavía más explícitos. En ellos afirmaba que Dios había creado todas las cosas en común, lo que significaba que todas las cosas debían ser compartidas por los “libres de espíritu”. Si alguien poseía alimentos, era porque debía servir a las necesidades de los hermanos del Espíritu Libre. En la práctica, esta afirmación implicaba que el adepto era libre de comer en una taberna y negarse a pagar. Si el tabernero intentaba cobrarle, merecía ser azotado. En el caso de que un hermano necesitase dinero, debía pedir limosna. Si se la negaban, tenía total libertad para tomarla por la fuerza, y no debía sentir escrúpulos ni siquiera en el caso de que la otra persona muriera de hambre como consecuencia del robo. Cualquier tipo de acto violento estaba justificado, desde las amenazas y las extorsiones a los asaltos a mano armada o los asesinatos. En sus textos, Brünn reconocía haber cometido todos esos actos y afirmaba que eran muy comunes entre los miembros de la fraternidad. Los adeptos no sentían ningún respeto por nadie que no perteneciese a la comunidad y no reconocían la propiedad privada, por lo que sostenían que no tenían por qué someterse a ella. “Creen que todas las cosas son propiedad común”- escribía el obispo de Estrasburgo en 1317- “de donde deducen que el robo les está permitido”.

La construcción teórica que estaba detrás del comportamiento violento y amoral de los miembros del Espíritu Libre hundía sus raíces en una cosmovisión religiosa, pero a la vez acababa negando la sumisión a cualquier deidad o institución eclesiástica. Una vez que el adepto era considerado un miembro de la Hermandad, se situaba al mismo nivel que Dios. Desde ese momento, su voluntad era la voluntad de Dios, por lo que solo se debía obediencia a sí mismo. La doctrina de la Iglesia católica había aceptado la unio mystica, una especie de comunión con Dios que experimentaban algunos santos y mártires en momentos puntuales de su vida. Sin embargo, esta doctrina era muy diferente de la defendida por el Espíritu Libre, cuyos miembros afirmaban ser idénticos a Dios. En la práctica, esto se traducía en que los adeptos predicaban haber sobrepasado a Dios, y por tanto, no tener necesidad de él. La comunidad de mujeres de Schewidnitz, que pertenecieron a la Hermandad y jugaron un papel fundamental en la difusión de sus ideas, afirmaban que sus almas habían alcanzado, gracias a sus propios esfuerzos, una perfección mayor que la que habían tenido cuando emanaron de Dios y mayor aún de la que Dios quería que tuvieran. Predicaban que tenían tal autoridad sobre el Espíritu Santo que podían “conducirlo como una silla”. Este tipo de afirmaciones eran frecuentes entre los miembros de la Hermandad, que se consideraban a sí mismos completamente omnipotentes, por lo que afirmaban que ya no tenían ninguna necesidad de Dios. “Cuando Dios creó todas las cosas”- sostenía una adepta de Schewidnitz-“yo las creé con él. Soy más que Dios”.

Esta autodeificación de los miembros del Espíritu Libre hacía que la idea de la salvación perdiese sentido. Hiciese lo que hiciese, un adepto no podía pecar, ya que cualquier acto realizado por Dios era sagrado en sí mismo. Los asesinatos, los robos o los asaltos cometidos por un miembro del Espíritu Libre eran actos sagrados, y el adepto no tenía por qué sentir ningún tipo de remordimiento. Es más, las víctimas debían estar agradecidas de poder servir a Dios, y si no era así, el adepto era libre de castigarlas como desease, incluyendo el asesinato. Por su parte, si el miembro de la Hermandad moría en el transcurso de la pelea, tampoco tenía ninguna importancia, ya que su alma tenía asegurada la salvación eterna.

La imposibilidad de pecar hacía que también careciesen de sentido los medios de salvación impuestos por la Iglesia. Ni los sacramentos, ni la castidad, ni la predicación, ni los votos tenían ningún valor, y la intercesión de la Virgen y los santos se habían convertido en algo carente de sentido. Para los “libres de espíritu”, actos como un encuentro sexual no podían ser pecaminosos, ya que eran realizados por el mismo Dios. De hecho, se consideraba que una de las señales más claras de que el adepto había alcanzado el lugar de Dios era, precisamente, la facilidad de tener un comportamiento promiscuo sin temor de pecar ni de tener remordimientos de conciencia. Algunos adeptos llegaban incluso a atribuir un valor trascendental al acto sexual cuando era realizado por ellos, llegando a afirmar que tras el encuentro se recuperaba la virginidad.


Para llegar a este estado de divinidad era obligatorio que los discípulos se sometiesen a un periodo de aprendizaje que comenzaba con un voto de obediencia ciega que se realizaba de rodillas. Este voto se dirigía no hacia la orden o la divinidad, sino hacia una persona concreta que actuaba como maestro. Se consideraba que el voto anulaba todos los que se hubiesen hecho antes, ya fuesen los de una orden religiosa o los del matrimonio. A partir de entonces, el discípulo tenía la seguridad de que no podía pecar, fuesen cuales fuesen sus actos. Si actuaba por orden del maestro podía asesinar o robar sin ningún remordimiento, puesto que había entrado en un estado de “inocencia primitiva” en el que el único pecado posible era la desobediencia o negación del maestro. Una vez superado el periodo de aprendizaje, el discípulo pasaba a ser miembro de la Hermandad, lo que implicaba que a partir de entonces no se debía obediencia más que a sí mismo.

Esta doctrina de negación de todo orden existente que difundían los adeptos al espíritu Libre los convirtió en un enemigo prioritario para el poder. Durante más de cinco siglos, entre el XI y el XVI, los miembros del movimiento fueron perseguidos por papas, emperadores y príncipes. Primero de forma pública y luego en la clandestinidad, los miembros del Espíritu Libre predicaron su doctrina a lo largo y ancho del continente europeo, irradiándose a partir de Colonia, la ciudad que actuaría como epicentro de la herejía. El rechazo absoluto a cualquier tipo de sumisión o límite hizo a los miembros del Espíritu Libre sujetos peligrosos para los poderosos, que los persiguieron, torturaron y asesinaron sin descanso. Su desafío constante a todo tipo de límites y normas les llevará a rechazar todas las leyes y convenciones sociales, desde las bulas papales a las normas corrientes de conducta. En muchas ocasiones, los miembros de la Hermandad vestían como la nobleza, con joyas y tejidos caros. En la Edad Media, cuando la ropa era un signo claro del estamento al que se pertenecía, ese comportamiento creaba confusión y resentimiento entre los estamentos privilegiados, ya que suponían una amenaza a su posición: “No tienen uniforme”, se lamentaba un clérigo alemán . “A veces visten de modo costoso y disoluto, otras muy miserablemente, siempre según el tiempo y lugar. Como creen que no pueden pecar, piensan realmente que les está permitido cualquier modo de vestir”.

