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martes, 21 de mayo de 2013

ángeles-insecto que provocan la peste

[Gustave Doré]


Hace un tiempo conocí a una chica que decía que era satánica. Yo trabajaba en un herbolario donde te echaban las cartas, y ella venía de vez en cuando a averiguar su futuro. A veces los clientes tenían que esperar a que acabase la consulta previa, así que se quedaban hablando conmigo. Conocí a un montón de gente interesante y extraña, y con muchos sigo teniendo contacto. Con ella no. Dejó de venir de repente. Puede que se diese cuenta de que no saber nuestro futuro es lo mejor que nos puede pasar. Creo que le gustaba estar allí porque podía hablar libremente de sus creencias. Pensaría que alguien que te echa las cartas o habla con los muertos no se va a burlar o a asustar de que tú creas en el demonio, y así era. Yo no sabía nada sobre satanismo entonces, pero sabía bastante sobre catolicismo porque me había criado con mi abuela, así que la entendía cuando hablaba de algún pasaje de la Biblia o de algún santo o mártir. Me contó cosas preciosas. Me habló de ángeles rebeldes que se levantaban contra la tiranía de Dios. De que Lucifer era el ángel más hermoso de todos. De que su nombre significaba "el portador de luz", porque él era el que había luchado por la lucidez de los hombres frente al dios vengativo que quería esclavos obedientes. Me habló de arcángeles con espadas que intentaban asesinar a Dios, porque si no se derrocaba al tirano los hombres nunca sería libres. De que Dios descubrió su conspiración y los expulsó del cielo, condenándoles a vivir entre los hombres que tanto habían defendido. Me dijo que la lucidez es dolorosa, y que por eso el culto a Lucifer podía deslumbrarte y confundirte. Pero que también el conocimiento era lo único que podía hacerte libre. 

Cuando dejó de venir, la eché de menos. No he vuelto a verla, pero ayer me acordé de ella otra vez porque en el libro que estoy escribiendo ahora hay muchos ángeles. Ángeles enorme con alas membranosas y transparentes. Ángeles caníbales y feroces que corren por los tejados. Ángeles-insecto que llegan como una plaga y provocan la peste. Ella me diría que se parecen a los ángeles de Dios, a los traidores que prefirieron no levantarse contra el tirano. Ojalá pueda leer este post. Quién sabe. 

martes, 14 de mayo de 2013

la extraña maldición de predecir el futuro








Durante los años de esplendor de los circos americanos, era frecuente que estos fueran acompañados de lo que aquí se conoció como la parada de los monstruos: comparsas de seres deformes o monstruosos que exhibían sus enfermedades y trastornos para regocijo del público. Estas comparsas iban con los circos y muchas veces se convertían en el principal reclamo, mucho más que los trapecistas o los domadores. Hermafroditas, gigantes de más de dos metros, siameses unidos por distintas partes, mutilados que habían aprendido a comer o escribir con los pies, esquimales y niños con severos retrasos mentales y cráneos diminutos eran expuestos en pequeñas carpas a las que se podía entrar tras pagar algunas monedas. A veces los monstruos eran obligados a bailar delante del público, mientras sonaba una música de órgano que se accionaba con una manivela. 

Una de las comparsas más famosas a principios de siglo procedía de Europa del este. Estaba formada por una muchacha con una sola teta en el centro del torso, un chico con cráneo de caballo y Edina, una mujer enormemente obesa que predecía el futuro. Cuando alguien entraba en su carpa, Edina lo miraba y comenzaba a hablar. No utilizaba ningún método de adivinación, simplemente recordaba el futuro de la persona que tenía delante. Junto a ella se sentaba el muchacho de cráneo de caballo, que traducía los murmullos de Edina, ya que ésta estaba afectada por una enfermedad que hacía que tuviese la cara llena de pústulas supurantes. El pus que salía de las pústulas se secaba por la noche, haciendo que no pudiese abrir la boca salvo para emitir murmullos apenas audibles, que sin embargo sus compañeros entendían a la perfección. Cuando se la preguntaba de dónde venía su habilidad, Edina contaba que con trece años había sufrido una meningitis que la obligó a permanecer varios meses en la cama. Cuando se recuperó, ya tenía ese peso descomunal y esa maldición de recordar el futuro. 

