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domingo, 5 de octubre de 2014

De cuando Eliphas Lévi predijo la llegada de las sombras




Londres, 1845. El ocultista francés Eliphas Lévi ha viajado a la ciudad inglesa guiado por un presentimiento que no puede quitarse de la cabeza. Desde hace meses, todas las señales indican que debe abandonar París y sumergirse en la tenebrosa Londres, deambular por sus callejones húmedos y oscuros, escuchar los susurros que abren las puertas de los infiernos. Nada más llegar, alquila un pequeño estudio en una buhardilla con las paredes llenas de manchas de moho, barata pero tan tenebrosa como sus presentimientos. No sabe por qué ha venido a Londres, pero sabe que debe estar atento, que los acontecimientos están a punto de precipitarse, que las sombras están a punto de desvelar sus secretos.


A los pocos días de su llegada, Lévi entra en contacto con los círculos rosacruces, cuyos miembros también han percibido la leve agitación de la materia que precede al caos más hermoso y salvaje. Conscientes de que Lévi tiene un importante papel que jugar, le han buscado por toda la ciudad, callejón tras callejón, susurro tras susurro. El francés es solo un estudioso, alguien que conoce las fuerzas ocultas que duermen en la ciudad por los textos revelados, pero nunca ha entrado en contacto directo con esas fuerzas. Hasta entonces. Alentado por los rosacruces, Lévi inicia una serie de invocaciones que cambiarán su vida para siempre. Aunque se negará a hablar de sus visiones, se sabe que en una de ellas contactó con Apolonio de Tiana, un matemático y místico griego fallecido siglos antes. La misión de la presencia es indicarle dónde se encuentra el Nyctamerion, un texto revelado que hasta entonces había permanecido escondido a la vista de los hombres. Tomando ese texto como referencia, Lévi elaborará uno de los libros ocultistas más importantes de todos los tiempos, Dogma y ritual de la alta magia

A partir de entonces las visiones de Lévi serán frecuentes. Aquejado de una enfermedad coronaria, el ocultista sufría desmayos que le llevaban a experimentar estados de trance. En esos estados será capaz de conocer las señales que anuncian los abismos, los murmullos que presagian la llegada de acontecimientos oscuros. Una de esas visiones será de París. En ella, Lévi verá la ciudad en medio de una fuerte tempestad que dejaba las calles llenas de cadáveres. Consciente de que París se sume en las sombras, decide volver definitivamente a su ciudad natal. Han pasado muchos años desde que la abandonó, y en todo ese tiempo solo ha hecho alguna visita temporal, apenas unas semanas. Cuando regresa, encuentra una ciudad llena de susurros, tomada por energías oscuras que conspiran en las sombras. Comienza a ganarse la vida dando clases particulares de cábala, pero en realidad espera. Espera a que lleguen los acontecimientos de sus visiones, a que se desate la tormenta que ha visto en sus estados de trance. 

No pasará mucho tiempo. Solo unos meses después de su llegada, un levantamiento popular declarará la Comuna de París. Agotada su única fuente de ingresos, Lévi vagará por la ciudad hambriento y desesperado, buscando señales del abismo. Sabe que queda poco tiempo, que las sombras están a punto de abatirse sobre la ciudad como una plaga de langostas. Encerrado en su pequeña buhardilla, verá llegar a las sombras, oirá los disparos, verá caer los cuerpos sobre la acera. Esas visiones, más terribles aún que las de sus estados de trance, le perseguirán toda la vida, produciéndolo fuertes dolores de cabeza. Morirá solo cuatro años después, sin que esos dolores le hayan abandonado nunca. 

lunes, 29 de septiembre de 2014

Divagaciones raras después de ver "Calígula", de Camus.





Leo bastante teatro, pero casi nunca voy a ver obras. En comparación con otras formas de ocio, no me parece que sea caro pagar entre 15 y 20 euros por ver a varios actores sudando sobre el escenario durante dos horas, pero para mí es cara cualquier cosa que sobrepase los cuatro euros. Cuando voy, generalmente es porque me invitan o porque he ahorrado durante semanas, así que elijo muy bien las obras. La semana pasada fui a ver "Calígula", de Albert Camus. En Madrid han coincidido dos obras de Camus casi a la vez en cartel. Una era ésta, la otra "Los justos". Si solo me hubiese guiado por el texto original, habría escogido la segunda sin ninguna duda. He sido tan pesada con Savinkov por aquí que creo que cualquiera que me haya leído alguna vez ya sabe lo que significa para mí, y "Los justos" es en gran medida la adaptación al teatro de los diarios de Savinkov. Sin embargo, al final no elegí esa. El montaje que se está representando en Madrid ha optado por trasladar la acción a los años setenta y hacer que los protagonistas sean miembros de ETA. Es decir, en lugar de un grupo nihilista de la Rusia de finales del XIX, los protagonistas de la obra son un comando etarra en plena Transición. Estoy hablando sin haber visto el montaje, pero de entrada la idea no me gusta. En general, me cuesta entender por qué modificar el texto original del autor, y en particular, tengo muchos prejuicios ideológicos con todo lo que está ambientado en la Transición. Salvo honrosas excepciones, me da la sensación de que no son más que intentos por apuntalar el anclaje democrático de un régimen construido a base de cadáveres, pero esa es otra historia. La versión de "Calígula" respetaba el texto íntegro del autor, así que me decidí por esa.

No sé muy bien cómo explicar lo que me pasa cuando voy al teatro. Es como una especie de trance, como uno de esos estados místicos. Me pasó con "Marat-Sade", con "Así es si así os parece", con "Un enemigo del pueblo", con "Esperando a Godot", con "Las criadas". No puedo apartar la vista del escenario. Es algo así como un estado de hipnosis. Cada vez que salgo de ver una de esas obras, tengo unas ganas brutales de escribir teatro. No creo que pueda haber nada comparable a ver algo que hayas escrito tú interpretado por actores de verdad, y siempre he creído que el teatro tiene mucha más potencia que el cine en muchos sentidos. Es como si la pantalla crease una distancia que no se puede salvar. Si alguna vez habéis visto un ahorcamiento o un fusilamiento en una obra de teatro, sabréis a qué me refiero. En el cine puedes meter todos los efectos especiales que quieras, simular la sangre, reproducir el crimen de forma casi perfecta. Pero no hay nada comparable a verlo en un teatro. A ver ahorcada a una persona real allí delante tuya, a solo unos metros. 

Después de la euforia inicial viene el pudor, la certeza de que nunca vas a poder escribir así. Supongo que saber eso deja cierta tristeza, pero en realidad no tiene la más mínima importancia. Camus ya escribió la obra que había que escribir. O al menos, la que yo necesitaba ver. 



"CALÍGULA. Bueno, pues tengo un plan que proponerte. Vamos a revolucionar la economía política en dos tiempos. Te lo explicaré, intendente..., cuando hayan salido los patricios. 

Los Patricios salen. 
Calígula se sienta junto a Cesonia.

CALÍGULA. Escúchame bien. Primer tiempo. Todos los patricios, todas las personas del  Imperio que dispongan de cierta fortuna —pequeña o grande, es exactamente lo  mismo— están obligados a desheredar a sus hijos y testar de inmediato a favor del Estado. 
EL INTENDENTE. Pero César... 
CALÍGULA. No te he concedido aún la palabra. Conforme a nuestras necesidades, haremos  morir a esos personajes siguiendo el orden de una lista establecida arbitrariamente.  Llegado el momento podremos modificar ese orden, siempre arbitrariamente. Y heredaremos. 
CESONIA (apartándose). ¿Qué te pasa? 
CALÍGULA (imperturbable). El orden de las ejecuciones no tiene, en efecto, ninguna  importancia. O más bien, esas ejecuciones tienen todas la misma importancia, lo que demuestra que no la tienen. Por lo demás, son tan culpables unos como otros. (Al intendente, con rudeza.) Ejecutarás esas órdenes sin tardanza. Todos los habitantes de Roma firmarán los testamentos esta noche, en un mes a más tardar los de provincias. Envía correos. 
EL INTENDENTE. César, no te das cuenta... 
CALÍGULA. Escúchame bien, imbécil. Si el Tesoro tiene importancia, la vida humana no la 
tiene. Está claro. Todos los que piensan como tú deben admitir este razonamiento y considerar que la vida no vale nada, ya que el dinero lo es todo. Entretanto, yo he  decidido ser lógico, y como tengo el poder, veréis lo que os costará la lógica. Exterminaré a los opositores y la oposición. Si es necesario, empezaré por ti."