El rechazo a todo tipo de norma social les llevará también a no respetar las relaciones sociales convencionales. Instituciones como la familia o el matrimonio carecían de sentido para los miembros de la Hermandad, que abandonaban sus casas y sus hogares para predicar de ciudad en ciudad o vivir en comunidades donde no existían la propiedad privada ni las jerarquías y donde sus miembros tenían total libertad para actuar como desearan. En estas comunidades tuvieron una gran importancia las mujeres, que fueron miembros muy activos de la Hermandad del Espíritu Libre. El nulo respeto por todo tipo de convención social hacía que para los adeptos careciese de sentido la división sexual del trabajo. La distinción se establecía entre los miembros de la Hermandad y el resto de la población, que se situaba en un nivel inferior en tanto que no había alcanzado la divinidad. Entre los miembros de la Hermandad, en cambio, no existían diferencias de ningún tipo, ya que todos se habían convertido en Dios o incluso le habían superado. Las mujeres llevaban el mismo tipo de vida que los hombres, tanto dentro de las comunidades como cuando decidían predicar por los caminos y las aldeas. De hecho, uno de los documentos que han permitido tener un conocimiento más exacto de la doctrina del Espíritu Libre fue escrito por una adepta que tuvo un papel muy destacado dentro del movimiento, Marguerite Porete. En el libro, titulado “Le mirouer des simples ames”, no solo se describen las bases doctrinales que sustentaban la radical afirmación de libertad de la Hermandad, sino también la vida cotidiana de sus miembros. El texto suponía un desafío de tal magnitud al orden existente que el poder persiguió a Porete sin descanso, obligándola a pasar a la clandestinidad. En 1310 fue finalmente detenida, torturada y quemada viva.

El destino de Marguerite Pouret y Jean de Brünn sería compartido por mucho miembros de la Hermandad, asesinados por la Inquisición después de interminables sesiones de tortura. El poder no podía permitir la extensión de una doctrina que negaba cualquier tipo de norma o limitación y que dinamitaba el orden social existente. El comportamiento anárquico y violento de sus miembros y las bases nihilistas de su pensamiento eran incompatibles con la sumisión a toda forma de poder o autoridad, y los guardianes del orden no podían consentirlo. En un texto escrito hacia 1330 en Colonia, el hermano Heinrich Suso describía a la perfección las ideas que convertían a los adeptos en sujetos peligrosos para la dominación.  Explica que una tarde de domingo, mientras estaba sentado dedicado a la meditación, se le apareció una extraña presencia. Suso le preguntó “¿De dónde vienes?” y la presencia respondió “No vengo de ninguna parte”. “Dime ¿quién eres?”. “No soy”. ¿Qué deseas?”. “No deseo”. “¡Esto es un milagro! Dime ¿cómo te llamas?”. “Me llaman violencia sin nombre”. “¿Qué pretendes?”. “Llegar a una liberad sin trabas”. “Dime, ¿a qué llamas libertad sin trabas?”. “Cuando un hombre vive según todos sus caprichos, sin distinguir entre Dios y él y sin mirar ni hacia delante ni hacia atrás”. 

jueves, 22 de enero de 2015

Una historia de traición

[Ejecución de miembros de Naradnoia Volia]




Vera Figner, miembro del comité ejecutivo de Naradnoia Volia está en su casa en la pequeña ciudad rusa de Karkov cuando recibe la terrible noticia: la imprenta clandestina de Odesa, responsable de la difusión de las ideas de la sociedad secreta, acaba de caer. Las pérdidas son incalculables. La policía no solo ha desmantelado toda posibilidad de continuar imprimiendo periódicos y panfletos, sino que además ha detenido a las cinco personas encargadas de las publicaciones. Después de años de actividad revolucionaria han sido muchos los compañeros detenidos y encarcelados, pero esta vez han caído camaradas fundamentales para la sociedad secreta, militantes que llevan años en la clandestinidad. Vera no teme la traición, pero sabe que las torturas de la policía secreta rusa pueden ser muy persuasivas.

Unos días más tarde, recibe una nota para que acuda con urgencia a uno de los pisos francos repartidos por Karkov. Cuando abre la puerta se encuentra con una de las pocas cosas que nunca podría haber imaginado: frente a ella está Degaiev, detenido en la operación que había desmantelado la imprenta. Su historia es algo confusa, pero Vera está demasiado emocionada para detenerse en los detalles. Cuenta que se ha escapado del coche en el que le trasladaban los gendarmes, que ha conseguido llegar a uno de los pisos francos de Odesa y de allí salir para Karkov gracias a sus contactos. Degaiev balbucea y se contradice, pero Vera le cree. Es uno de sus hombres de confianza, es a él al que le ha encargado la difusión de las publicaciones de la sociedad secreta, que permiten expandir las semillas de la tormenta en cientos de miles de mentes.

Degaiev se integra de nuevo a la actividad revolucionaria, pero no es el mismo. Está nervioso y pálido, con la cabeza en la otra parte. Hace muchas preguntas. Una tarde Vera no lo encuentra en casa al volver de una de las reuniones del comité. Tampoco va a dormir. Ella no se extraña, sabe que la militancia exige muchas noches en vela. A la mañana siguiente, el 10 de febrero de 1884, Vera es detenida cuando sale de casa. Inmediatamente es trasladada a la fortaleza de Pedro y Pablo, en San Petersburgo, una de las cárceles más temibles del régimen zarista. Allí la golpearán y la torturarán durante dos días sin conseguir nada. El inspector decide cambiar de táctica. En su despacho enseña a Vera un informe manuscrito de más de cincuenta páginas. En él se describe toda la actividad de Naradnoia Volia, su organización interna, el funcionamiento de los distintos comités. Al final, en fichas individuales, hay decenas de datos de prácticamente todos los militantes que componen la organización. Vera se da cuenta de que todo está perdido. El inspector le da la vuelta al manuscrito y le muestra una firma: Degaiev.

La traición de Degaiv permitió la desarticulización de Naradnoia Volia, la organización revolucionaria responsable de decenas de atentados contra el régimen zarista. Nunca se supieron las razones. No se debía a la tortura después de la detención, el informe dejaba claro que Degaiev llevaba al menos dos años recogiendo datos e informando a la policía. Tampoco era un infiltrado, cuando comenzó a colaborar con la ojrana llevaba seis años de militancia en la organización, a la que había llegado por sus ideas. Seis años de convivencia, de amistad, de trabajo, de amores. Las consecuencias fueron desastrosas: prácticamente todos los miembros de la organización fueron detenidos, encarcelados, torturados, deportados a Siberia, condenados a trabajos forzados o ejecutados. Muchos de ellos se suicidaron durante la detención o en la cárcel. Vera Figner fue condenada a la horca pero su pena se conmutó por una cadena perpetua de trabajos forzados en la fortaleza de Schlüsserlburg. De Degaiev nunca se supo nada más. Su rastro se perdió para siempre la noche del 9 de febrero. 

martes, 18 de noviembre de 2014

De la distancia entre Nueva York y México DF






Nueva York. El centro del poder financiero se alza imponente en medio de un perímetro de seguridad prácticamente impenetrable. Decenas de bloques de cemento, vallas de metal, barricadas de acero, cámaras de vigilancia, bolardos antivehículos, policías armados y perros antibomba defienden el edificio donde se encuentra la Bolsa de Nueva York. Tras ellos, un segundo perímetro formado por seguridad privada y circuitos de cámaras de vigilancia controla los pasos del puñado de privilegiados que han podido acceder al recinto. El resultado es similar al de una ocupación militar. No importa que en realidad la mayoría de operaciones bursátiles se realicen en las pantallas de ordenadores situados por todo el planeta: lo que importa es el símbolo. Después de la caída de las Torres Gemelas, Wall Street debe mantenerse en pie a toda costa. Mucho más que la Casa Blanca, la Bolsa representa el poder de un imperio que mantiene su control sobre el resto del planeta a base de operaciones económicas, pero también a base de ocupaciones militares. El capitalismo se haya permanentemente en guerra. 

