I
[El general Butt Naked, convertido en predicador]
Liberia, 1999. El norte del país es invadido por un grupo
rebelde apoyado por el Gobierno de la vecina Guinea. El objetivo es hacer caer del
poder a Charles Taylor, que había ganado las elecciones después de una guerra
civil que él mismo había comenzado cuando sitió la capital, Monrovia. La
invasión genera un nuevo conflicto armado, el segundo en apenas una década. El
país estalla. Por todos lados comienzan a surgir señores de la guerra que tratan
de conseguir su cuota de poder para seguir traficando con armas, con drogas y
con personas. Liberia se convierte en un infierno, aunque en realidad nunca ha
sido otra cosa. Los señores de la guerra pronto son mucho más poderosos que el
ejército del Estado. Los dos asesinan, secuestran, violan, saquean y mutilan,
pero los segundos han comprendido mucho mejor los resortes internos del
capitalismo. Esos resortes que permiten explotar a niños en minas de diamantes
drogándolos con cocaína insertada directamente en el cerebro. Los que premian a
los emprendedores que trafican con personas. Los que te hacen rico y poderoso.
Los señores de la guerra creen en el capitalismo, pero
también creen en muchas otras cosas. Creen en el canibalismo, en la sangre, en
la ingestión del cuerpo del enemigo. En la oscuridad que hay en los recovecos
de las vísceras, en la pureza de los niños, en las sustancias que entran en el
cerebro y lo hacen pedazos, en los ritos sagrados. El general Butt Naked, uno
de los señores de la guerra más poderosos de Liberia, oficiará ceremonias que
le permitirán ser inmune a las balas. En ellas, cogía niños menores de seis
años, les abría una herida por la espalda y les sacaba el corazón mientras
estaban todavía vivos. Después se lo comía y se embadurnaba el cuerpo con la
sangre todavía caliente. Peleaba desnudo porque la sangre y las vísceras
protegían de las balas.
II
[Enriqueta Martí]
Es 1999 pero podría ser cualquier otro año. En realidad la
fecha no importa. El tiempo no es lineal, avanza y retrocede mediante la
repetición de ritos. Comer vísceras de niños para alcanzar algo de su pureza,
para evitar la vejez, para ser inmune a la muerte. Podría ser, por ejemplo 1912.
Estamos en una Barcelona enterrada en pólvora y dinamita, pero los atentados
anarquistas y los tiroteos de los sicarios enviados por la patronal no son las
únicas sombras que acechan en la oscuridad de los callejones. Las bombas
estallan, los cadáveres de los poderosos crecen en las aceras, las
alcantarillas se llenan de murmullos. Es el 27 de febrero de 1912 y el brigada
Ribot, miembro de la policía municipal de la ciudad, se encuentra frente a la
puerta del número 29 de la calle de Ponent. Una vecina ha denunciado que en ese
piso está Teresa Guitart Congost, una niña de diez años que lleva varios días
desaparecida. No era el primer niño que desaparecía en el Raval, pero qué
importaba, eran pobres, los pobres ni siquiera saben cuántos hijos tienen, los
habrán mandado a pedir. Cuando los policías entran en el piso lo que ven es
mucho peor de lo que se habían imaginado. Hay dos niñas en lugar de una y las
dos llevan el pelo rapado y la ropa hecha jirones. La segunda niña, llamada
Ángela, cuenta que ha visto cómo la dueña asesinaba a un niño en la mesa de la
cocina. Cómo le inmovilizaba, le clavaba un cuchillo y recogía su sangre en una
palancana.
Fuera estallan las bombas, pero el infierno está allí
dentro. Ribot inspecciona el piso y se encuentra con el horror. En un cuarto
cerrado con llave hay decenas de jarras, frascos y cubos que conservan restos
humanos de todo tipo: sangre coagulada, grasa hecha manteca, esqueletos
enteros, cráneos agujereados. Detrás de las paredes y en los falsos techos
duermen decenas de cadáveres, todos de niños de entre tres y seis años. La casa
es un enorme cementerio. Durante años, la dueña, Enriqueta Martí, se había
dedicado a secuestrar y asesinar niños que luego emparedaba en los muros y los
techos de las propiedades que tenía repartidas por toda la ciudad. Como si
repitiese algún rito.