viernes, 26 de septiembre de 2014

El nombre maldito de Nechayev

[Sergei Nechayev]



El 13 de mayo de 1881, un atentado terrorista acababa con la vida del zar Alejandro II. Los responsables eran miembros de la organización revolucionario Narodnaia Volia, un grupo de tendencia nihilista que había atentado contra el régimen en numerosas ocasiones desde su formación en 1879. Esta vez la acción había estado a punto de ser un desastre. La primera bomba, lanzada por un joven de aspecto frágil llamado Niko­lái Rysakov, apenas había dañado el carruaje en el que viajaba el zar, que había conseguido salir por su propio pie del vehículo. Rysakov había sido ­detenido de inmediato, pero antes de que los cosacos pudie­sen llevárselo para ha­cerlo ­­de­saparecer en alguna de las ­temibles cárceles zaristas, el joven había tenido tiempo de gritar algo a la multitud que se agolpaba en la calle para ver lo sucedido. Aquel grito funcionaba como una clave, una contraseña capaz de detonar artefactos y hacer saltar por los aires regímenes enteros. La segunda explosión no se hizo esperar. Ignati Grinevitski lanzó un paquete bomba que cayó al lado del zar, destrozándole las piernas. El monarca moriría desangrado unos minutos más tarde en su habitación del Palacio de Invierno. En res­puesta, el Esta­do se cobraría la vida de cinco miembros de Narodnaia Volia, que serían condenados y ejecutados a principios de abril. Sin embargo, la oleada represiva emprendida por el zarismo no conseguiría acabar con el terrorismo revolucionario, que se extendía cada vez con más fuerza por todo el país. Un ejército de terroristas, anarquistas, nihilistas y conspiradores profesionales miraba atentamente los planos de las ciudades buscando puntos débiles en el trazado de sus calles, lugares susceptibles de albergar bombas, rincones oscuros que escapasen al control de la policía. Las conspiraciones se sucedían una tras otra. Las ciudades se habían convertido en una trampa para los poderosos.

La organización Narodnaia Volia suponía la culminación de un movimiento que se mantendría hasta la caída del régimen, pero que había comenzado 20 años antes, con un acontecimiento que mostraba las tormentas que estaban a punto de desatarse. En noviembre de 1869 el cuerpo de Ivan Iva­novich, un estudiante de medicina conocido por su compromiso político, era encontrado en el fondo de un estanque situado en las afueras de Moscú. El cadáver tenía un agujero de bala en la frente y los bolsillos llenos de piedras para que se hundiese con más facilidad. La policía inició una investigación que daría resultados sólo cuatro días más tarde. El responsable del crimen era Sergéi Nechayev, un joven de aspecto desaliñado que lideraba una pequeña organización de tendencia nihilista llamada Narodnaia Rasprava, la Justicia del Pueblo. La noticia conmocionó a la sociedad rusa, que vivía ajena a la realidad que ahora salía a la luz. En los sótanos y los callejones de las ciudades, decenas de jóvenes nihilistas conspiraban para acabar con el poder. Traían consigo la pólvora y la tormenta.

Antes de ser detenido, Ne­chayev consiguió abandonar Rusia con un pasaporte falso y llegar a Ginebra, donde contactó con Bakunin. El anarquista tenía 55 años y el cuerpo lleno de las cicatrices que dejan las barricadas, la cárcel y el exilio, pero aquel joven de apenas 20 años consiguió impresionarle. Nechayev era el ángel de la revolución, la señal que anunciaba la llegada de una nueva generación de revolucionarios con los bolsillos llenos de casquillos de bala. En el pequeño apartamento en el que vivía Bakunin, Nechayev escribió uno de los manifiestos políticos más violentos y amorales de todos los tiempos: El catecismo revolucionario. El texto contenía un conjunto de recomendaciones sobre cómo debía ser la vida y la estrategia de los militantes, pero era mucho más que eso. Aquel manuscrito era el cuerpo teórico de una nueva doctrina, el libro fundacional de una sociedad secreta de hombres y mujeres malditos que estaban dispuestos a sembrar el terror entre los poderosos. A esa sociedad secreta pertenecerían los miembros de Narodnaia Volia, pero también muchos otros antes y después de ellos. A todos se les podía reconocer por la mirada de rabia y las manchas de pólvora en el abrigo.
Seis meses después de su llegada, Nechayev decidió regresar a Rusia con una identidad falsa. El siguiente paso era poner en marcha la organización que debía llevar a la práctica aquellas ideas, desatar la tormenta, sembrar el terror.
Sin embargo, antes de abandonar la ciudad robó de casa de Bakunin y Herzen numerosa documentación que podía hacer peligrar la vida de ambos si caía en manos de la policía. Con ello Nechayev no solo conseguía documentos que podían servirle como salvoconducto en los círculos revolucionarios, sino también información con la que poder extorsionarles en caso de que las cosas no sucediesen como estaban previstas.
La traición resultó muy dolorosa para Bakunin, que había establecido un vínculo con Nechayev que iba mucho más allá de la simple afinidad política. El viejo revolucionario no sólo había sido influenciado por la visión de la violencia de Nechayev, mucho más inmediata que la del anarquista, sino que también se había sentido fascinado por aquel joven de aspecto hipnótico. Había visto en él la promesa de una tormenta capaz de hacer saltar por los aires los mecanismos de dominación.
Sin embargo, la realidad era muy distinta. Nechayev había exagerado conscientemente las informaciones que había transmitido a Bakunin sobre la situación de Rusia. El país no estaba al borde de la insurrección ni el joven nihilista lideraba ninguna organización masiva. Nechayev no había hecho más que inventar una historia que pudiese impresionar al revolucionario y le permitiese conseguir sus objetivos. Al fin y al cabo, los medios no eran más que otro nombre que darle a los fines.
A partir de la difusión de su texto, el nombre de Nechayev sería una palabra temida por los poderosos y maldecida por la Historia, capaz de inspirar terror y desatar el pánico. El nihilista pasaría sus últimos ­días en prisión, pero su nombre seguiría siendo susurrado mucho después de su muerte. Como recoge la edición de La Felguera a través de la correspondencia que acompaña al texto de El catecismo revolucionario, ese nombre no sólo obsesionaría a un Bakunin que seguiría hablando de él durante años, sino también a figuras como Dostoyevski, para el que los jóvenes nihilistas no eran más que una “piara de cerdos”. Ese nombre seguía funcionando como una clave, como una contraseña capaz de conjurar el terror y despertar a los demonios. Como un artefacto explosivo.



[artículo publicado originalmente en la edición impresa del periódico Diagonal y en la web. Enlace AQUÍ]

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Del cuerpo y la obra de Georges Palante





Después de una existencia miserable, Georges Palante decidía quitarse la vida el día 5 de agosto de 1925. Había vivido exactamente sesenta y tres años, tres meses y quince días. A partir de entonces, su obra caería también el más miserable de los olvidos. Como si la vida y la obra no pudieran ser más que un espejo la una de la otra.

Con el cuerpo terriblemente deformado por una enfermedad endocrina que le hacía crecer las extremidades y le daba un aspecto monstruoso, Palante había acumulado fracaso tras fracaso. Durante años, había intentado impartir clases en la Sorbona, pero tuvo que conformarse con ser profesor en distintos institutos de la Bretaña francesa. En la universidad no había sitio para su pensamiento extraño y desestabilizador. Lúcido intérprete de Nietzsche y de Stirner, Palante era sobre todo un individualista. Sin embargo, su individualismo estaba muy alejado del liberalismo. No se trataba de sentar las bases ideológicas de la explotación, sino de construir una afirmación radical de la libertad individual, que no puede ser constreñida por ninguna otra instancia: "La sociedad -escribió - es tan tiránica como el Estado, si no más. Esto es porque entre la coerción estatal y la coerción social no hay más que una diferencia de grado".


Muchos de los textos de Palante fueron escritos en los lóbregos burdeles en los que trabajaba su mujer, que se encargaba de cuidarlos y adecentarlos después de haber dejado la prostitución. En esas mismas habitaciones preparaba sus clases para el liceo, para las que cada vez necesitaba beber más. Alcohólico, jugador empedernido de póquer y cazador torpe y miope, el pensamiento individualista y aristócrata de Palante acabó derivando en una intensa misantropía que le llevó a una marginalidad cada vez más acusada. En los últimos años ni siquiera salía de casa. Demasiado dolor. Como si el cuerpo fuese una extensión de la obra. Como si el cuerpo no pudiese ser otra cosa distinta de la obra. 