A escasa distancia de allí, el solar donde se encontraban las Torres Gemelas representa el fracaso en los intentos de ejercer un poder omnímodo. Siempre hay grietas, y a veces son tan grandes que hacen que se derrumben edificios enteros. Pero los imperios deben seguir demostrando su poder. El proyecto para el solar es un edificio aún más imponente, símbolo del estado de guerra perpetuo. La Torre de la Libertad contará con un zócalo de cemento armado a prueba de coches bomba que se extenderá hasta el piso veinte. En esos veinte primeros pisos no habrá nada a excepción del vestíbulo de entrada. El poder se eleva sobre la calle, que es sucia y peligrosa. Alrededor del edificio, una serie de enormes bloques rectangulares similares a lápidas protegerán la estructura contra todo tipo de ataques potenciales. La vida y la muerte se confunden.







México DF. El arquitecto Luis Barragán construye una casa en el barrio de Tacubaya. Por primera vez está levantando un edificio que él mismo va a habitar. Tacubaya es un barrio popular, poblado de casas modestas y un gran número de talleres, tiendas y fondas. Barragán decide construir una casa guiada por una única idea: que carezca de comunicación con el exterior. La fachada principal de la casa ha sido eliminada y sustituida por un muro con las mínimas aberturas posibles. La sensación que se tiene al observarla es la de un cubo herméticamente cerrado, a excepción de alguna elevada ventana reticular  o las puertas de acceso peatonal y del vehículo, especialmente anodinas. De hecho, la pared es tan sobria y austera que parece inacabada. Con ello se consigue la creación de un exterior anónimo y vulgar que protege el lujoso interior. La casa es un búnker. En el estado permanente de guerra, son los únicos edificios que tienen sentido, los únicos capaces de administrar la vida y la muerte. 

domingo, 5 de octubre de 2014

De cuando Eliphas Lévi predijo la llegada de las sombras




Londres, 1845. El ocultista francés Eliphas Lévi ha viajado a la ciudad inglesa guiado por un presentimiento que no puede quitarse de la cabeza. Desde hace meses, todas las señales indican que debe abandonar París y sumergirse en la tenebrosa Londres, deambular por sus callejones húmedos y oscuros, escuchar los susurros que abren las puertas de los infiernos. Nada más llegar, alquila un pequeño estudio en una buhardilla con las paredes llenas de manchas de moho, barata pero tan tenebrosa como sus presentimientos. No sabe por qué ha venido a Londres, pero sabe que debe estar atento, que los acontecimientos están a punto de precipitarse, que las sombras están a punto de desvelar sus secretos.


A los pocos días de su llegada, Lévi entra en contacto con los círculos rosacruces, cuyos miembros también han percibido la leve agitación de la materia que precede al caos más hermoso y salvaje. Conscientes de que Lévi tiene un importante papel que jugar, le han buscado por toda la ciudad, callejón tras callejón, susurro tras susurro. El francés es solo un estudioso, alguien que conoce las fuerzas ocultas que duermen en la ciudad por los textos revelados, pero nunca ha entrado en contacto directo con esas fuerzas. Hasta entonces. Alentado por los rosacruces, Lévi inicia una serie de invocaciones que cambiarán su vida para siempre. Aunque se negará a hablar de sus visiones, se sabe que en una de ellas contactó con Apolonio de Tiana, un matemático y místico griego fallecido siglos antes. La misión de la presencia es indicarle dónde se encuentra el Nyctamerion, un texto revelado que hasta entonces había permanecido escondido a la vista de los hombres. Tomando ese texto como referencia, Lévi elaborará uno de los libros ocultistas más importantes de todos los tiempos, Dogma y ritual de la alta magia

A partir de entonces las visiones de Lévi serán frecuentes. Aquejado de una enfermedad coronaria, el ocultista sufría desmayos que le llevaban a experimentar estados de trance. En esos estados será capaz de conocer las señales que anuncian los abismos, los murmullos que presagian la llegada de acontecimientos oscuros. Una de esas visiones será de París. En ella, Lévi verá la ciudad en medio de una fuerte tempestad que dejaba las calles llenas de cadáveres. Consciente de que París se sume en las sombras, decide volver definitivamente a su ciudad natal. Han pasado muchos años desde que la abandonó, y en todo ese tiempo solo ha hecho alguna visita temporal, apenas unas semanas. Cuando regresa, encuentra una ciudad llena de susurros, tomada por energías oscuras que conspiran en las sombras. Comienza a ganarse la vida dando clases particulares de cábala, pero en realidad espera. Espera a que lleguen los acontecimientos de sus visiones, a que se desate la tormenta que ha visto en sus estados de trance. 

No pasará mucho tiempo. Solo unos meses después de su llegada, un levantamiento popular declarará la Comuna de París. Agotada su única fuente de ingresos, Lévi vagará por la ciudad hambriento y desesperado, buscando señales del abismo. Sabe que queda poco tiempo, que las sombras están a punto de abatirse sobre la ciudad como una plaga de langostas. Encerrado en su pequeña buhardilla, verá llegar a las sombras, oirá los disparos, verá caer los cuerpos sobre la acera. Esas visiones, más terribles aún que las de sus estados de trance, le perseguirán toda la vida, produciéndolo fuertes dolores de cabeza. Morirá solo cuatro años después, sin que esos dolores le hayan abandonado nunca. 

viernes, 26 de septiembre de 2014

El nombre maldito de Nechayev

[Sergei Nechayev]



El 13 de mayo de 1881, un atentado terrorista acababa con la vida del zar Alejandro II. Los responsables eran miembros de la organización revolucionario Narodnaia Volia, un grupo de tendencia nihilista que había atentado contra el régimen en numerosas ocasiones desde su formación en 1879. Esta vez la acción había estado a punto de ser un desastre. La primera bomba, lanzada por un joven de aspecto frágil llamado Niko­lái Rysakov, apenas había dañado el carruaje en el que viajaba el zar, que había conseguido salir por su propio pie del vehículo. Rysakov había sido ­detenido de inmediato, pero antes de que los cosacos pudie­sen llevárselo para ha­cerlo ­­de­saparecer en alguna de las ­temibles cárceles zaristas, el joven había tenido tiempo de gritar algo a la multitud que se agolpaba en la calle para ver lo sucedido. Aquel grito funcionaba como una clave, una contraseña capaz de detonar artefactos y hacer saltar por los aires regímenes enteros. La segunda explosión no se hizo esperar. Ignati Grinevitski lanzó un paquete bomba que cayó al lado del zar, destrozándole las piernas. El monarca moriría desangrado unos minutos más tarde en su habitación del Palacio de Invierno. En res­puesta, el Esta­do se cobraría la vida de cinco miembros de Narodnaia Volia, que serían condenados y ejecutados a principios de abril. Sin embargo, la oleada represiva emprendida por el zarismo no conseguiría acabar con el terrorismo revolucionario, que se extendía cada vez con más fuerza por todo el país. Un ejército de terroristas, anarquistas, nihilistas y conspiradores profesionales miraba atentamente los planos de las ciudades buscando puntos débiles en el trazado de sus calles, lugares susceptibles de albergar bombas, rincones oscuros que escapasen al control de la policía. Las conspiraciones se sucedían una tras otra. Las ciudades se habían convertido en una trampa para los poderosos.

La organización Narodnaia Volia suponía la culminación de un movimiento que se mantendría hasta la caída del régimen, pero que había comenzado 20 años antes, con un acontecimiento que mostraba las tormentas que estaban a punto de desatarse. En noviembre de 1869 el cuerpo de Ivan Iva­novich, un estudiante de medicina conocido por su compromiso político, era encontrado en el fondo de un estanque situado en las afueras de Moscú. El cadáver tenía un agujero de bala en la frente y los bolsillos llenos de piedras para que se hundiese con más facilidad. La policía inició una investigación que daría resultados sólo cuatro días más tarde. El responsable del crimen era Sergéi Nechayev, un joven de aspecto desaliñado que lideraba una pequeña organización de tendencia nihilista llamada Narodnaia Rasprava, la Justicia del Pueblo. La noticia conmocionó a la sociedad rusa, que vivía ajena a la realidad que ahora salía a la luz. En los sótanos y los callejones de las ciudades, decenas de jóvenes nihilistas conspiraban para acabar con el poder. Traían consigo la pólvora y la tormenta.