Después de recorrer durante años todo Estados Unidos, Edina, la muchacha con un solo pecho y el muchacho con el cráneo de caballo fueron recogidos por el Museo Americano, en Nueva York. Allí, Edina vivió hasta los ochenta y un años, recordando el futuro de todo el que iba a verla. Se dice que era visitada con frecuencia por los círculos anarquistas de la ciudad, pero también por grandes magnates que la consultaban sobre el destino de sus finanzas. Se afirma que predijo, entre otras cosas, el crack de la bolsa de 1929. 



[esta historia la leí en el hipnótico libro "La insólita reunión de los nueve Ricardo Zacarías". A su vez, los autores la tomaron de "The circus 1870-1950", de Noel Daniel. Las fotografías pertenecen a una exposición "Anatomical Theatre", de un museo de Alabama, Estados Unidos.]

sábado, 11 de mayo de 2013

viento del norte// "Tus ramas/ mis huesos"




Hace ya algunos días se publicó un libro precioso, uno de esos que se te atraviesan en la garganta y te llenan los pulmones de nudos. No he hablado de él hasta ahora porque me ha costado deshacerlos y poder volver a respirar. El libro es una antología de poesía en la que los poemas son acompañados de fotografías bellas y escalofriantes de la también bella y escalofriante Dara Scully, que además ha coordinado la selección y maquetado el libro. Me invitó a participar y yo envié un cuento. He copiado el cuento más abajo, pero leed el libro entero porque hay poemas alucinantes, y además está pensado para ver todo el conjunto, con las fotografías. Está colgado entero en issuu, así que para verlo basta con hacer click aquí. 



"Viento del norte


Cada vez que el viento del norte congelaba el agua de los pozos, la muchacha de labios morados acudía al bosque y daba a luz a un niño. Un niño diminuto como las crías de la comadreja o como las larvas que los santos colocan en los oídos de los hombres. La maleza recogía al niño y lo alimentaba con la leche blanquecina que manaba del interior de las plantas y con las alas transparentes de los insectos. Pero la leche que manaba de las plantas y las alas de los insectos eran amargas. Por eso los niños crecían con los huesos frágiles y los cabellos quebradizos. Por eso conocían la pureza, que es amarga como el sudor de los hermanos que duermen en el mismo lecho,

como el llanto de los adolescentes que mueren pisoteados por los ciervos

como las oraciones de los que rezan arrodillados delante del espejo mientras los ángeles flotan en la cocina

como los lamentos de las novicias cuando el mecánico ajusta sus paladares postizos o aprieta las correas de sus camisas de fuerza

como las súplicas de los mancos en estado de hipnosis cuyos dedos fueron devorados por las cenizas

como los cantos de los cordeleros de manos temblorosas que fabrican las sogas de los condenados.

Con el paso de los inviernos, los niños crecían acunados por la maleza. Nunca abandonaban el bosque, pues la maleza es engañosa como el calor de los invernaderos y celosa como los novios ciegos que abrillantan sus botines cuando cae la noche. Solo uno de ellos se atrevió a salir del bosque, pero el que conoce la pureza no puede pronunciar en voz alta los nombres de los árboles ni conoce las señales de la pestilencia. Al cabo de unos instantes, se encontró rodeado por un enjambre de moscas, a causa del cual perdió la razón durante tres años."


Layla Martínez
Tus ramas/ mis huesos

viernes, 3 de mayo de 2013

curiosamente




Desde mediados del siglo XIX hasta mediados del XX, el circo fue uno de los mayores espectáculos en Estados Unidos. Centenares de compañías recorrían el país de una costa a otra exhibiendo a sus siameses, mujeres barbudas, gigantes deformes y enfermos de microcefalia. Cuanto más extraño era el monstruo o más peligroso el espectáculo que realizaba, más éxito tenía su número. Entre los trapecistas, uno de los más famosos fue Andrev Borait, un inmigrante de origen ruso que había llegado a Estados Unidos en un barco atestado de hambrientos que la vieja Europa expulsaba a centenares. Sin embargo, su éxito no fue inmediato. Borait fue el primero en introducir la red de seguridad, lo que le permitía hacer acrobacias mucho más arriesgadas que las que se habían visto hasta entonces. Pero también lo convertía en un cobarde. En su espectáculo nadie era torturado, ni amputado, ni corría el riesgo de fallecer delante de los espectadores, así que estos lo abucheaban número tras número. El circo era la casa de los horrores, el lugar donde podía suceder cualquier monstruosidad,  no un sitio donde ver espectáculos bonitos. Con el paso del tiempo, la red de seguridad se iría imponiendo y cambiaría la sensibilidad de los espectadores, pero curiosamente a Borait no le sirvió de mucho. Durante un entrenamiento en mayo de 1923, cayó sobre una red con los agujeros demasiado grandes, se enganchó del cuello y se ahorcó. 