[Uno de los textos de Georges Palante, "El espíritu corporativo" ha sido reeditado ahora como libelo por Piedra Papel Libros. Gracias a ese texto conocí su historia. Para profundizar en su pensamiento, muy recomendable el libro d Michael Onfray "Fisiología de Georges Palante, publicado por Errata Naturae]

jueves, 28 de agosto de 2014

Recuento de cadáveres ocasionados por disparos de fusil y máquinas infernales

[Napoleón Bonaparte]


En 1800, el día 9 de octubre, se intentó asesinar al primer cónsul Napoleón Bonaparte, sin que el criminal lograra sus propósitos. Por ese motivo fueron detenidos Damerville, Corocchi, Arena, Lebrum, Topino y otros diecinueve cómplices. Durante el mismo año estalló una bomba en la calle Nicaise, salvándose de una muerte cierta Napoleón, ya que pasó por allí un minuto más tarde. En 1804 fueron detennidos Moreau, Pichegreu y Jorge Cadonal, acusados de atentar contra la vida de Napoleón Bonaparte. El 13 de octubre de 1809, Federico Stabs intentó herir con un puñal a Napoleón cuando estaba en Schoenbrunn.

Durante la Restauración, el 13 de febrero de 1820, el duque de Berry fue asesinado por Louvet cuando bajaba del carruaje para entrar en el Palacio de la Ópera.

Durante la monarquía de julio se cuentan siete atentados. El 18 de noviembre de 1832, Berguen trata de matar de un disparo a Luis Felipe; el 28 de julio de 1835, cuando el rey, seguido de sus hijos y de su Estado Mayor, pasaba revista a las tropas en el boulevard del Templo, se oyó una terrible explosión. Cuabdo se disipó el humo y el polvo de la explosión, en el suelo había una gran cantidad de cadáveres y heridos. El rey y sus hijos resultaron ilesos. Fieschi, autor del atentado, fue detenido en su propia casa, donde había colocado una batería completa de fusiles con objeto de matar al rey. Fue condenado y guillotinado junto con sus cómplices. 


[Luis Felipe]


El 23 de julio de 1836, Alibaud disparó su fusil contra Luis Felipe. La bala pasó rozando la cabeza del monarca. Algunos meses después, Menier le hirió con dos tiros. En 1837, un obrero mecánico llamado Champion fue detenido en la víspera del día en que debía arrojar una máquina infernal contra el mismo monarca. 

En el mismo año atentan contra la vida del Príncipe Fernando, casado con la reina de Portugal. En 1848 se realiza el atentado contra el príncipe de Prusia. Un año después, Hamilton atenta contra la vida de la reina Victoria y, en mayo de 1859, Robert Pate propina varios bastonazos a la soberana en el momento en que ésta salía del Palacio de Cambridge. 

En 1852 ocurrieron los siguientes crímenes: el 22 de mayo atentan contra la vida de Federico Guillermo IV; el 2 de febrero el cura Merino hiere con un puñal a la reina Isabel II; al finalizar el año, un antiguo oficial del ejército inglés trata de asesinar a la reina Viictoria. El mismo año es descubierta en Marsella una máquina infernal durante el viaje de Napoleón III a dicha ciudad y ocurrieron los atentados contra Víctor Manuel II y contra Carlos III. 

En 1861, el rey de Prusia resulta herido de dos tiros que le disparó un estudiante llamado Becker. Un año más tarde, otro estudiante dispara contra el rey de Grecia. En 1864 es asesinado el presidente Abraham Lincoln. Dos años después tiene lugar el atentado de Karatosov contra el zar Alejandro II en San Petersburgo. Ese mismo año, Berezovski dispara contra el zar en París.


[Alejandro II]


En 1871, atentado contra el rey Amadeo, en Madrid. En 1878, atentado de Haedel contra el rey Guillermo I de Alemania. El 2 de junio del mismo año, Nivilling le dispara dos tiros de fusil y le hiere. El 25 de octubre, Olivia Moncasi intenta asesinar al rey Alfonso XII, disparándole un tiro. Un año después, se produce el atentado de Soloviov contra el zar Alejandro II. En diciembre, el atentado contra el zar Nicolás II en el tren imperial. Unos días más tarde, el de Francisco Otero contra el rey Alfonso XII y su esposa. 

En abril de 1879, el rey Humberto de Italia es atacado por un anarquista cuando se dirgía a las carreras de caballos. El dos de julio, el general Garfield, Presidente de Estados Unidos, es asesinado por Guiteau. El 27 de agosto de 1897 muere asesinado el Presidente de Uruguay, Iriarte Borda. Un año después el de la República Dominicana, Hereux. 

A la lista deben añadirse el asesinato del presidente Sadi Carnot por el italiano Caserio; el de la emperatriz de Austria en noviembre de 1898 y el atentado al Príncipe de Gales.




[Datos extraídos del libro "100 años de atentados políticos", de José Purcalia Muñoz (Ediciones Marte, 1969]

jueves, 14 de agosto de 2014

Del abismo que se abrió en una celda de la prisión de El Dueso


 
[Asamblea en el patio de la cárcel de Carabanchel, 1978]




Cárcel de El Dueso, 1978. Hace solo unas semanas el GRAPO ha asesinado de varios tiros a Jesús Haddad, el Director General de Instituciones Penitenciarias. El atentado era una respuesta a la muerte de Agustín Rueda, un militante anarquista catalán torturado durante días en la cárcel de Carabanchel tras su participación en un motín. El sustituto de Haddad se llama Carlos García Valdés y solo tiene 31 años. Le han elegido a él porque nadie quiere ese cargo. Durante los últimos meses han estallado decenas de motines en las prisiones de todo el Estado. Los presos comunes reclaman una amnistía similar a la que han recibido los presos políticos, pero el Gobierno se niega. No importan las instalaciones destrozadas, las huelgas de hambre, las autolesiones, las denuncias de torturas, las muertes a manos de funcionarios. Solo importa mantener el orden. 

García Valdés decide visitar personalmente algunas prisiones nada más llegar al cargo. Necesita hacerse fotos, contarle a la prensa que se preocupa, aparentar que va a hacer algo para que las cosas cambien. En El Dueso se entrevista con varios presos para que sean ellos mismos los que le transmitan sus reclamaciones. Frente a él, al otro lado de la mesa, García Valdés se encuentra con Daniel Pont. El preso ha sido elegido por sus compañeros para hablar por ellos. Es uno de los líderes más lúcidos, brillantes y combativos de la COPEL, la Coordinadora de Presos en Lucha. La COPEL había nacido en Carabanchel para denunciar la situación de los presos comunes y articular formas de lucha colectivas que les permitiesen reclamar la amnistía. Sus miembros habían estado detrás del motín que había iniciado la oleada de protestas, huelgas y motines que después se había extendido por todo el Estado. Como forma de represalia, la COPEL había sido dispersada y algunos de sus miembros había acabado en El Dueso. Pont era uno de ellos. 

García Valdés y Pont tenían algún punto en común en su biografía, pero sobre todo muchas diferencias. Esas diferencias que hacen que uno esté sentado a un lado de la mesa y otro al otro. Ambos tenía una edad parecida -31 años García Valdés, 29 Pont-, pero su trayectoria era muy distinta. García Valdés procedía de una clase acomodada, se había licenciado en Derecho y había conseguido el doctorado con una tesis sobre el régimen penitenciario español. Pont era hijo de una madre soltera, no había podido estudiar y tenía una prometedora carrera como atracador de bancos cuando le detuvieron. Los dos eran dos personas inteligentes, cultas y brillantes, pero los separaba un abismo. García Valdés representaba la máxima represión que es capaz de ejercer el Estado, el poder para decidir sobre la vida de las personas que permanecían encerradas en las prisiones. Pont personifica la lucha de alguien que no abandona a pesar de estar en la situación de máxima vulnerabilidad, de alguien que no se rinde a pesar de tenerlo todo en contra. No sabemos con exactitud qué se dijeron aquel día, pero por las fotos de la prensa sabemos que, al menos, se miraron a los ojos. 