Antes de ser detenido, Ne­chayev consiguió abandonar Rusia con un pasaporte falso y llegar a Ginebra, donde contactó con Bakunin. El anarquista tenía 55 años y el cuerpo lleno de las cicatrices que dejan las barricadas, la cárcel y el exilio, pero aquel joven de apenas 20 años consiguió impresionarle. Nechayev era el ángel de la revolución, la señal que anunciaba la llegada de una nueva generación de revolucionarios con los bolsillos llenos de casquillos de bala. En el pequeño apartamento en el que vivía Bakunin, Nechayev escribió uno de los manifiestos políticos más violentos y amorales de todos los tiempos: El catecismo revolucionario. El texto contenía un conjunto de recomendaciones sobre cómo debía ser la vida y la estrategia de los militantes, pero era mucho más que eso. Aquel manuscrito era el cuerpo teórico de una nueva doctrina, el libro fundacional de una sociedad secreta de hombres y mujeres malditos que estaban dispuestos a sembrar el terror entre los poderosos. A esa sociedad secreta pertenecerían los miembros de Narodnaia Volia, pero también muchos otros antes y después de ellos. A todos se les podía reconocer por la mirada de rabia y las manchas de pólvora en el abrigo.
Seis meses después de su llegada, Nechayev decidió regresar a Rusia con una identidad falsa. El siguiente paso era poner en marcha la organización que debía llevar a la práctica aquellas ideas, desatar la tormenta, sembrar el terror.
Sin embargo, antes de abandonar la ciudad robó de casa de Bakunin y Herzen numerosa documentación que podía hacer peligrar la vida de ambos si caía en manos de la policía. Con ello Nechayev no solo conseguía documentos que podían servirle como salvoconducto en los círculos revolucionarios, sino también información con la que poder extorsionarles en caso de que las cosas no sucediesen como estaban previstas.
La traición resultó muy dolorosa para Bakunin, que había establecido un vínculo con Nechayev que iba mucho más allá de la simple afinidad política. El viejo revolucionario no sólo había sido influenciado por la visión de la violencia de Nechayev, mucho más inmediata que la del anarquista, sino que también se había sentido fascinado por aquel joven de aspecto hipnótico. Había visto en él la promesa de una tormenta capaz de hacer saltar por los aires los mecanismos de dominación.
Sin embargo, la realidad era muy distinta. Nechayev había exagerado conscientemente las informaciones que había transmitido a Bakunin sobre la situación de Rusia. El país no estaba al borde de la insurrección ni el joven nihilista lideraba ninguna organización masiva. Nechayev no había hecho más que inventar una historia que pudiese impresionar al revolucionario y le permitiese conseguir sus objetivos. Al fin y al cabo, los medios no eran más que otro nombre que darle a los fines.
A partir de la difusión de su texto, el nombre de Nechayev sería una palabra temida por los poderosos y maldecida por la Historia, capaz de inspirar terror y desatar el pánico. El nihilista pasaría sus últimos ­días en prisión, pero su nombre seguiría siendo susurrado mucho después de su muerte. Como recoge la edición de La Felguera a través de la correspondencia que acompaña al texto de El catecismo revolucionario, ese nombre no sólo obsesionaría a un Bakunin que seguiría hablando de él durante años, sino también a figuras como Dostoyevski, para el que los jóvenes nihilistas no eran más que una “piara de cerdos”. Ese nombre seguía funcionando como una clave, como una contraseña capaz de conjurar el terror y despertar a los demonios. Como un artefacto explosivo.



[artículo publicado originalmente en la edición impresa del periódico Diagonal y en la web. Enlace AQUÍ]

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Integridad cutánea



Llevo varias semanas leyendo informes forenses para un proyecto que tengo entre manos. Algunos son de casos conocidos que fueron noticia hace algunos años, otros apenas merecieron un par de líneas en la prensa, o ni siquiera eso. Todos son de muertes violentas, desde asesinatos premeditados a palizas y procesos de tortura de varios días. Todos han sido escogidos en función de la repetición de unos mismos ritos, de unos actos que cometieron todos los asesinos a pesar de las distancias temporales y geográficas y de las distintas motivaciones para cometer el crimen. Creo que hasta ahora nunca había leído un informe forense completo, solo algún fragmento. Una de las cosas que más me ha sorprendido es lo hermoso que es el lenguaje que utilizan: "la muerte se produjo por destrucción de centros vitales encefálicos", "la parte superior izquierda de la cavidad torácica ha sufrido fenómenos de transformación", "la integridad cutánea es completa". Supongo que se debe a que no estoy acostumbrada a la jerga médica, pero es como si tratase de ser un lenguaje tan preciso y tan técnico que acabase cayendo en lo poético. Como si fuese imposible que las palabras fuesen precisas.

Otra cosa bastante sorprendente es lo sencillo que es olvidarte de que se trata de personas reales. En uno de los informes aparecía que el cadáver tenía un hematoma de treinta y cinco centímetros. Recuerdo que lo subrayé y fui a por una cinta métrica para hacerme una idea precisa de cuánto eran exactamente treinta y cinco centímetros. Después anoté algo en el margen del folio y seguí leyendo. No le di más importancia hasta que llegué al siguiente informe, que pertenecía a Agustín Rueda, un militante anarquista asesinado de un paliza por los funcionarios de la cárcel de Carabanchel en 1978. El caso de Agustín era probablemente el único con el que tenía un vínculo previo a la lectura del informe. He crecido en Aluche, al lado de la cárcel de Carabanchel, y supongo que tengo la silueta de la prisión en el fondo de la retina. En el barrio se conocían mucho las historias de los presos, porque sus familiares hacían cola allí mismo para entrar a visitarles y hablaban de lo que pasaba dentro. El caso de Rueda había sido particularmente doloroso, porque había asesinado después de varios días de tortura. Solo tenía 25 años y estaba lejos de casa.

Supongo que ese vínculo es lo que me hizo darme cuenta de lo que estaba leyendo. De lo que había detrás de aquel lenguaje. El informe de Rueda hizo que se me cayesen las lágrimas. Volví a coger la cinta métrica y coloqué aquellos treinta y cinco centímetros sobre mi piel. En mi cuerpo, ocupaban prácticamente todo el abdomen, desde la cadera al pecho. Tuve que dejar de leer.



"No hay huellas de ataduras, por lo que la víctima ha podido intentar defenderse de la lluvia de golpes que ha caído sobre él cubriéndose cabeza y cara con las manos, de ahí las escasas lesiones en el rostro y en la mitad anterior de la cabeza, mientras que están especialmente contusionados e dorso de las manos y el borde cubital de los antebrazos. 

El hecho de que no se aprecie fractura alguna, ni de costillas ni de cráneo y que, pese a ello, se hayan ocasionado contusiones internas en los pulmones y en las meninges indica que el apaleamiento ha sido ejecutado con tecnicismo. Se puede afirmar que no es posible, salvo especial destreza, ocasionar tantas lesiones externas repetando las estructuras óseas subyacentes."


jueves, 28 de agosto de 2014

Recuento de cadáveres ocasionados por disparos de fusil y máquinas infernales

[Napoleón Bonaparte]


En 1800, el día 9 de octubre, se intentó asesinar al primer cónsul Napoleón Bonaparte, sin que el criminal lograra sus propósitos. Por ese motivo fueron detenidos Damerville, Corocchi, Arena, Lebrum, Topino y otros diecinueve cómplices. Durante el mismo año estalló una bomba en la calle Nicaise, salvándose de una muerte cierta Napoleón, ya que pasó por allí un minuto más tarde. En 1804 fueron detennidos Moreau, Pichegreu y Jorge Cadonal, acusados de atentar contra la vida de Napoleón Bonaparte. El 13 de octubre de 1809, Federico Stabs intentó herir con un puñal a Napoleón cuando estaba en Schoenbrunn.