[leído en el maravilloso libro "La insólita reunión de los nueve Ricardo Zacarías", de Colectivo Juan de Madre (Aristas Martínez, 2012)]

martes, 16 de abril de 2013

día treinta




 Día treinta en la casa.

Me gustaba la casa en la que vivía antes. Debajo del sótano había una cueva con varios niveles. Siempre que bajaba allí tenía la sensación de que era un lugar al que no se debía entrar. Al que la casa no quería que entrases. En la cueva se percibía cómo la casa respiraba. Se movía. Latía. La casa de ahora no respira. Está congelada en un momento indefinido que no puedo precisar. Ayer uno de los espejos se cayó y se rompió.

martes, 9 de abril de 2013

últimas lecturas

 

En este lugar, Unai Velasco (Papel de fumar). Joder, qué bueno es En este lugar. En serio, es la hostia de bueno. Después de esperar como tres meses a que La Central me lo mandase, me lo he leído en menos de una hora, pero la espera y la pasta en gastos de envío ha merecido la pena. Hay versos que me tatuaría. Por ejemplo La yihad de tus dientes con qué santidad al cuello dándome guerra. Por ejemplo Perros prendidos de tus enaguas/ lamiéndote costras susurrándote conciliadoras tretas. Os podría decir que me ha recordado al mejor Gimferrer, que alejandrinos y alejandrinos, que "Reencuentro" y "Montaña mágica lavada a la piedra pómez del sueño" deberían enmarcarse, que Jurassic Park, que colina de helechos, que T.S Eliot. Podría decir todo eso pero no voy a hacerlo porque lo tenéis que leer. La única putada es que solo tiene cincuenta páginas. La única putada es que está casi agotado. Pero lo van a reimprimir dentro de poco. Cuando lo hagan, leedlo.










El público. Bruno Galindo. (Lengua de Trapo). Hace un tiempo un amigo me dijo que no importaba qué contases, sino cómo lo hicieses. Que todas las historias están contadas, por eso lo interesante está en la forma. Yo no estoy tan segura, es posible que aún haya historias que están por contarse, pero si mi amigo tiene razón, El público es una de las mejores novelas en lo que llevamos de año. Porque lo que importa no es el argumento, sino la forma en que Galindo lo desarrolla. Haciendo que páginas enteras de estadísticas te hipnoticen, que no levantes la vista del papel mientras el protagonista asiste a charlas infinitas sobre estudios de mercado. Un poco como cuando Foster Wallace se pone a hacer listas de enfermedades en La broma infinita. Otro punto que hace que el libro sea muy interesante es la forma en que Galindo consigue romper la distancia con el lector. Como si estuvieses viendo una obra de teatro y de repente un foco enorme te apuntase y los personajes se pusiesen a hablar contigo. Como si los lectores fuesen también parte de la trama. No puedo contar mucho más porque estoy a punto de reventarla, pero merece la pena.




 



La abolición del trabajo, Bob Black (Pepitas de Calabaza). Bob Black es uno de los autores más interesantes del anarquismo norteamericano de los últimos años junto con John Zerzan, y posiblemente también uno de los más vapuleados. Desde mi punto de vista, estos dos autores son importantes porque han centrado su análisis en dos pilares fundamentales de las estructuras de dominación actuales: el trabajo y la tecnología. Y eso los ha hecho incómodos incluso para muchos anarquistas, no tan dispuestos a replantearse un análisis del sistema que parecía muy cerrado. Hasta ahora. De La abolición del trabajo hablé aquí, así que no quiero repetirme.