[Datos extraídos del magnífico libro de César Lorenzo Rubio "Cárceles en llamas. El movimiento de presos sociales en la Transición" (Virus, 2014]

miércoles, 23 de julio de 2014

Tríptico del canibalismo



I


[El general Butt Naked, convertido en predicador]


Liberia, 1999. El norte del país es invadido por un grupo rebelde apoyado por el Gobierno de la vecina Guinea. El objetivo es hacer caer del poder a Charles Taylor, que había ganado las elecciones después de una guerra civil que él mismo había comenzado cuando sitió la capital, Monrovia. La invasión genera un nuevo conflicto armado, el segundo en apenas una década. El país estalla. Por todos lados comienzan a surgir señores de la guerra que tratan de conseguir su cuota de poder para seguir traficando con armas, con drogas y con personas. Liberia se convierte en un infierno, aunque en realidad nunca ha sido otra cosa. Los señores de la guerra pronto son mucho más poderosos que el ejército del Estado. Los dos asesinan, secuestran, violan, saquean y mutilan, pero los segundos han comprendido mucho mejor los resortes internos del capitalismo. Esos resortes que permiten explotar a niños en minas de diamantes drogándolos con cocaína insertada directamente en el cerebro. Los que premian a los emprendedores que trafican con personas. Los que te hacen rico y poderoso.

Los señores de la guerra creen en el capitalismo, pero también creen en muchas otras cosas. Creen en el canibalismo, en la sangre, en la ingestión del cuerpo del enemigo. En la oscuridad que hay en los recovecos de las vísceras, en la pureza de los niños, en las sustancias que entran en el cerebro y lo hacen pedazos, en los ritos sagrados. El general Butt Naked, uno de los señores de la guerra más poderosos de Liberia, oficiará ceremonias que le permitirán ser inmune a las balas. En ellas, cogía niños menores de seis años, les abría una herida por la espalda y les sacaba el corazón mientras estaban todavía vivos. Después se lo comía y se embadurnaba el cuerpo con la sangre todavía caliente. Peleaba desnudo porque la sangre y las vísceras protegían de las balas.




II


[Enriqueta Martí]


Es 1999 pero podría ser cualquier otro año. En realidad la fecha no importa. El tiempo no es lineal, avanza y retrocede mediante la repetición de ritos. Comer vísceras de niños para alcanzar algo de su pureza, para evitar la vejez, para ser inmune a la muerte. Podría ser, por ejemplo 1912. Estamos en una Barcelona enterrada en pólvora y dinamita, pero los atentados anarquistas y los tiroteos de los sicarios enviados por la patronal no son las únicas sombras que acechan en la oscuridad de los callejones. Las bombas estallan, los cadáveres de los poderosos crecen en las aceras, las alcantarillas se llenan de murmullos. Es el 27 de febrero de 1912 y el brigada Ribot, miembro de la policía municipal de la ciudad, se encuentra frente a la puerta del número 29 de la calle de Ponent. Una vecina ha denunciado que en ese piso está Teresa Guitart Congost, una niña de diez años que lleva varios días desaparecida. No era el primer niño que desaparecía en el Raval, pero qué importaba, eran pobres, los pobres ni siquiera saben cuántos hijos tienen, los habrán mandado a pedir. Cuando los policías entran en el piso lo que ven es mucho peor de lo que se habían imaginado. Hay dos niñas en lugar de una y las dos llevan el pelo rapado y la ropa hecha jirones. La segunda niña, llamada Ángela, cuenta que ha visto cómo la dueña asesinaba a un niño en la mesa de la cocina. Cómo le inmovilizaba, le clavaba un cuchillo y recogía su sangre en una palancana.

Fuera estallan las bombas, pero el infierno está allí dentro. Ribot inspecciona el piso y se encuentra con el horror. En un cuarto cerrado con llave hay decenas de jarras, frascos y cubos que conservan restos humanos de todo tipo: sangre coagulada, grasa hecha manteca, esqueletos enteros, cráneos agujereados. Detrás de las paredes y en los falsos techos duermen decenas de cadáveres, todos de niños de entre tres y seis años. La casa es un enorme cementerio. Durante años, la dueña, Enriqueta Martí, se había dedicado a secuestrar y asesinar niños que luego emparedaba en los muros y los techos de las propiedades que tenía repartidas por toda la ciudad. Como si repitiese algún rito.

Pero aquella no sería la única sorpresa que aguardaba en el piso de la calle Ponent. En medio del horror había un papel escrito a mano, una lista que contenía los nombres de las familias más ricas e influyentes de Barcelona. Un listado de clientes. Los poderosos compraban ungüentos y pociones a Enriqueta para mantenerse jóvenes y sanos. Los ricos se comían a los hijos de los pobres. Las autoridades evitaron que el contenido de la lista trascendiera a la prensa, pero los rumores decían que en ella había políticos, médicos, empresarios, banqueros. La versión oficial dijo que era solo un listado de las familias a las que Enriqueta mendigaba, pero los murmullos que se oían en la calle eran muy distintos. Los que los pronunciaban había visto a Enriqueta salir de noche con joyas y vestidos de lujo, montarse en coches de caballos y dirigirse a la zona rica de la ciudad. De hecho, esos vestidos y esas joyas fueron encontrados en los pisos de Enriqueta, todos de su talla.

La asesina fue detenida y encarcelada, pero las autoridades nunca investigaron aquellas listas ni aquellos rumores. La semana trágica bullía todavía en las alcantarillas de la ciudad, pesaba en el ambiente como una neblina densa y pegajosa que lo anegaba todo. Las autoridades tenían que acallar aquel murmullo insistente que susurraba en los oídos de los pobres que los poderosos no solo les explotaban hasta la extenuación en los talleres y las fábricas, sino que también secuestraban, asesinaban y devoraban a sus hijos.




III


[soldados japoneses con prisioneros de guerra]



 Los ritos se repiten, el tiempo retrocede y avanza de forma caótica. La sangre y las vísceras que dan la salud, que curan la enfermedad, que alejan la muerte unos instantes. Los suficientes para sobrevivir a una guerra, para volver a casa y guardar silencio. Nueva Guinea, 1944. El ejército japonés está perdido en un país extraño y terrorífico. Sus líneas de suministros han sido cortadas por los aliados y los soldados se mueren de hambre. Pero por qué morir de hambre si tienes prisioneros, si su carne sabe como cualquier otra, quizá algo más dulce, pero carne al fin y al cabo.

El soldado indio Lance Naik Hatam Ali (más tarde ciudadano de Pakistán), testificó que en Nueva Guinea: “los japoneses empezaron a seleccionar prisioneros y todos los días uno era llevado fuera, asesinado y comido por los soldados. Personalmente, vi que esto ocurría y alrededor de 100 prisioneros fueron comidos en el mismo lugar por los japoneses. El resto fuimos trasladados a otro lugar a 80 kilómetros  de distancia, donde 10 prisioneros sucumbieron a las enfermedades. Allí, los japoneses nuevamente empezaron a seleccionar prisioneros para comérselos. Los escogidos eran llevados a una choza donde se separaba la carne de sus cuerpos mientras estaban vivos y, luego, eran tirados a una fosa donde más tarde morían.”

Pero el canibalismo no era producto solo del hambre y la desesperación. Después de la II Guerra Mundial, el Estados australiano inició una investigación para esclarecer la muerte de varios soldados de esa nacionalidad que habían sido hechos prisioneros por el ejército japonés. Los resultados de la investigación nunca salieron a la luz. La realidad era demasiado terrible, y aquellos documentos cogieron polvo en algún sótano del Ministerio del Interior. Décadas después, en los años noventa, el historiador japonés Yuki Tanaka encontró esos archivos mientras realizaba una investigación sobre el papel de las tropas japonesas en la contienda. Allí, entre decenas de documentos clasificados, otra vez el mismo rito, perfectamente documentado. Los soldados japoneses habían practicado el canibalismo, se habían comido a los prisioneros. Había declaraciones de testigos que afirmaban haber visto esta práctica con sus propios ojos, haber presenciado cómo los soldados japoneses devoraban soldados enemigos muertos y utilizaban a los vivos como ganado humano. Según Yuki Tanaka no eran simples casos aislados, sino que "el canibalismo era a menudo una actividad sistemática conducida por escuadrones enteros y bajo la dirección de oficiales". Esta misma tesis sería confirmada solo unos años más tarde por el historiador Antony Beevor, que investigó los archivos australianos y los contrastó con documentos desclasificados por el gobierno estadounidense. En ellos, se confirmaba que el ejército japonés había utilizado a prisioneros de guerra como ganado humano, manteniéndolos con vida solo para ser asesinados y devorados de uno en uno, como parte de “una estrategia militar sistemática y organizada.”