Durante la Restauración, el 13 de febrero de 1820, el duque de Berry fue asesinado por Louvet cuando bajaba del carruaje para entrar en el Palacio de la Ópera.

Durante la monarquía de julio se cuentan siete atentados. El 18 de noviembre de 1832, Berguen trata de matar de un disparo a Luis Felipe; el 28 de julio de 1835, cuando el rey, seguido de sus hijos y de su Estado Mayor, pasaba revista a las tropas en el boulevard del Templo, se oyó una terrible explosión. Cuabdo se disipó el humo y el polvo de la explosión, en el suelo había una gran cantidad de cadáveres y heridos. El rey y sus hijos resultaron ilesos. Fieschi, autor del atentado, fue detenido en su propia casa, donde había colocado una batería completa de fusiles con objeto de matar al rey. Fue condenado y guillotinado junto con sus cómplices. 


[Luis Felipe]


El 23 de julio de 1836, Alibaud disparó su fusil contra Luis Felipe. La bala pasó rozando la cabeza del monarca. Algunos meses después, Menier le hirió con dos tiros. En 1837, un obrero mecánico llamado Champion fue detenido en la víspera del día en que debía arrojar una máquina infernal contra el mismo monarca. 

En el mismo año atentan contra la vida del Príncipe Fernando, casado con la reina de Portugal. En 1848 se realiza el atentado contra el príncipe de Prusia. Un año después, Hamilton atenta contra la vida de la reina Victoria y, en mayo de 1859, Robert Pate propina varios bastonazos a la soberana en el momento en que ésta salía del Palacio de Cambridge. 

En 1852 ocurrieron los siguientes crímenes: el 22 de mayo atentan contra la vida de Federico Guillermo IV; el 2 de febrero el cura Merino hiere con un puñal a la reina Isabel II; al finalizar el año, un antiguo oficial del ejército inglés trata de asesinar a la reina Viictoria. El mismo año es descubierta en Marsella una máquina infernal durante el viaje de Napoleón III a dicha ciudad y ocurrieron los atentados contra Víctor Manuel II y contra Carlos III. 

En 1861, el rey de Prusia resulta herido de dos tiros que le disparó un estudiante llamado Becker. Un año más tarde, otro estudiante dispara contra el rey de Grecia. En 1864 es asesinado el presidente Abraham Lincoln. Dos años después tiene lugar el atentado de Karatosov contra el zar Alejandro II en San Petersburgo. Ese mismo año, Berezovski dispara contra el zar en París.


[Alejandro II]


En 1871, atentado contra el rey Amadeo, en Madrid. En 1878, atentado de Haedel contra el rey Guillermo I de Alemania. El 2 de junio del mismo año, Nivilling le dispara dos tiros de fusil y le hiere. El 25 de octubre, Olivia Moncasi intenta asesinar al rey Alfonso XII, disparándole un tiro. Un año después, se produce el atentado de Soloviov contra el zar Alejandro II. En diciembre, el atentado contra el zar Nicolás II en el tren imperial. Unos días más tarde, el de Francisco Otero contra el rey Alfonso XII y su esposa. 

En abril de 1879, el rey Humberto de Italia es atacado por un anarquista cuando se dirgía a las carreras de caballos. El dos de julio, el general Garfield, Presidente de Estados Unidos, es asesinado por Guiteau. El 27 de agosto de 1897 muere asesinado el Presidente de Uruguay, Iriarte Borda. Un año después el de la República Dominicana, Hereux. 

A la lista deben añadirse el asesinato del presidente Sadi Carnot por el italiano Caserio; el de la emperatriz de Austria en noviembre de 1898 y el atentado al Príncipe de Gales.




[Datos extraídos del libro "100 años de atentados políticos", de José Purcalia Muñoz (Ediciones Marte, 1969]

jueves, 14 de agosto de 2014

Del abismo que se abrió en una celda de la prisión de El Dueso


 
[Asamblea en el patio de la cárcel de Carabanchel, 1978]




Cárcel de El Dueso, 1978. Hace solo unas semanas el GRAPO ha asesinado de varios tiros a Jesús Haddad, el Director General de Instituciones Penitenciarias. El atentado era una respuesta a la muerte de Agustín Rueda, un militante anarquista catalán torturado durante días en la cárcel de Carabanchel tras su participación en un motín. El sustituto de Haddad se llama Carlos García Valdés y solo tiene 31 años. Le han elegido a él porque nadie quiere ese cargo. Durante los últimos meses han estallado decenas de motines en las prisiones de todo el Estado. Los presos comunes reclaman una amnistía similar a la que han recibido los presos políticos, pero el Gobierno se niega. No importan las instalaciones destrozadas, las huelgas de hambre, las autolesiones, las denuncias de torturas, las muertes a manos de funcionarios. Solo importa mantener el orden. 

García Valdés decide visitar personalmente algunas prisiones nada más llegar al cargo. Necesita hacerse fotos, contarle a la prensa que se preocupa, aparentar que va a hacer algo para que las cosas cambien. En El Dueso se entrevista con varios presos para que sean ellos mismos los que le transmitan sus reclamaciones. Frente a él, al otro lado de la mesa, García Valdés se encuentra con Daniel Pont. El preso ha sido elegido por sus compañeros para hablar por ellos. Es uno de los líderes más lúcidos, brillantes y combativos de la COPEL, la Coordinadora de Presos en Lucha. La COPEL había nacido en Carabanchel para denunciar la situación de los presos comunes y articular formas de lucha colectivas que les permitiesen reclamar la amnistía. Sus miembros habían estado detrás del motín que había iniciado la oleada de protestas, huelgas y motines que después se había extendido por todo el Estado. Como forma de represalia, la COPEL había sido dispersada y algunos de sus miembros había acabado en El Dueso. Pont era uno de ellos. 

García Valdés y Pont tenían algún punto en común en su biografía, pero sobre todo muchas diferencias. Esas diferencias que hacen que uno esté sentado a un lado de la mesa y otro al otro. Ambos tenía una edad parecida -31 años García Valdés, 29 Pont-, pero su trayectoria era muy distinta. García Valdés procedía de una clase acomodada, se había licenciado en Derecho y había conseguido el doctorado con una tesis sobre el régimen penitenciario español. Pont era hijo de una madre soltera, no había podido estudiar y tenía una prometedora carrera como atracador de bancos cuando le detuvieron. Los dos eran dos personas inteligentes, cultas y brillantes, pero los separaba un abismo. García Valdés representaba la máxima represión que es capaz de ejercer el Estado, el poder para decidir sobre la vida de las personas que permanecían encerradas en las prisiones. Pont personifica la lucha de alguien que no abandona a pesar de estar en la situación de máxima vulnerabilidad, de alguien que no se rinde a pesar de tenerlo todo en contra. No sabemos con exactitud qué se dijeron aquel día, pero por las fotos de la prensa sabemos que, al menos, se miraron a los ojos. 




[Datos extraídos del magnífico libro de César Lorenzo Rubio "Cárceles en llamas. El movimiento de presos sociales en la Transición" (Virus, 2014]

viernes, 1 de agosto de 2014

De lo que me dijo el embalsamador antes de cerrar mis ojos


Theda Bara, The Unchastened Woman, James Young, 1925.