La ciudad y los cerdos, Miguel Espigado (Lengua de Trapo). Creo que Miguel Espigado se lo ha pasado en grande escribiendo La ciudad y los cerdos, y eso se nota. De hecho creo que se lo ha pasado mejor que con El cielo de Pekín, en el que los personajes eran más oscuros y más melancólicos y todo estaba envuelto en una atmósfera asfixiante. En La ciudad y los cerdos no hay nada de eso. Hay personajes absurdos, humor y sátiras de casi todo, desde la religión al poder pasando por las glorias locales del cine. Porque el libro es una especie de guía de viaje de una ciudad llamada Helmantic City, algo así como una Salamanca reflejada en un espejo deformado. A mí no me van mucho los libros que juegan con el humor, en general prefiero que a los personajes los descuarticen o los torturen, pero La ciudad y los cerdos me ha gustado. Así que si a mí me ha gustado, a alguien que no tenga un póster de Holocausto caníbal en la pared imagino que le encantará.





domingo, 7 de abril de 2013

quién se volverá loco

peggymoffitt:

La révolution n’est qu’un début. Continuons le combat, Pierre Clémenti, 1968



La casa en la que viví en Cuenca había pertenecido a un tío de mi abuelo. En una habitación del primer piso había una marca en el suelo, una línea de yeso que iba de una pared a otra. La marca se debía a que aquel hombre, aquel hermano de mi bisabuela, había construido una pared para encerrarse a si mismo. Se había emparedado vivo. La única comunicación que tenía con el exterior era un rectángulo a ras de suelo que se podía esconder con el zócalo de la pared. Por allí le pasaban la comida y el agua. Por allí le oían llorar y volverse loco. La pared no sirvió de nada, porque un hermano suyo le delató y la Guardia Civil la tiró con un mazo y se lo llevó al frente. Al peor frente, por desertor. Nunca volvió. El desván de la casa donde vivo ahora también tiene una parte que no se corresponde con la planta de abajo, como si hubiera una esquina tapiada con madera. Nos preguntamos que habrá al otro lado. Quién se volverá loco. Si serán los mismos que viven en los espejos.

lunes, 1 de abril de 2013

los que vivimos en las casas oscuras

















"Los que damos diente con diente cuando llegan las constantes tormentas. Los que vivimos en las casas oscuras y comemos malas cosas crudas. Los que nunca podemos ver a nuestros padres porque no hay luz".


El universo está en la noche
Juan Carlos Mestre


sábado, 23 de marzo de 2013

la casa es fría y está llena de espejos

[Colette de Saint Yves]



La casa es fría y está llena de espejos. Me pregunto por qué tantos espejos. Qué esperaban encontrar en ellos los anteriores habitantes de la casa. A mí los espejos nunca me gustaron. Tampoco las fotografías, que al fin y al cabo son otra forma de llamar a los espejos. Siempre me pareció que eran puertas a otros lugares. Una vez conocí a una mujer que practicaba la adivinación echando agua sobre un espejo. Cuando llegabas a su casa, te sentaba en una silla, encendía el brasero que había debajo de la mesa y colocaba sobre ella un barreño con un espejo dentro. Luego encendía una vela y echaba agua con una jarra sobre el espejo. Me dijo que el demonio tenía muchas patas. También me dijo que le rezase mucho a Santa Gema y a Santa Rita, que lo iba a necesitar. Después miró fijamente el espejo durante un rato, como yo miro los que hay en la casa. Quizá los que vivían antes aquí no querían estar solos y lo llenaron todo de espejos. Quizá las sombras que hay en ellos son esos antiguos habitantes de la casa. Quizá estén atrapados en ellos.

miércoles, 13 de febrero de 2013

los rayos y los ancianos son atraídos por las bombillas






Cuando un anciano va a morir, se quita los dientes y los machaca en un mortero para que sus secretos no puedan escaparse. Los fabricantes de anillos de latón creen que esas cenizas sirven para evitar que los rayos caigan en las casas, pero los ancianos saben que los rayos son atraídos por las bombillas. Como los insectos.


miércoles, 6 de febrero de 2013

mátate, amor

 


En la ciudad no tengo que matar nada. Es algo de lo que me he dado cuenta cuando he vuelto a vivir en una. Pasan días enteros sin que acabe con la vida de ningún ser. Y mis vecinos tampoco lo hacen, lo sé porque oigo sus conversaciones a través de las paredes. En el campo es distinto. Mis vecinos mataban a diario, luego hablaban sobre lugares donde enterrar los cuerpos. Cada día cometían cientos de asesinatos. Mataban gallinas que ya no ponían huevos, conejos que estaban demasiado crecidos, perros moribundos, caballos enfermos, ratones que caían en las trampas, cabritos que eran machos, gatos que se reproducían demasiado, babosas que se comían las coles del huerto. Los ahogaban con sus propias manos. Los envenenaban. A veces les disparaban en la cabeza.