Comer la carne del enemigo, protegerse de las balas, alejar la muerte, repetir el rito. Murmullos que susurran al oído, vísceras que hablan de la oscuridad que todos llevamos dentro. 

domingo, 6 de julio de 2014

Últimas lecturas: Walter Benjamin, Émil Cioran y Agota Kristof



Crítica de la violencia, Walter Benjamin (Biblioteca Nueva). Creo que la razón por la que más me gusta leer ensayo es porque me despeja la cabeza. Muchas veces me sucede que tengo una certeza sobre algo pero no me he detenido a pensarlo ordenadamente. Es como tener una especie de murmullo en el fondo del cerebro y no poder dejar de oírlo: intuyes lo que dice pero no acabas de entender las palabras exactas. Creo que eso es precisamente lo que hacen los buenos ensayos en mi cerebro: ayudarme a entender ese murmullo. Benjamin era una asignatura pendiente desde hacía un montón. Crítica de la violencia tiene apenas cien hojas, pero eso ha bastado para ayudarme a ordenar un montón de ideas que solo me daban vueltas en la cabeza como intuiciones. En concreto, por qué odiamos a la policía, por qué resulta tan insoportable su violencia y de dónde parte su legitimidad -o más bien, la falta de ella- en los distintos modelos de Estado. Sigo teniendo muchas deudas pendientes con Benjamin.





En las cimas de la desesperación, Émil Cioran (Tusquets). Supongo que En las cimas de la desesperación entra en la categoría de ensayo, pero me cuesta clasificarlo así. Quizá porque hay demasiado dolor, demasiada incredulidad, demasiada rabia. El efecto que ha producido Cioran en mí se parece mucho más al que me produce la poesía, que tiene que ver con introducir murmullos en mi cabeza mucho más que con aclararlos. Cioran hablándome al oído de los fuegos que le consumen, del dolor de despertarse cada mañana, de los abismos que todos llevamos dentro. En la introducción, el propio Cioran dice que escribió ese libro con veintidós años y que si no lo hubiese hecho seguramente se habría quitado la vida. No creo que la literatura sirva para nada, no creo que tenga ningún valor transformador ni que sirva para cambiar las cosas. Pero sí que estoy convencida de que es capaz de librarte de un montón de mierda. Quizá eso sea suficiente. 






Claus y Lucas. Agota Kristof (El Aleph).  El volumen que tengo -por lo que sé la última edición que se ha publicado en castellano-, incluye los tres libros que Agota Kristoff escribió sobre los dos hermanos que dan título al libro. Varias personas de las que me fío un montón lo tenían en sus listas de lecturas favoritas, así que me decidí a hacerme con uno. Solo un día después de haberlo terminado, me cuesta describir lo que ha supuesto Claus y Lucas para mí. Supongo que una forma sencilla de hacerlo es decir que a partir de ahora también estará entre mis diez lecturas favoritas, pero eso lo le hace justicia. Es uno de los libros más crueles y más terribles que he leído, pero sin duda también uno de los más hermosos. El primero de los libros que componen la trilogía, titulado "El gran cuaderno", es bello y retorcido y tortuoso y fascinante. Es un libro redondo, perfecto. De hecho, es tan perfecto que los otros dos libros casi resultan innecesarios. Son también hermosos, pero al lado del primero quedan casi deslucidos. Quizá porque en ellos los dos niños protagonistas ya han crecido y se pierde esa perspectiva aterradora de la infancia. Quizá porque hay mucho más de la historia de la propia Kristof en el primero que en los otros dos. 

viernes, 14 de febrero de 2014

especie de apología sobre hablar con los desconocidos en la calle, con la colaboración de Al Pacino, Albert Libertad, el demonio y la antropología urbana

[Al Pacino y Keanu Reeves en "Pactar con el diablo"]



En una charla que dio el antropólogo Manuel Delgado en la librería Traficantes de Sueños proyectó una secuencia de la película "Pactar con el diablo" (The Devil´s Advocate en inglés). En esa secuencia, Al Pacino, que interpretaba al diablo, subía a un vagón de metro y empezaba a hablar con la gente que había en él. Simplemente eso, hablaba con la gente. Mendigos, inmigrantes, personas con aspecto de ir o volver de un trabajo precario y mal pagado. Además, como el diablo conoce todas las lenguas, hablaba con ellos en su propio idioma. Castellano, árabe, ruso, polaco. Les preguntaba por su familia, por su país, por su día a día, por cualquier cosa sin importancia. 

Si conocéis la película, sabéis que no tiene contenido político, al menos no a simple vista. Es una película más de las que hace Hollywood casi a diario, con un Al Pacino correcto en su interpretación y un Keanu Reeves que la industria trataba de convertir en el sex symbol de finales de los noventa. Sin embargo, al ponernos la escena, Delgado nos hizo reflexionar sobre la carga ideológica tan brutal que hay en ella. El que sale a la calle y habla con la gente es el personaje del diablo, la representación del mal más absoluta que hay en nuestra cultura. El mensaje que hay en esa escena es que salir a la calle, hablar con los demás y, sobre todo, hablar con desconocidos es algo propio de personas malvadas, es el mal. Es lo que hace el diablo. La gente buena no habla con los desconocidos: los teme. 

El director y el guionista tenían muchas opciones para hacernos ver la maldad del demonio -podría haberse puesto a acuchillar gente en el vagón-, pero curiosamente eligieron precisamente esa: la comunicación entre desconocidos. Ni siquiera era lo que se decían, el contenido de la conversación no era importante, eran charlas intrascedentes. Lo que importaba era el acto de comunicación en sí mismo. El hecho de salir a la calle y hablar con la gente. Probablemente el director y el guionista ni siquiera lo hicieron a propósito, la escena no es importante en la película. Simplemente reproducían el discurso de la dominación. Un discurso que propaga el miedo porque nos teme, porque le aterroriza la idea de que hablemos entre nosotros. De que la calle sea un sitio en el que encontrarse con los demás y compartir experiencias. Un discurso que nos quiere metidos en casa detrás de cuatro cerrojos porque en el interior de las casas no puede haber actos de comunicación directos, que no estén mediados por su tecnología. Porque la calle es el escenario de lo político, no los platós de televisión ni el Congreso. Porque la calle es el lugar del encuentro con los demás, el sitio donde hablamos con otros y compartimos experiencias.

Por eso me gusta cada vez más la gente que habla con los desconocidos en la calle, las charlas intrascendentes en la cola de la frutería, saber el nombre del tendero que me vende el pan, que el conductor del autobús me cuente que le duelen los ojos de las luces de los coches, que el chico que curra por las tardes en la biblioteca de Aluche me diga que el último libro de Franzen le ha hecho dar cabezadas de aburrimiento. Por eso me gustan cada vez menos las teorías perfectamente construidas, la gente que solo ve la realidad a través de los libros, los que pretenden cambiar el sistema con tesis impecables.

Cuando abrí el libro que recoge los escritos de Albert Libertad, en la primera página había una frase de Víctor Serge en la que decía que a Libertad le gustaba la calle, la bronca, el vino, las mujeres. Que no tenía tesis brillantes ni teorías irrebatibles, pero que no las necesitaba. Creo que por eso me ha gustado tanto. 




domingo, 9 de febrero de 2014

Georges A. Cochon: la lucha contra los desahucios en 1911

[Georges A. Cochon]


Estamos a 13 de diciembre de 1911 y el frío es intenso en París. En el número 52 de la calle Dantzing la portera acaba de llamar a la policía. Uno de los inquilinos, un tal Georges A. Cochon, se niega a abandonar el domicilio que acaban de embargarle. En lugar de recoger sus cosas y marcharse, ha montado una barricada con los muebles que tenía en la habitación y ha empezado a gritar que no van a echarle de "Fuerte Cochon". Decenas de curiosos comienzan a arremolinarse alrededor del edificio, creando un tumulto cada vez mayor. Cuando llegan los gendarmes, Cochon despliega una bandera roja y un cartel en el que puede leerse: "Respetuoso de la ley violada por la policía al servicio de la propiedad, solo saldré obligado por la fuerza". 


[desahucio del Fuerte Cochon]


Los desahucios no son raros en aquel París hambriento y helado, pero Cochon no es uno más. Las amenazas de la policía no van a amedrentarle. Dos años antes, en 1909, ha sido nombrado presidente de la Unión Sindical de Inquilinos Obreros y Empleados, la primera organización de la historia centrada en la lucha contra los desahucios. Salvo algunos privilegiados, la mayor parte de la población vive de alquiler en pisos miserables que se caen a pedazos y que carecen de luz y de agua. La renta se paga semanalmente, y basta un pequeño retraso para que el propietario pueda echarte a la calle, con la ayuda de la policía si es necesario. La organización se ha creado con la forma legal de un sindicato, peor en realidad su función no está relacionada con la lucha laboral, sino con los problemas de vivienda. Desde allí se combatirán los embargos de mobiliario, los contratos abusivos y las prácticas fraudulentas de los propietarios, pero sobre todo los desahucios. 