“y a su paso las lilas se doblaban”
Batania

“como ángeles deficientes a los que dios
hubiese encargado la destrucción
de una ciudad”
Juan Manuel de Prada


I

Oh, qué os hicieron. Qué os hicieron. Cuántos agujeros hermosos e inútiles. Cuánta prisa por arrojaros al lecho de los durmientes. Yo vi vuestra muerte, que fue hermosa como los cantos de la escarcha, como los salvajes alaridos de los profetas. Os vi caer sobre la acera y ser pisoteados por los ciervos. Erais tan hermosos que ni si quiera podíamos sosteneros la mirada, y teníamos que bajar la frente pálida por la culpa. Tú estabas allí tendida y eras la más hermosa de todos. Eras tan hermosa que las lilas se doblaban a tu paso. Eras tan hermosa que los locos bailaban con las manos atadas a la espalda cuando te veían. Eras tan hermosa que los suicidas te regalaban los botones de sus abrigos a pesar de los dedos largos del invierno. Eras tan hermosa que los mendigos te ponían flores y caimanes en el pelo. Habías caído sobre la acera y eras tan hermosa que tuve que cerrar los ojos cuando recogí tu cuerpo.

II

Yo coseré para ti un vestido de luto y dejaré crecer tus cabellos para que puedas dormir envuelta en ellos. Yo inyectaré la ponzoña en tu cuerpo, y tu cuerpo se mantendrá joven y bello como si nunca hubiera conocido la melancolía. Después adornaré tu lecho con polillas y todos vendrán a arrodillarse frente a él. Todos se dejarán caer sobre tu frente. Todos se cortarán los dedos en señal de respeto. Todos llorarán delante de tu belleza.  


III

Oh, qué os hicieron. La muerte, la muerte, la muerte, la muerte. Os abatíais sobre la ciudad como una plaga de langostas, como un enjambre de insectos enormes y terribles. Vuestros cantos nos hipnotizaron, y solo fuimos capaces de caer de rodillas delante de nuestras casas, sin poder apartar la vista de vosotros. Entonces supe que dios había enviado a sus ángeles deficientes a destruir la ciudad, supe que erais portadores de la destrucción y la pureza. Era tan hermoso ver cómo propagabais las esporas de la fiebre, cómo  incendiabais las casas de los usureros, cómo arrastrabais hasta la hoguera a los mercaderes, cómo hacíais caer los infinitos mecanismos de la destrucción con vuestras piedras. Entonces supe también que no iban a permitiros vivir mucho más allá de aquel día. Las autoridades estatales encargadas de la extensión de la tristeza enviaron a sus francotiradores, que aprendieron su oficio disparando sobre vosotros. Oh, qué os hicieron, qué os hicieron, cómo corrió la sangre aquel día. Era tan hermoso veros caer sobre la acera. Tú eras la más bella de todos, tú contenías el exterminio de todas las libélulas, tú llevabas la devastación dentro del pecho. Ellos querían llevarse tu cuerpo para cerrar los agujeros, pero no veían que por aquellos agujeros manaba la luz del interior de tu cuerpo. Ellos no podían ver aquella luz, pero brillaba tanto como si hubieras tragado miles de luciérnagas. Por eso me llevé tu cuerpo, para que no cosieran aquellos agujeros. Me llevé tu cuerpo porque yo he visto tu muerte y fue hermosa. Me llevé tu cuerpo porque yo he visto tu muerte y no podía olvidarla.





[Este poema está publicado en "Serial" (El Gaviero, 2014), una antología que recoge poemas sobre series de televisión. El mío tiene que ver con "A dos metros bajo tierra"]



miércoles, 23 de julio de 2014

Tríptico del canibalismo



I


[El general Butt Naked, convertido en predicador]


Liberia, 1999. El norte del país es invadido por un grupo rebelde apoyado por el Gobierno de la vecina Guinea. El objetivo es hacer caer del poder a Charles Taylor, que había ganado las elecciones después de una guerra civil que él mismo había comenzado cuando sitió la capital, Monrovia. La invasión genera un nuevo conflicto armado, el segundo en apenas una década. El país estalla. Por todos lados comienzan a surgir señores de la guerra que tratan de conseguir su cuota de poder para seguir traficando con armas, con drogas y con personas. Liberia se convierte en un infierno, aunque en realidad nunca ha sido otra cosa. Los señores de la guerra pronto son mucho más poderosos que el ejército del Estado. Los dos asesinan, secuestran, violan, saquean y mutilan, pero los segundos han comprendido mucho mejor los resortes internos del capitalismo. Esos resortes que permiten explotar a niños en minas de diamantes drogándolos con cocaína insertada directamente en el cerebro. Los que premian a los emprendedores que trafican con personas. Los que te hacen rico y poderoso.

Los señores de la guerra creen en el capitalismo, pero también creen en muchas otras cosas. Creen en el canibalismo, en la sangre, en la ingestión del cuerpo del enemigo. En la oscuridad que hay en los recovecos de las vísceras, en la pureza de los niños, en las sustancias que entran en el cerebro y lo hacen pedazos, en los ritos sagrados. El general Butt Naked, uno de los señores de la guerra más poderosos de Liberia, oficiará ceremonias que le permitirán ser inmune a las balas. En ellas, cogía niños menores de seis años, les abría una herida por la espalda y les sacaba el corazón mientras estaban todavía vivos. Después se lo comía y se embadurnaba el cuerpo con la sangre todavía caliente. Peleaba desnudo porque la sangre y las vísceras protegían de las balas.




II


[Enriqueta Martí]


Es 1999 pero podría ser cualquier otro año. En realidad la fecha no importa. El tiempo no es lineal, avanza y retrocede mediante la repetición de ritos. Comer vísceras de niños para alcanzar algo de su pureza, para evitar la vejez, para ser inmune a la muerte. Podría ser, por ejemplo 1912. Estamos en una Barcelona enterrada en pólvora y dinamita, pero los atentados anarquistas y los tiroteos de los sicarios enviados por la patronal no son las únicas sombras que acechan en la oscuridad de los callejones. Las bombas estallan, los cadáveres de los poderosos crecen en las aceras, las alcantarillas se llenan de murmullos. Es el 27 de febrero de 1912 y el brigada Ribot, miembro de la policía municipal de la ciudad, se encuentra frente a la puerta del número 29 de la calle de Ponent. Una vecina ha denunciado que en ese piso está Teresa Guitart Congost, una niña de diez años que lleva varios días desaparecida. No era el primer niño que desaparecía en el Raval, pero qué importaba, eran pobres, los pobres ni siquiera saben cuántos hijos tienen, los habrán mandado a pedir. Cuando los policías entran en el piso lo que ven es mucho peor de lo que se habían imaginado. Hay dos niñas en lugar de una y las dos llevan el pelo rapado y la ropa hecha jirones. La segunda niña, llamada Ángela, cuenta que ha visto cómo la dueña asesinaba a un niño en la mesa de la cocina. Cómo le inmovilizaba, le clavaba un cuchillo y recogía su sangre en una palancana.

Fuera estallan las bombas, pero el infierno está allí dentro. Ribot inspecciona el piso y se encuentra con el horror. En un cuarto cerrado con llave hay decenas de jarras, frascos y cubos que conservan restos humanos de todo tipo: sangre coagulada, grasa hecha manteca, esqueletos enteros, cráneos agujereados. Detrás de las paredes y en los falsos techos duermen decenas de cadáveres, todos de niños de entre tres y seis años. La casa es un enorme cementerio. Durante años, la dueña, Enriqueta Martí, se había dedicado a secuestrar y asesinar niños que luego emparedaba en los muros y los techos de las propiedades que tenía repartidas por toda la ciudad. Como si repitiese algún rito.