Pero aquella no sería la única sorpresa que aguardaba en el
piso de la calle Ponent. En medio del horror había un papel escrito a mano, una
lista que contenía los nombres de las familias más ricas e influyentes de
Barcelona. Un listado de clientes. Los poderosos compraban ungüentos y pociones
a Enriqueta para mantenerse jóvenes y sanos. Los ricos se comían a los hijos de
los pobres. Las autoridades evitaron que el contenido de la lista trascendiera
a la prensa, pero los rumores decían que en ella había políticos, médicos,
empresarios, banqueros. La versión oficial dijo que era solo un listado de las
familias a las que Enriqueta mendigaba, pero los murmullos que se oían en la
calle eran muy distintos. Los que los pronunciaban había visto a Enriqueta
salir de noche con joyas y vestidos de lujo, montarse en coches de caballos y
dirigirse a la zona rica de la ciudad. De hecho, esos vestidos y esas joyas
fueron encontrados en los pisos de Enriqueta, todos de su talla.
La asesina fue detenida y encarcelada, pero las autoridades
nunca investigaron aquellas listas ni aquellos rumores. La semana trágica
bullía todavía en las alcantarillas de la ciudad, pesaba en el ambiente como
una neblina densa y pegajosa que lo anegaba todo. Las autoridades tenían que
acallar aquel murmullo insistente que susurraba en los oídos de los pobres que
los poderosos no solo les explotaban hasta la extenuación en los talleres y las
fábricas, sino que también secuestraban, asesinaban y devoraban a sus hijos.
III
[soldados japoneses con prisioneros de guerra]
Los ritos se repiten, el tiempo retrocede y avanza de forma
caótica. La sangre y las vísceras que dan la salud, que curan la enfermedad,
que alejan la muerte unos instantes. Los suficientes para sobrevivir a una
guerra, para volver a casa y guardar silencio. Nueva Guinea, 1944. El ejército
japonés está perdido en un país extraño y terrorífico. Sus líneas de
suministros han sido cortadas por los aliados y los soldados se mueren de
hambre. Pero por qué morir de hambre si tienes prisioneros, si su carne sabe
como cualquier otra, quizá algo más dulce, pero carne al fin y al cabo.
El soldado indio Lance Naik Hatam Ali (más tarde ciudadano
de Pakistán), testificó que en Nueva Guinea: “los japoneses empezaron a
seleccionar prisioneros y todos los días uno era llevado fuera, asesinado y
comido por los soldados. Personalmente, vi que esto ocurría y alrededor de 100
prisioneros fueron comidos en el mismo lugar por los japoneses. El resto fuimos
trasladados a otro lugar a 80 kilómetros
de distancia, donde 10 prisioneros sucumbieron a las enfermedades. Allí,
los japoneses nuevamente empezaron a seleccionar prisioneros para comérselos.
Los escogidos eran llevados a una choza donde se separaba la carne de sus
cuerpos mientras estaban vivos y, luego, eran tirados a una fosa donde más
tarde morían.”
Pero el canibalismo no era producto solo del hambre y la
desesperación. Después de la II Guerra Mundial, el Estados australiano inició
una investigación para esclarecer la muerte de varios soldados de esa
nacionalidad que habían sido hechos prisioneros por el ejército japonés. Los
resultados de la investigación nunca salieron a la luz. La realidad era
demasiado terrible, y aquellos documentos cogieron polvo en algún sótano del Ministerio
del Interior. Décadas después, en los años noventa, el historiador japonés Yuki
Tanaka encontró esos archivos mientras realizaba una investigación sobre el
papel de las tropas japonesas en la contienda. Allí, entre decenas de
documentos clasificados, otra vez el mismo rito, perfectamente documentado. Los
soldados japoneses habían practicado el canibalismo, se habían comido a los
prisioneros. Había declaraciones de testigos que afirmaban haber visto esta
práctica con sus propios ojos, haber presenciado cómo los soldados japoneses
devoraban soldados enemigos muertos y utilizaban a los vivos como ganado
humano. Según Yuki Tanaka no eran simples casos aislados, sino que "el
canibalismo era a menudo una actividad sistemática conducida por escuadrones
enteros y bajo la dirección de oficiales". Esta misma tesis sería
confirmada solo unos años más tarde por el historiador Antony Beevor, que
investigó los archivos australianos y los contrastó con documentos
desclasificados por el gobierno estadounidense. En ellos, se confirmaba que el
ejército japonés había utilizado a prisioneros de guerra como ganado humano,
manteniéndolos con vida solo para ser asesinados y devorados de uno en uno,
como parte de “una estrategia militar sistemática y organizada.”
Comer la carne del enemigo, protegerse de las balas, alejar
la muerte, repetir el rito. Murmullos que susurran al oído, vísceras que hablan
de la oscuridad que todos llevamos dentro.