[Cochon siendo detenido]



Cochon aguantará durante cinco días el asedio de la policía, que intenta entrar a la fuerza en su domicilio. Cuando finalmente le expulsen, el desahucio producirá el efecto contrario al esperado, y la lucha por la vivienda se radicalizará. Cochon funda el famoso Raffût de Saint-Polycarpe, una especie de pelotón que acudía a las casas que iban a ser desahuciadas. Allí, ayudaban a la familia a meter sus pertenencias en una carreta, les llevaban a una casa vacía que habían localizado previamente y la abrían por la fuerza para que la familia la okupase. De esa forma realojaron a cientos de familias de todo París, pero las okupaciones de domicilios privados no fueron sus únicas acciones. Para darle visibilidad al problema de la vivienda, entraron por la fuerza también en numerosos edificios públicos: el 10 de febrero de 1912 okuparon el patio de la jefatura de policía, el 1 de marzo la Cámara de los Diputados, el 12 de abril asediaron el ayuntamiento de París junto a miles de personas que no tenían vivienda, y el 24 tomaron por asalto la iglesia de la Madeleine. 

[Cochon en plena okupación]

jueves, 16 de enero de 2014

De lo que le dije a Boris Savinkov cuando descubrí su cadáver a los pies de la Lubianka

[Boris Savinkov 1879-1925]

Una belleza terrible ha nacido
W.B Yeats


El invierno me maltrata
despiadadamente, Boris,
pero incluso aquí,
tumbada sobre la colcha 
de una pensión moscovita,
preferiría tenerte
que acabar con los mecanismos
de la destrucción perpetua
que bailar entre los ardores
de los venenos silvestres
que desencadenar
la más terrible de las bellezas.

Incluso aquí,
cubierta de pólvora y de rabia,
prefiero tu belleza anarquista
de soldado adolescente
tu rostro nocturno
coronado de lilas
tu cuerpo febril y salvaje
enterrado con vida
bajo el hielo y la nieve.

Incluso aquí,
enferma de frío y de violencia,
sé que a nosotros,
que hemos conocido
la deambulación generalizada
de todos los objetos, 
nunca nos será concedido
el don de la pureza.

Pero qué importa, Boris.

La pureza
es solo otra forma
de llamar 
a la oscuridad. 



[Boris Savinkov, terrorista ruso autor de más de veintisiete atentados y responsable, entre otras, de la muerte del ministro del interior del zar y del gobernador general de Moscú. Fue finalmente apresado por el régimen soviético y torturado durante días en la peor prisión de Rusia, conocida como la Lubianka. Su cuerpo se encontró una mañana a los pies del edificio, después de su supuesto suicidio. Sus diarios han sido publicados por la editorial Impedimenta]

lunes, 9 de diciembre de 2013

sobre viajes en furgoneta, canciones de Kortatu e ideas que están empezando a dar vueltas en los cerebros adecuados

[Kortatu en concierto en 1987]



Hace un par de años, uno de mis mejores amigos comenzó su tesis doctoral en Sociología sobre el rock radical vasco. Por aquel entonces yo solo trabajaba los fines de semana, así que le acompañé varias veces en sus frecuentes viajes a Euskadi para entrevistar a gente o tratar de encontrar maquetas y grabaciones de las que nadie se había vuelto a acordar desde hace veinte años. Los viajes los hacíamos en una C15 que había sobrevivido a tres dueños y tres accidentes, y a la que había que dar patadas para que se abriesen las puertas. La furgoneta no pasaba de ninguna manera de los noventa kilómetros por hora, así que el viaje era una especie de infierno de siete horas de duración con varias paradas para que el motor no se recalentase. 

La primera hora la solíamos pasar hablando de cualquier cosa, pero después del puerto de Navacerrada empezaban a sonar cinta tras cinta los grupos sobre los que él estaba haciendo la tesis: Cicatriz, Eskorbuto, Hertzainak, Jotakie o Kontuz Hi!, pero sobre todo Kortatu, que en el fondo era la razón de todos aquellos viajes. Después de escuchar tres o cuatro veces las canciones más famosas de Kortatu y cantarlas a gritos, Alberto me empezaba a contar cosas sobre su tesis, porque decía que hablar conmigo le ayudaba a pensar. "Joder, Lay, es que lo que más mola de aquella época es la efervescencia social. Ahora estamos medio muertos comparado con lo que se vivió en aquel momento en Euskadi." Lo que él trataba de analizar con su investigación era todo el movimiento social que había dado lugar al nacimiento de aquellos grupos, que formaban parte de algo mucho más amplio. Kortatu o Hertzainak fueron solo una expresión más de todo un movimiento popular que supuso la aparición de fanzines, radios libres, periódicos, centros sociales y luchas de todo tipo, como la feminista o la antinuclear. De alguna manera, en Euskadi no se habían tragado del todo aquel montaje vergonzoso de la Transición, así que ésta no había tenido tantos efectos desmovilizadores como en otras partes del Estado. 

Después de aquellos viajes no había vuelto a pensar mucho más en todo aquello, pero al leer el libro que acaba de publicar Lengua de Trapo sobre Kortatu me he alegrado de ver que los autores defienden muchas de las tesis que Alberto y yo intuíamos en esos viajes. Que la violencia de ETA y del Estado habían acabado fagocitando mucho de aquel movimiento, pero que todas aquellas iniciativas merecían la pena porque suponían salir de la dinámica protesta-represión y hacer cosas, y cosas que además eran divertidas. La militancia seria, moralista y coherente fue sustituido por algo que estaba fuera de los parámetros de la coherencia y la integridad, que al fin y al cabo son parámetros del sistema. Editar fanzines es divertido, hacer tu propio grupo de música es divertido, liberar espacios es divertido. Por eso debería hacerse. De hecho, en los últimos meses he conocido a un montón de gente que ha comenzado iniciativas parecidas, y creo que está volviendo a haber una cierta efervescencia en ese sentido. Ojalá prosperen y dentro de poco vuelva a haber iniciativas tan importantes como el fanzine musical Muskaria o la agencia de noticias Tas-Tas. De hecho, estoy bastante segura de que estas ideas ya está rondando la cabeza de mucha gente. 



[Cubierta del libro de Lengua de Trapo]


domingo, 10 de noviembre de 2013

Hoy he matado a una mujer hermosa




Cuando leo la biografía de alguien, no puedo evitar pensar en los pequeños momentos que pasan desapercibidos. Normalmente nos interesan mucho más los otros, los que suponen grandes éxitos o grandes fracasos: el momento en el que el Marqués de Sade grita desde la ventana de su celda para los revolucionarios asalten la Bastilla, el momento en el que Mateo Morral lanza el ramo de flores con la carga explosiva, el momento en el que el verdugo hace girar la manivela y un hierro de un palmo de largo entra por la nuca de Salvador Puig Antich. Pero qué pasa con los otros momentos. Esos que nunca cuentan, de los que nadie se acuerda, pero que son casi más importantes que los otros. El momento en el que Sade recorre las calles de París desorientado y confuso, intentando deshacerse de las ropas y el peinado que le identifican como un miembro de la nobleza. El momento en el que Morral llega a Madrid y deja su maleta en el andén. El momento en el que Puig Antich carga el arma. El momento en el que su verdugo llega a casa y le dice a su mujer "hoy he matado a un muchacho hermoso". 

Leyendo la biografía de Rosa Luxemburgo para preparar la reseña del último texto que escribió me ha vuelto a pasar. He vuelto a pensar en esos instantes que nadie tiene en cuenta. Concretamente en uno de ellos: el preciso momento en el que decide quedarse en Alemania a pesar de que la revolución había acabado. Fracasado el levantamiento popular de noviembre, el Gobierno inicia la caza de las cabezas visibles del movimiento. En las semanas siguientes, decenas de militantes serán detenidos, encarcelados, torturados y ejecutados, y Rosa Luxemburgo y Karl Liebnecht eran los primeros de la lista. Durante dos meses conseguirán esconderse moviéndose de un piso franco a otro, pero el cerco se estrecha cada vez más. El libro que he leído no lo decía, pero estoy segura de que en ese tiempo les propusieron salir del país muchas veces. Los dos tenían contactos en otros países de Europa, y el movimiento obrero de cualquier país los habría acogido sin dudarlo. Pero decidieron quedarse, y yo no puedo parar de pensar en ese preciso momento en el que decidieron que no se marchaban. En ese instante en el que alguien le tendió un pasaporte falso y ella dijo que no. 