Pero aquella no sería la única sorpresa que aguardaba en el piso de la calle Ponent. En medio del horror había un papel escrito a mano, una lista que contenía los nombres de las familias más ricas e influyentes de Barcelona. Un listado de clientes. Los poderosos compraban ungüentos y pociones a Enriqueta para mantenerse jóvenes y sanos. Los ricos se comían a los hijos de los pobres. Las autoridades evitaron que el contenido de la lista trascendiera a la prensa, pero los rumores decían que en ella había políticos, médicos, empresarios, banqueros. La versión oficial dijo que era solo un listado de las familias a las que Enriqueta mendigaba, pero los murmullos que se oían en la calle eran muy distintos. Los que los pronunciaban había visto a Enriqueta salir de noche con joyas y vestidos de lujo, montarse en coches de caballos y dirigirse a la zona rica de la ciudad. De hecho, esos vestidos y esas joyas fueron encontrados en los pisos de Enriqueta, todos de su talla.

La asesina fue detenida y encarcelada, pero las autoridades nunca investigaron aquellas listas ni aquellos rumores. La semana trágica bullía todavía en las alcantarillas de la ciudad, pesaba en el ambiente como una neblina densa y pegajosa que lo anegaba todo. Las autoridades tenían que acallar aquel murmullo insistente que susurraba en los oídos de los pobres que los poderosos no solo les explotaban hasta la extenuación en los talleres y las fábricas, sino que también secuestraban, asesinaban y devoraban a sus hijos.




III


[soldados japoneses con prisioneros de guerra]



 Los ritos se repiten, el tiempo retrocede y avanza de forma caótica. La sangre y las vísceras que dan la salud, que curan la enfermedad, que alejan la muerte unos instantes. Los suficientes para sobrevivir a una guerra, para volver a casa y guardar silencio. Nueva Guinea, 1944. El ejército japonés está perdido en un país extraño y terrorífico. Sus líneas de suministros han sido cortadas por los aliados y los soldados se mueren de hambre. Pero por qué morir de hambre si tienes prisioneros, si su carne sabe como cualquier otra, quizá algo más dulce, pero carne al fin y al cabo.

El soldado indio Lance Naik Hatam Ali (más tarde ciudadano de Pakistán), testificó que en Nueva Guinea: “los japoneses empezaron a seleccionar prisioneros y todos los días uno era llevado fuera, asesinado y comido por los soldados. Personalmente, vi que esto ocurría y alrededor de 100 prisioneros fueron comidos en el mismo lugar por los japoneses. El resto fuimos trasladados a otro lugar a 80 kilómetros  de distancia, donde 10 prisioneros sucumbieron a las enfermedades. Allí, los japoneses nuevamente empezaron a seleccionar prisioneros para comérselos. Los escogidos eran llevados a una choza donde se separaba la carne de sus cuerpos mientras estaban vivos y, luego, eran tirados a una fosa donde más tarde morían.”

Pero el canibalismo no era producto solo del hambre y la desesperación. Después de la II Guerra Mundial, el Estados australiano inició una investigación para esclarecer la muerte de varios soldados de esa nacionalidad que habían sido hechos prisioneros por el ejército japonés. Los resultados de la investigación nunca salieron a la luz. La realidad era demasiado terrible, y aquellos documentos cogieron polvo en algún sótano del Ministerio del Interior. Décadas después, en los años noventa, el historiador japonés Yuki Tanaka encontró esos archivos mientras realizaba una investigación sobre el papel de las tropas japonesas en la contienda. Allí, entre decenas de documentos clasificados, otra vez el mismo rito, perfectamente documentado. Los soldados japoneses habían practicado el canibalismo, se habían comido a los prisioneros. Había declaraciones de testigos que afirmaban haber visto esta práctica con sus propios ojos, haber presenciado cómo los soldados japoneses devoraban soldados enemigos muertos y utilizaban a los vivos como ganado humano. Según Yuki Tanaka no eran simples casos aislados, sino que "el canibalismo era a menudo una actividad sistemática conducida por escuadrones enteros y bajo la dirección de oficiales". Esta misma tesis sería confirmada solo unos años más tarde por el historiador Antony Beevor, que investigó los archivos australianos y los contrastó con documentos desclasificados por el gobierno estadounidense. En ellos, se confirmaba que el ejército japonés había utilizado a prisioneros de guerra como ganado humano, manteniéndolos con vida solo para ser asesinados y devorados de uno en uno, como parte de “una estrategia militar sistemática y organizada.”

Comer la carne del enemigo, protegerse de las balas, alejar la muerte, repetir el rito. Murmullos que susurran al oído, vísceras que hablan de la oscuridad que todos llevamos dentro. 

jueves, 17 de julio de 2014

Primer día de experimento: Moscú, la Lubianka, Dora y Discipline


[La Lubianka, en una foto de 1925]



Ellos no saben nada, ellos no te han visto caer de la ventana de Lubianka donde aullabas como aúllan las comadrejas en el parto de la noche. Ellos no te han visto caer de la Lubianka el 7 de mayo de 1925, no te han visto ser arrojado, no han visto tu cabeza estrellarse contra el suelo. Ellos creen saberlo todo de la violencia pero no saben nada porque nunca han sentido latir a la violencia en sus manos ni siquiera han tocado nunca una pistola. La violencia es sagrada, la violencia es sagrada, por eso todos las ansían con desesperación. Ellos no te han visto asesinar con tus propias manos a los veintisiete caimanes que llevaba prendidos en el pelo ellos no te han visto hermoso, violento, adolescente. Ellos no te han visto desobedecer al partido porque no importa nada más que la muerte no lo entienden pero no importa nada más que la muerte ellos no te han visto despreciar la revolución. Ellos no te han visto dibujando los planos de Petrogrado sobre la piel de mi brazo amándome con la fuerza de algún extraño fenómeno natural haciendo que nuestros cuerpos se atraigan de una forma casi cósmica. Eres tan hermoso que Moscú no puede soportar tu belleza y manda a sus perros tras tus pasos eres tan hermoso que nadie puede soportar tu belleza eres el ángel que debe exterminar la belleza del mundo. Ellos no te han visto manejando las formulas alquímicas del incendio asesinando al marido de tu amante cayéndote por las calles de París con los alcoholes de la absenta empapando tus pulmones. Eras tan hermoso con los ojos llenos de nieve con los ojos llenos de atentados celestes con los ojos llenos de muerte. Eras tan hermoso que no pudieron soportar tu belleza y te arrojaron desde la ventana como se arroja a los ángeles y yo ese 7 de mayo de 1925 escuché un golpe y salí a la calle y corrí por las calles de Moscú donde la nieve iba a inundar las aceras durante tres años consecutivos y te busqué por todas las calles pero las calles estaban hechas de caballos amarillos y los que manejan las hoces no abren las puertas a los amantes de la desesperación. Me arrodillé y mis pies se hundían en la nieve y tu cadáver se hundía en la nieve y tus ojos eran tan hermosos llenos de nieve. Los hubiese matado a todos, hubiese matado a todos los bolcheviques, a todos los revolucionarios, a todos los proletarios a todos los miembros del partido. 