Creo que por eso me ha gustado tanto "Mátate, amor", de Ariana Harwicz. Echaba de menos esa violencia brutal y luminosa que lo inunda todo cuando vives en el campo. Esa sensación oscura que empieza a extenderse por el fondo de tu cabeza cuando te enseñan a manejar una escopeta y te preguntas cómo será disparar a alguien. Cuando apuntas al perro y sabes que no le dispararás, pero te preguntas qué se sentirá al hacerlo. La protagonista de la novela dice "estoy cansada de que no se pueda andar a escopetazos o denigrar al bebé" y yo la entiendo. Dice "la muerte está presente en el fuego, en la alfombra, en las cortinas, en el aire encerrado en los muebles de campo y en la vajilla de plata. En el jarrón sin flores. La muerte exuda de los paraguas apilados cerca de la puerta" y yo la entiendo. Dice "me fui de allí sin saber si pisaba su cabeza o estiércol" y yo la entiendo.

"Mátate, amor" es un libro perturbador. Esta hecho de algo oscuro, tibio y viscoso, de algo que se arrastra entre la maleza. De algo que nos susurra al oído, que late en el fondo del cerebro. Todo ocurre en una casa de campo, donde la protagonista pasa muchos días sola, observando el límite del bosque, espiando a su bebé con un cuchillo en la mano, acechando a los vecinos, explotando de deseo y de ansia. Hay algo en la novela que deja sin respiración, que corta no como un cuchillo, sino como el deseo no satisfecho, que entra más hondo y es más doloroso que los cortes metálicos. Tiene algo de animal, de desgarrador, de salvaje, pero también algo hermoso y vivo. Ella dice "soy un ciervo entrando al bosque como lo haría un novio a la iglesia" y yo la entiendo.

lunes, 4 de febrero de 2013

hechos científicamente comprobados

 


Como todo el mundo sabe, la calvicie es producida por las orugas que reptan hasta el cabello de los hombres mientras duermen y les susurran extraños cantos en sueños. Los cantos son tan amargos que los cabellos mueren de tristeza y se caen antes de que amanezca.

viernes, 1 de febrero de 2013

los 913 cadáveres que recuerdo



[Jim Jones]



 
 [cadáveres junto a la mesa donde se repartió el veneno]


 [más cadáveres]



No recuerdo casi ningún programa de los que vi durante el tiempo que estuve hipnotizada por la televisión. Supongo que delante de mis ojos pasaron miles de cadáveres, pero solo recuerdo a 913 de ellos. Los 913 cadáveres de hombres, mujeres y niños que aparecieron en Jonestown, un terreno cercado y perdido en medio de la selva que pertenecía a una secta llamada El Templo del Pueblo. Era tarde, y yo hacía zapping por los trescientos canales de la TDT sin buscar nada en especial, solo fascinada por la luz eléctrica que emitía el televisor. Me detuve en el canal Historia, que en ese momento estaba empezando a emitir un documental titulado "La masacre de Jonestown". Supongo que me llamó la atención el título, las masacres de todo tipo siempre han sido uno de mis temas preferidos para un documental. Incluso para un libro.

Era tarde y estaba cansada, pero las primeras imágenes hicieron que me sacudiese en el sofá. El cámara avanzaba por lo que parecía una especie de pueblo y enfocaba a los cientos de cadáveres que se apilaban por todas partes. Casi tenía que ir apartándolos con los pies para poder pasar. En el audio, se oía una voz autoritaria que repetía "¡Morid con dignidad!, ¡Morid con dignidad!". Esa voz era la de Jim Jones, el predicador que había fundado y dirigido la secta de El Templo del Pueblo, y el audio pertenecía a una grabación que se encontró el aquel mismo lugar, junto a los cientos de cadáveres. En ella se oían los últimos minutos de vida de los habitantes de Jonestown, antes de lo que hasta hoy es el mayor suicidio colectivo de la Historia. Histérico y desencajado, Jones les dirige un discurso para convencerles de que su única opción es el suicidio. Mientras habla, se oye cómo algunas de sus colaboradoras más cercanas van preparando el compuesto de cianuro y zumo que darán a los habitantes de Jonestown. Los primeros en tomarlo son los niños, a los que se oye llorar quejándose del sabor amargo de la bebida. Luego lo tomaron los adultos. Después de eso, en la cinta se hace el silencio. 