Pero hay muchos otros momentos, y también pienso en ellos. El instante en el que Runge recibe la primera salpicadura de sangre de las heridas que está haciendo con su culata en la cabeza de Rosa Luxemburgo. El instante en el que se mira asqueado el uniforme y se pregunta cómo va a limpiar aquello. El instante en el que llega a casa y su mujer mira las manchas de sangre y no dice nada. El instante en el que se tumba en la cama y piensa "hoy he hecho algo bueno por Alemania". O "esa cerda no paraba de gritar". O " he matado a una mujer hermosa". El instante en el que se da la vuelta y se duerme.  



[La reseña de "El orden reina en Berlín", el último texto de Rosa Luxemburgo, puede leerse aquí]

martes, 29 de octubre de 2013

He fundado mi obra en la nada, dijo Stirner, y escribió el mapa del abismo

[Max Stirner, 1806-1856]



Recuerdo la primera vez que me hablaron de Max Stirner. Estaba pasando unos días en una casa que habían ocupado unos amigos en la sierra de Madrid. Eran las once de la noche y había unos diez grados bajo cero y una nevada que nos llegaba a las rodillas. Casi todo el mundo se había acostado ya, solo quedábamos mi amigo José y yo con una botella de algo parecido al pacharán que tenía pinta de haber caducado antes de las guerras carlistas. Tienes que leerte esto, Lay, me dijo, y me tiró sobre la mesa el fanzine peor maquetado y más hecho polvo que he visto en mi vida. Recuerdo que estábamos bastante emocionados hablando casi a gritos de Wilhem Reich y "La función del orgasmo", que habíamos descubierto casi a la vez, así que yo pensé que tendría que ver con ese tema. Qué va, me dijo, es mejor aún.

El fanzine era un montón de fotocopias mal hechas de "El único y su propiedad", la obra más conocida de Max Stirner. Pero también era mucho más que eso. Yo todavía no lo sabía, pero José me acababa de regalar el libro más desestabilizador y peligroso que he leído en mi vida. Stirner había escrito un manifiesto para la destrucción de todo lo existente, una especie de mapa del abismo que rozaba el delirio. Demolía todas y cada una de las instituciones sociales existentes hasta que solo quedaba la nada. Hasta que la misma obra era arrastrada por esa nada. Hasta que solo quedaban las siete últimas palabras del libro: "He fundado mi obra en la nada".

De hecho, el propio Stirner sería arrastrado por el peso de su obra. Profesor de un colegio de señoritas, la publicación de "El único y su propiedad" obligaría a Stirner a abandonar su puesto de trabajo como consecuencia del escándalo producido. La obra era demasiado extraña, demasiado compleja, demasiado inquietante. Arruinado y abandonado por sus familiares y amigos, Stirner pasaría sus últimos meses de vida entrando y saliendo de la cárcel a causa de las numerosas deudas contraídas por su situación de indigencia. Nunca llegaría a ver la influencia que su obra generaría en muchos autores posteriores, desde anarquistas individualistas a nihilistas y existencialistas. Aunque supongo que a Stirner no le habría importado.

Hace unos días, recuperé la lectura de la obra para preparar un artículo. La idea era seguir con el ciclo sobre las claves de algunos autores que empezó con Emma Goldman y va a continuar dentro de unos días con Rosa Luxemburgo en Culturamas. Cuando se lo comenté a Juan, fue a la estantería y me puso entre las manos una edición preciosa de "El único y su propiedad". Es tuya, me dijo. No sé si sabe lo que acaba de regalarme. 


[versión editada y versión fanzine. Está libre de derechos, incluida su traducción al castellano, así que no es difícil de encontrar en internet si alguien está interesado]


sábado, 28 de septiembre de 2013

de aquellos que se resisten a obedecer a su destino



Hay vidas que merecen ser vividas varias veces. O una sola vez pero por muchas personas diferentes. Si esto último fuese posible, una de las vidas que yo elegiría vivir sería la de Albert Libertad. No porque fuese fácil, que no lo fue, sino porque siempre he sentido debilidad por la gente que ha hecho lo que ha querido, a pesar incluso de sí mismo. De hecho, si Libertad hubiese sido mínimamente respetuoso con su destino, habría muerto de hambre con apenas 20 años en alguna calle de París, mientras mendigaba para lograr aguantar un día más. Es posible incluso que hubiese muerto mucho antes, cuando la polio le hizo perder la movilidad en las piernas porque en el orfanato donde vivía los niños no tenían derecho al lujo de la asistencia médica. 

Pero a pesar de todo, Libertad sobrevivió, y, mientras mendigaba y se moría de hambre en algún callejón, uno de los miembros del periódico Le Libertaire decidía acogerlo en la redacción del periódico. Allí vivió durante varios meses, codeándose con activistas como Louise Michel, heroína de la Comuna de París, o Sébastian Faure, que había evolucionado desde el socialismo al anarquismo. Aunque tenía estudios elementales, en la redacción de Le Libertaire sería donde aprendería a escribir los artículos que le harían famoso y donde desarrollaría las dotes oratorias que harían que sus mítines estuviesen siempre repletos. De hecho, estos mítines acabarían convirtiéndose en actividades desestabilizadoras y subversivas por sí mismas, lo que tendría como consecuencia que muchos de ellos fuesen interrumpidos y disueltos por la policía. Lejos de intentar marcharse, Libertad solía acabar encabezando el enfrentamiento contra los gendarmes, lo que hizo que no tardase en convertirse en un viejo conocido de la policía. Al fin y al cabo, la cojera que le obligaba a llevar alzas y dos muletas y el aspecto desaliñado de las túnicas con que solía vestirse le hacía fácilmente reconocible. 



Sin embargo, a pesar de sus evidentes limitaciones, Libertad no fue una persona sombría ni oscura. Para él, la revolución social debía ser ante todo una revuelta, un asalto a la normalidad. Buena parte de su militancia política consistía en la celebración de fiestas, bailes y excursiones al campo, y se jactaba de que todas las mujeres con las que había estado eran "inteligentes, hermosas y anarquistas". Ya lo dijo Víctor Serge: "le gustaba la calle, la muchedumbre, la gresca, las ideas, las mujeres". De todas ellas, quizás las más importantes fueron Anna y Amandine Mahé, con las que fundaría y dirigiría el semanario de culto 
L´Anarchie y con las que mantendría una relación sentimental de la que nacerían dos hijos.  

Libertad se resistió a su destino todo lo que pudo, pero éste acabó venciéndole. El 13 de noviembre de 1908, con 32 años, murió en el hospital de Laboisière como consecuencia, al parecer, de la agresión salvaje de unos policías a la salida de una charla. No era la primera vez -algunos años antes, varios gendarmes le habían abandonado en la calle dándole por muerto después de una paliza-, pero sería la última. 



[Algunos de los artículos que escribió Albert Libertad a lo largo de su vida pueden encontrarse traducidos al castellano en el libro "La ficción democrática" (La linterna sorda, 2013), hasta el momento el único que incluye textos de este autor]

miércoles, 28 de agosto de 2013

anoche vi morir a mi perro envenenado como un lobo



Anoche vi morir a mi perro. Estuvo agonizando más de tres horas, en medio de espasmos, aullidos y convulsiones. Había vomitado un líquido azul, así que sabemos que era veneno. Seguramente comió una de las trampas que ponen para los lobos. El monte está infestado de ellas. Hemos quitado muchas, pero ellos son más que nosotros. En esas trampas mueren rapaces, carroñeras, zorros, comadrejas y perros. Y cientos de lobos, claro. Eso es lo que hay detrás del eslogan de "Asturias, paraíso natural", lo que nunca aparece en la televisión autonómica, de lo que nunca se habla porque daría una mala imagen a los turistas.

Los que ponen esas trampas se excusan diciendo que los lobos están acabando con los pastores, pero eso es mentira. Llevo viviendo aquí cinco meses, con mucha relación con el mundo ganadero, y solo ha habido tres ataques en todo este tiempo en todo Picos de Europa.-de ellos, dos han sido a rebaños de cabras que no fueron guardados por la noche, porque es más cómodo así-. Lo que está acabando con los pastores y con la ganadería extensiva no es el lobo, es el capitalismo, que favorece a las grandes empresas de la industria cárnica. A través de instituciones como la Unión Europea, el sistema subvenciona a los grandes empresarios de la ganadería intensiva, esos que tienen auténticas fábricas donde los animales son maltratados y torturados de forma masiva. El enemigo no es el lobo, el enemigo es el de siempre, este sistema. 