[Este texto es un juego. En realidad todos los textos lo son, pero éste quizá de forma más consciente. Empecé hace unos días. El juego consiste en escoger a un personaje y una canción o una pista musical. Durante el tiempo que dura la música, hay que escribir como si fuésemos ese personaje, como si estuviésemos dentro de su cerebro. Escribir sin pensar ni detenerse con la puntuación o la gramática. De la forma más automática posible. Cuando acaba la música, el texto no se puede volver a tocar. El de arriba es el primer texto que hice. Como personaje escogí a Dora, integrante del grupo terrorista al que pertenecía Boris Savinkov. Ya sé que he hablado de Savinkov hasta el cansancio, pero para la primera vez que hacía el experimento me resultaba fácil. Como pista musical escogí "Discipline", de Silent Servant]

sábado, 12 de julio de 2014

Saltos en el tiempo



El preciso instante en el que Jean Fleury, patrón de un barco hecho pedazos y navegante arruinado, se sienta en una taberna cualquiera de la costa de Jamaica para beber hasta perder el sentido y poderse olvidar de la ruina y la desesperación. En la mesa de al lado se van a sentar dos marinos que hacen su última escala antes de cruzar el Atlántico de vuelta a una Europa que se desangra en decenas de guerras por el poder político y religioso. El viaje es peligroso, y los marineros han entrado a la taberna para beber hasta desmayarse antes de tener que afrontar la travesía. Fleury aún no lo sabe, pero las escasas monedas que lleva en el bolsillo le impedirán emborracharse. Aún fresco, escuchará a los dos marinos contar a las prostitutas los tesoros que llevan en sus barcos. Cortés acaba de saquear el palacio de Montezuma y envía a Carlos V el botín obtenido para que en Europa pueda seguir corriendo la sangre. Sin embargo, como viene haciendo desde el principio, el conquistador oculta al monarca que ha fletado dos barcos más en los que manda a su familia una parte de las riquezas robadas. Fleury esperará pacientemente hasta que se haga de día, apurando una única copa de ron. Seguirá a los dos marinos con su barco y los asaltará el 20 de diciembre de 1522, cerca del Cabo de San Vicente. Además de riquezas inimaginables, en el barco están las cartas de navegación con las rutas que hacen los navíos españoles. Fleury todavía está en la taberna y no lo sabe, pero está a punto de convertirse en una leyenda de la piratería.




El preciso instante en el que un juez de Chicago condena a pasar un año en prisión a George Jackson, un joven de apenas dieciocho años que ha robado setenta dólares en una gasolinera. Jackson es pobre y negro y el tribunal se lo está haciendo pagar. El juez aún no lo sabe, pero el chico que tiene sentado delante comenzará a leer y escribir en la cárcel y en sus cartas relatará el régimen de terror que viven los presos negros en las cárceles de Estados Unidos. Cada tarde, se sentará delante de una hoja de papel y describirá las torturas, el aislamiento, la vigilancia constante, la violencia extrema y las humillaciones diarias a las que es sometido por parte de los carceleros. A partir de sus publicaciones, varios miembros de los Panteras Negras contactarán con él y Jackson se unirá al partido. El juez aún no lo sabe, pero Jackson no volverá a salir de prisión nunca más: el 21 de agosto de 1971, diez años después de la primera condena, será tiroteado por los carceleros en la prisión de San Quintín. El juez aún no lo sabe, pero tiene en sus manos la vida de ese chico de dieciocho años y no va a dudar en ayudar a apretar el gatillo. 



El preciso instante en el que Qiu Jin, escritora y miembro de varias conspiraciones para derrocar a la dinastía Qing, se sienta en una mesa de madera y escribe versos llenos de rabia y de dolor. Escribe "No me digas que las mujeres/ no están hechas de la madera de los héores./ Yo sola cabalgué sobre vientos/ en el mar del este durante trescientas mil millas." Escribe: "Avergonzada, no he hecho nada/ ninguna victoria en mi nombre./ Solo hice sudar a los caballos de la guerra." Qiu Jin aún no lo sabe, pero está a punto de dirigir una escuela para maestras en la que se entrenarán los cuadros que van a encabezar la revolución y que se convertirá en un símbolo de la insurrección contra la tiranía imperial. Qiu Jin aún no lo sabe, pero esa escuela será reducida a ruinas cuando la conspiración fracase, y entre las ruinas se oirán sus gritos durante días cuando sea salvajemente torturada. Qiu Jin aún no lo sabe y quizá no le importe, pero se levantarán estatuas en su honor y se llorará su nombre durante décadas.



[La referencia a Qiu Jin se la debo a Álex Portero, que incluyó su nombre en una de las mejores entradas de blog que he leído desde hace mucho: Memoria]

domingo, 6 de julio de 2014

Últimas lecturas: Walter Benjamin, Émil Cioran y Agota Kristof



Crítica de la violencia, Walter Benjamin (Biblioteca Nueva). Creo que la razón por la que más me gusta leer ensayo es porque me despeja la cabeza. Muchas veces me sucede que tengo una certeza sobre algo pero no me he detenido a pensarlo ordenadamente. Es como tener una especie de murmullo en el fondo del cerebro y no poder dejar de oírlo: intuyes lo que dice pero no acabas de entender las palabras exactas. Creo que eso es precisamente lo que hacen los buenos ensayos en mi cerebro: ayudarme a entender ese murmullo. Benjamin era una asignatura pendiente desde hacía un montón. Crítica de la violencia tiene apenas cien hojas, pero eso ha bastado para ayudarme a ordenar un montón de ideas que solo me daban vueltas en la cabeza como intuiciones. En concreto, por qué odiamos a la policía, por qué resulta tan insoportable su violencia y de dónde parte su legitimidad -o más bien, la falta de ella- en los distintos modelos de Estado. Sigo teniendo muchas deudas pendientes con Benjamin.





En las cimas de la desesperación, Émil Cioran (Tusquets). Supongo que En las cimas de la desesperación entra en la categoría de ensayo, pero me cuesta clasificarlo así. Quizá porque hay demasiado dolor, demasiada incredulidad, demasiada rabia. El efecto que ha producido Cioran en mí se parece mucho más al que me produce la poesía, que tiene que ver con introducir murmullos en mi cabeza mucho más que con aclararlos. Cioran hablándome al oído de los fuegos que le consumen, del dolor de despertarse cada mañana, de los abismos que todos llevamos dentro. En la introducción, el propio Cioran dice que escribió ese libro con veintidós años y que si no lo hubiese hecho seguramente se habría quitado la vida. No creo que la literatura sirva para nada, no creo que tenga ningún valor transformador ni que sirva para cambiar las cosas. Pero sí que estoy convencida de que es capaz de librarte de un montón de mierda. Quizá eso sea suficiente. 






Claus y Lucas. Agota Kristof (El Aleph).  El volumen que tengo -por lo que sé la última edición que se ha publicado en castellano-, incluye los tres libros que Agota Kristoff escribió sobre los dos hermanos que dan título al libro. Varias personas de las que me fío un montón lo tenían en sus listas de lecturas favoritas, así que me decidí a hacerme con uno. Solo un día después de haberlo terminado, me cuesta describir lo que ha supuesto Claus y Lucas para mí. Supongo que una forma sencilla de hacerlo es decir que a partir de ahora también estará entre mis diez lecturas favoritas, pero eso lo le hace justicia. Es uno de los libros más crueles y más terribles que he leído, pero sin duda también uno de los más hermosos. El primero de los libros que componen la trilogía, titulado "El gran cuaderno", es bello y retorcido y tortuoso y fascinante. Es un libro redondo, perfecto. De hecho, es tan perfecto que los otros dos libros casi resultan innecesarios. Son también hermosos, pero al lado del primero quedan casi deslucidos. Quizá porque en ellos los dos niños protagonistas ya han crecido y se pierde esa perspectiva aterradora de la infancia. Quizá porque hay mucho más de la historia de la propia Kristof en el primero que en los otros dos.