Aquellas imágenes me sacudieron en el sofá, pero creo que no fueron las peores de todo el documental. Lo qué más impacto me causó fue ver el rostro de Jim Jones. De alguna manera, me era familiar. No sé por qué, pero tenía una fuerte sensación de haberlo visto antes, o de que se parecía a alguien que yo conocía. Recuerdo que me levanté del sofá y me acerqué más al televisor, pero no fui capaz de relacionarlo con nadie conocido. Puede que eso mismo les pasase a las 913 personas que se suicidaron aquel día, que se quedasen a escucharle por primera vez porque les recordaba a alguien o porque tenían la sensación de conocerlo. Puede que por eso entraran a la secta y le siguieran a aquel terreno perdido en medio de la selva. Puede que me pasase lo mismo que a ellos.



[El documental se puede ver entero en Youtube, basta con poner "La masacre de Jonestown" en el buscador. Además, la editorial La Felguera también ha publicado un libro sobre este tema, "Jim Jones. Prodigios y milagros de un predicador apocalíptico". Es el único publicado en castellano que recoge la transcripción completa de la cinta.]


lunes, 28 de enero de 2013

estados hipnóticos



Cuando volví a casa de mis padres en septiembre me tiré unos cuantos días delante del televisor. Por unas cosas o por otras, nunca había uno en las casas en las que he vivido, así que se convirtió en algo completamente ajeno. Al fin y al cabo, las series y las películas las veía por internet y Cuarto Milenio lo cuelgan en la página web del programa. Pero al volver sufrí una especie de proceso de hipnotismo. En casa de mis padres la televisión está permanentemente encendida, como una presencia más. La dejan encendida incluso cuando salen a comprar el pan o bajan a tirar la basura. Da igual que no la estén viendo o que no haya nadie en el salón, la televisión sigue retransmitiendo. A veces incluso encienden dos televisores a la vez con el mismo programa y el eco suena por toda la casa, porque por alguna razón la señal llegan antes a un televisor que a otro. Después de haber estado tanto tiempo fuera y de haber vivido en un ambiente totalmente diferente, el televisor me produjo una especie de estado catatónico. Ni siquiera recuerdo qué programas vi. Solo recuerdo que miré la pantalla hora tras hora, fascinada por esa cantidad de canales que no estaban antes. 

Hoy me he acordado de eso porque he tenido una sensación parecida al leer "Reflexiones de un cazador de hormigas", de Diego S. Lombardi. El libro me llegó por email hace unos días y lo empecé a leer enseguida. Me enganchó a las pocas páginas. Puede que fuese algo que había en la historia, como ese bebé propenso a sufrir convulsiones que mira a su padre con sus diminutos ojos estrábicos sin que éste sea capaz de sentir nada más que algo parecido a un ligero temor, o como los terrarios de hormigas que le obsesionan al protagonista. O puede que fuese simplemente la forma en que estaba escrito, con frases cortas y a veces inconexas que disparan el ritmo de la narración. O esa cierta voluntad experimental que hace que el lector esté atento pero que a la vez evita que nos perdamos en laberintos estilísticos. No lo sé. Solo sé que el libro tiene ese componente hipnótico y caótico de las novelas que consiguen enganchar a los lectores. Que consiguen dejarnos sentados en el sofá durante varias horas, mirando fíjamente la página de un libro. 

Después de esos cuatro días en que no hice otra cosa que mirar la televisión, mi relación con ella se normalizó. Aquí es dificil no verla, pero te acostumbras al murmullo constante, como la gente que vive al lado de las vías del tren y ya no los oye. Lo que sí recuerdo es una especie de sensación de vacío cuando decidí levantarme del sillón. La luz blanca y brillante de las pantallas siempre me ha parecido hipnótica y confortable, así que pones a prueba tu fuerza de voluntad cada vez que la apagas. Algo parecido me pasó con el libro de Diego. A veces, 122 páginas son pocas.