Si hubieseis visto agonizar a mi perro durante horas se os habría partido el corazón. No sé como hay personas que pueden hacer eso. Creo que tienes que estar vacío por dentro. Muerto. Cuando los indígenas de Melanesia fueron colonizados por los hombres blancos, llegaron a la conclusión de que carecían de alma. No había otra explicación para las atrocidades de las que eran capaces. Yo también creo que hay gente así. Los vemos andar, hablar y moverse, pero en realidad están muertos por dentro. No tienen alma. 

sábado, 17 de agosto de 2013

del impecable análisis del capitalismo efectuado por los indígenas de Melanesia



"Los indígenas se entregaban a danzas desenfrenadas, casi siempre nocturnas, que acababan en trances y posesiones; procedían a matanzas generalizadas de cerdos domésticos y esquilmaban los huertos. De pronto, casi todos se negaban a trabajar en las plantaciones de los blancos y a veces incluso a ocuparse de sus propios cultivos; dedicaban su tiempo a construir muelles o aeródromos a fin de recibir un misterioso cargamento. Agredían e incluso llegaban a asesinar en ocasiones a colonos, cultivadores, soldados y misioneros, saqueaban las tiendas y se negaban, de forma sistemática, tanto a pagar impuestos a la administración colonial como a asistir a los oficios religiosos y las escuelas"

El incendio milenarista
Yves Delhoysie y Georges Lapierre
(Pepitas de Calabaza)



Cuando los blancos llegaron a las islas de Melanesia, se encontraron con una población amable y generosa que los recibió con grandes festines. En esa zona, la importancia social se demostraba celebrando fiestas, compartiendo la comida y la diversión con los vecinos. La riqueza no se acumulaba, se regalaba. Sin embargo, los indígenas enseguida se dieron cuenta de que los blancos no compartían nada de aquellos fabulosos objetos que descargaban de sus barcos. Que todos aquellos extraños y mágicos objetos eran guardados con manos codiciosas. Llegaron a la conclusión de que unos seres tan egoístas no podían haber fabricado todas aquellas cosas. Esos objetos debían de haber sido hechos en algún lugar más allá del mar, en las tierras donde habitan los dioses. Pero los dioses no favorecen a los codiciosos, así que no era posible que aquellos objetos que llegaban por mar estuviesen destinados a los blancos. En realidad, los dioses se los enviaban a ellos, a los indígenas, pero los blancos los interceptaban y los guardaban para sí. Se interponían entre ellos y los dioses, acaparándolo todo. Para evitarlo, la conclusión era sencilla: había que matar a todos los blancos. 

Los cultos cargo han sido considerados una creencia primitiva, el producto de pueblos retrasados, de estados inferiores del desarrollo y la civilización. Sin embargo, desde mi punto de vista, los indígenas melanesios desarrollaron un análisis impecable del capitalismo: los blancos son personas sin alma; sus bienes, en cambio, son de esencia divina. Las mercancías es lo único que importa, lo único que debe ser adorado.

miércoles, 7 de agosto de 2013

sobre lo que aprendí en los fanzines



Muchos de los mejores textos que he leído han sido en formato fanzine. Recuerdo la emoción que sentí cuando tuve por primera vez en las manos "El placer armado", que venía precedido por la noticia de la detención de su autor, Alfredo María Bonnano, en Italia. Bonnano fue acusado y condenado a dieciocho meses de cárcel por ese texto, y me parecía tener en la manos algo prohibido y secreto, que iba pasando de mano en mano y fotocopiándose una y otra vez. Recuerdo también el "Manifiesto anticivilización", que me entró directamente en el fondo del cerebro y no dejó en pie nada de lo que había. Gracias a los fanzines y a las distribuidoras alternativas leí textos de Bakunin, de Emma Goldman, de John Zerzan. Conocí los sucesos de Kronsdat, la Comuna de París, las colectividades aragonesas durante la guerra, los levantamientos campesinos de la Edad Media. Supe de luchas lejanas, de israelís que se oponían al muro de la vergüenza que construía su país y eran encarcelados por ello, de líderes sindicales bolivianos que eran torturados y asesinados por sicarios pagados por Coca-cola, de jóvenes que acudían a luchar con las manos desnudas contra los asesinos del FMI, de presos que denunciaban las torturas del régimen FIES. 

Tenía dieciocho o diecinueve años y los fanzines me enseñaron que el mundo era un lugar sucio y violento porque los poderosos lo querían así. Pero también me enseñaron que el sistema está lleno de grietas, que los muros acaban cayendo, que la mayoría de cámaras de vigilancia solo son disuasorias. Por eso sigo comprando fanzines cada vez que puedo y por eso es un placer cuando alguien decide incluir algún texto mío en el suyo, sobre todo si además es para financiar un proyecto tan bonito como éste: 

jueves, 13 de junio de 2013

lo que no me puedo sacar de la cabeza sobre Emma Goldman




El 14 de mayo se conmemora el fallecimiento de Emma Goldman, y yo decidí escribir un artículo que analizase brevemente algunas de las principales claves de su pensamiento. La idea era que se publicase ese día, pero finalmente tuvo que retrasarse y se publicó este lunes en Culturamas. La idea surgió porque he visto muchas veces en las manifestaciones la frase de "No quiero una revolución en la que no se baile", que se le atribuye a ella. Me daba la sensación de que la frase estaba descontextualizada, y que fuera de contexto perdía su sentido y acababa siendo una excusa para esa especie de pseudomilitancia lúdica en la que tan a menudo se cae en los movimientos sociales. La lucha social puede ser divertida, y lo es, pero nunca puede ser ocio, porque el ocio es la administración por parte del sistema del tiempo en el que no estamos trabajando. Lo malo es que estamos tan acostumbrados a tener ocio en vez de diversión, que acabamos reproduciendo los mismos comportamiento en todas partes, y vamos a las manifestaciones como el que va a pasar la tarde a un centro comercial. Al final la frase no la encontré por ningún lado en todos los artículos y libros que leí sobre ella y de ella, pero creo que el artículo cumple la función de proporcionar un marco para entenderla. De dar a entender que lo importante de la frase de Goldman no es la palabra "baile" es la palabara "revolución".  Lo podéis leer AQUÍ.

El artículo me sirvió para descubrir a Emma Goldman, y lo cierto es que me gustó mucho hacerlo, pero hay un pensamiento que no me puedo sacar de la cabeza. En 1920 Emma Goldman y su compañero Alexander Berkman son expulsados de Estados Unidos por sus actividades políticas y deportados a Rusia, donde permanecen dos años. En esos dos años pasan dos cosas clave para entender la deriva que estaba tomando la revolución: la masacre de Krondsdat y el aplastamiento militar del levantamiento encabezado por Néstor Makhno en Ucrania. Cuando este levantamiento acaba de producirse, Goldman y Berkman están de gira por Rusia en un proyecto para poner en marcha un museo de la revolución, y deciden entrevistarse con Makhno, anarquista como ellos. Makhno les pone un fusil en la mano y les dice que se unan a su ejército, que necesitan a cualquiera que pueda empuñar un arma. Que la revolución debe ser de los soviets, de las asambleas populares, y no del partido. Sin embargo, ellos lo rechazan y se marchan a seguir con la labor encomendada con un gobierno con el que ya se sentían descontentos. 

Aquí es donde está lo que no me puedo sacar de la cabeza. El ejército de Makho estaba formado por campesinos, por jornaleros, por aquellos que no tenían nada. A él se unieron los militantes anarquistas que no estaban de acuerdo con la deriva de la revolución, muchos de ellos también expulsados de Estados Unidos y deportados a Rusia como Berkman y Goldman. Muchos de ellos perseguidos por las autoridades soviéticas, que llenaban las cárceles con todo aquel que protestase, incluidos los héroes de octubre. No sabemos quiénes son, cuáles son sus nombres, si estuvieron o no entre los pocos supervivientes. Pero ellos, cuando Makhno les puso un fusil en la mano, dijeron que sí. 

No es que desprecie la labor de Goldman, y tampoco sé qué hubiese hecho yo en su lugar, pero no puedo evitar sentir pena porque su nombre si haya pasado a la Historia y no el de estos otros militantes. Por eso creo que no será uno de mis personajes favoritos. Siempre me gustarán más aquellos que supieron escribir artículos cuando había que hacerlo y empuñar un arma cuando tocaba. Como Miguel Hernández. Como José Pellicer. Como tantos otros cuyos nombres no conocemos.